Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 36: El eco de los caídos.

La noche, que hasta hace un instante era cómplice de la traición, se convirtió en una trampa de neón rojo y azul. El estruendo de la alarma dentro del local de don Toño era un latido histérico que empujaba a los jóvenes hacia el abismo del pánico.

​—¡Nos van a agarrar, Cheo! ¡Hagamos algo! —gritó uno de los delincuentes, con los ojos desorbitados y las manos vacías, temblando ante el reflejo de las balizas que ya golpeaban los cristales frontales.
​Fabián, con el corazón martilleando contra sus costillas, obligó a su mente a funcionar. Sus ojos recorrieron la penumbra de la bodega hasta que divisó una pequeña escotilla de descarga, asegurada solo por un pasador interno.
​—¡Por aquí, siganme todos! —ordenó Fabián con un hilo de voz quebrada.
​De un tirón, abrió la salida trasera. El grupo se precipitó hacia el callejón oscuro justo cuando la puerta principal del local cedía ante el impacto de los Carabineros. Los oficiales entraron con las armas en alto, encontrando un escenario de caos: estantes volcados y mercadería desparramada por el suelo.
​—¡Despejado! Parece que no se llevaron nada —gritó un oficial, pero un ruido metálico proveniente del fondo, el choque de la escotilla al cerrarse, delató la ruta de escape—. ¡Por atrás! ¡Se escapan!
​Fabián y el grupo corrían como si el asfalto quemara bajo sus pies. La adrenalina les daba una velocidad irreal, pero no contaban con la formación atlética de los oficiales que, en cuestión de segundos, ganaron terreno en el callejón. El sonido de las botas golpeando el pavimento se sentía cada vez más cerca, como una sentencia inminente.
​El pánico, ese animal ciego, terminó por devorar el juicio de uno de los adolescentes. Desesperado, el joven metió la mano en su mochila y extrajo un arma corta. No hubo advertencia, solo un giro brusco y un fogonazo que desgarró la oscuridad.
​—¡Cuidado! —gritó el oficial más joven, pero fue tarde. La bala impactó en el hombro de su compañero, proyectándolo hacia atrás con la fuerza de un mazazo.
​El oficial que quedaba en pie reaccionó por puro instinto de supervivencia. En una fracción de segundo, su arma reglamentaria escupió un solo disparo. El proyectil fue certero y letal; impactó en la sien del adolescente, quien cayó al suelo como una marioneta a la que le han cortado los hilos.
​—¡No! ¡Santi! —gritó Fabián, deteniéndose en seco al ver a su amigo desplomado. El horror le subió por la garganta, una náusea helada. Intentó dar media vuelta, impulsado por un resto de humanidad para socorrer al caído, pero los otros dos delincuentes lo sujetaron por los hombros con una fuerza bruta.
​—¡Está muerto, Cheo! ¡Vámonos o nos matan a nosotros también! —le rugieron al oído, arrastrándolo a la fuerza hacia la oscuridad de los pasajes. Fabián soltó un sollozo ahogado mientras veía, por última vez, el cuerpo inerte de su compañero bajo la luz de un poste lejano.
​En el callejón, el oficial ileso se arrodilló junto a su colega, presionando la herida de bala que manaba sangre caliente y oscura.
—¡Central, oficial herido! ¡Necesito una ambulancia en Avenida Central con Pasaje 4! ¡Urgente! —gritó por la radio, sus manos temblando mientras intentaba detener el sangrado.
​Cuando logró estabilizar la presión sobre la herida de su compañero, el oficial se levantó con un peso en el pecho que no tenía nada que ver con su chaleco antibalas. Caminó unos pasos hacia la figura que yacía en el suelo. Al girar el cuerpo y enfocar la luz de su linterna, el alma se le cayó a los pies. Era un niño. Un rostro lampiño, marcado por una expresión de sorpresa eterna, que no debía pasar de los diecisiete años.
​El oficial cerró los ojos un instante, sintiendo un vacío gélido en el estómago. La culpa, amarga y pesada, lo golpeó con fuerza. Sabía que no había tenido opción, que era su vida o la de su compañero, pero la imagen de aquel menor de edad, con la vida segada en un callejón sucio por un puñado de billetes que ni siquiera logró tocar, se grabó en su memoria como una cicatriz de fuego.
Bajo el eco de la tragedia que se desataba en los suburbios, los pasillos de la clínica mantenían una calma clínica y artificial, ajena al rastro de sangre que Fabián dejaba tras de sí. Isaías cruzó las puertas automáticas con el rostro rígido, pero su expresión se suavizó al divisar a Beatriz y Carolina compartiendo un momento de quietud cerca de la cafetería.

​Isaías se acercó a ellas con paso firme. Saludó a Beatriz con un beso respetuoso en la mejilla —un gesto de gratitud silenciosa por estar presente— y luego puso una mano protectora sobre el hombro de su hermana. Carolina, al sentir el contacto de Isaías, se puso de pie, encontrando en la figura de su hermano mayor el pilar que necesitaba para no derrumbarse tras su confesión a Beatriz.
​—Vamos, Caro —susurró Isaías con voz grave—. Papá probablemente nos esté esperando.
​Mientras ambos caminaban por el pasillo alfombrado hacia la habitación, dentro del recinto la atmósfera se cargaba de una vulnerabilidad inédita. Andrea, que había permanecido oculta tras la puerta procesando su propia transformación, decidió finalmente romper el umbral. Entró con pasos vacilantes, sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas y un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar.
​Mateo y Carmen, aún entrelazados en la camilla, la miraron con sorpresa. Andrea se detuvo a los pies de la cama y, con una voz pequeña que distaba mucho de su habitual arrogancia, soltó la frase que cambió la energía del lugar:
​—¿Les he dicho alguna vez que los amo a ambos? —murmuró, su labio inferior temblando.
​El corazón de Mateo pareció dar un vuelco de alegría que ninguna medicina podría replicar. Sus ojos se humedecieron mientras extendía un brazo hacia su hija menor, esa que siempre había sido su debilidad.
​—Ven aquí, pequeña... ven con nosotros —llamó Mateo con un hilo de voz lleno de orgullo.
​Andrea se lanzó a los brazos de sus padres, hundiéndose en el calor de ese abrazo familiar. En ese preciso instante, la puerta se abrió de nuevo. Isaías y Carolina se detuvieron en seco, impactados por la imagen de unidad que tenían enfrente. Carmen, con la perspicacia de una madre que sabe que el tiempo es un regalo prestado, extendió su mano libre hacia ellos.
​—No se queden ahí... somos uno solo —dijo Carmen, invitándolos con la mirada.
​Isaías dejó caer su mochila y Carolina soltó un suspiro de alivio. Los cinco —padres e hijos— se fundieron en un abrazo colectivo sobre la camilla de hospital. Por un momento, la empresa, las acciones, la salud quebrantada y las amenazas externas desaparecieron. Solo quedaba el latido rítmico de una familia que se negaba a ser vencida por la adversidad.
​A kilómetros de ese santuario de afecto, en el despacho gélido y revestido de madera oscura del Holding Montero, la realidad era diametralmente opuesta. Rafael permanecía encorvado frente a su laptop, con el brillo de la pantalla reflejado en sus pupilas dilatadas. Observaba con minuciosidad las fichas técnicas de los materiales de construcción destinados al parque deportivo.
​Su dedo índice golpeaba la mesa con un ritmo neurótico. Al ampliar una de las imágenes de las vigas de acero y los compuestos de hormigón, una mueca de asco deformó sus facciones.
​—¡Basura! —gruñó Rafael, golpeando el escritorio—. Me están entregando material de segunda. Si alguien del ministerio o un auditor externo nota esta diferencia de densidad, mi reputación no solo caerá... se hará pedazos.
​La rabia le quemaba el pecho. Rafael, que siempre se había jactado de su perfección maquiavélica, se sentía traicionado por sus propios proveedores. Buscó consuelo en el lujo, llevando el grueso habano a sus labios para dar una calada profunda y furiosa. Sin embargo, su propio enojo lo traicionó; al inhalar con demasiada fuerza, el humo denso y picante le bajó por la tráquea de forma errática.
​Rafael estalló en una tos violenta y seca, su rostro tornándose de un rojo violáceo mientras intentaba recuperar el aire. Se dobló sobre sí mismo, jadeando y soltando el habano sobre el cenicero de cristal, casi ahogándose con el símbolo de su propio estatus. En medio de su asfixia solitaria, Rafael se dio cuenta de que, a diferencia de Mateo Delmonte, él no tenía a nadie que le palmeara la espalda en medio de su tormenta.
El silencio de la madrugada se instaló en los pasillos de la clínica con la pesadez de una sentencia. Lejos del caos del despacho de Rafael o del eco de los disparos en el callejón, el tiempo en la habitación de Mateo se estiró hasta volverse casi líquido. Isaías, tras despedir a sus hermanas con un abrazo contenido, se convirtió en el guardián de un santuario que parecía suspendido en el vacío.

​La luz tenue del monitor cardíaco bañaba la escena con un pulso eléctrico y rítmico. Mateo dormía con una expresión de paz que le devolvía años de juventud, mientras su mano permanecía entrelazada con la de Carmen. Ella, sentada en un sofá que había arrastrado hasta quedar pegada a la camilla, se había rendido finalmente al agotamiento; su cabeza descansaba sobre la suavidad de las sábanas blancas, a pocos centímetros del brazo de su esposo, manteniendo ese contacto físico como si fuera el cable a tierra de su propia alma.
​Isaías observaba la escena desde la penumbra de un rincón, sintiéndose casi un intruso en ese despliegue de amor absoluto. El cartón del café, vacío y frío en sus manos, terminó en el cesto de basura con un roce apenas audible. El cansancio, acumulado tras la charla en la universidad, la tensión en aquella sala de reuniones en la alcaldía y la vigilia hospitalaria, empezó a reclamar su territorio. Se acomodó en el sillón individual, cerró los ojos y dejó que la oscuridad del hospital lo arrastrara hacia un abismo donde la lógica no tiene poder.
​En el teatro de su inconsciente, el ambiente cambió. Ya no estaba el olor a desinfectante, sino una fragancia embriagadora de moka y jazmín.
​Isaías caminaba por un salón infinito cuando, desde la bruma, surgió ella. Luz avanzaba hacia él con una seguridad felina, envuelta en un vestido negro de seda que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva con una elegancia que rayaba en lo sexual. El contraste entre su piel y el azabache de la tela era absoluto, glamouroso, casi irreal.
​—Amor... —susurró ella, y la voz de Luz resonó en su mente con una calidez que nunca le había mostrado hasta ahora.
​Él no dudó. La atrajo hacia sí, sujetándola fuertemente de la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la seda. La besó con una pasión hambrienta, un beso que buscaba respuestas y posesión. En el sueño, la llevó hasta una cama de sábanas blancas inmaculadas que parecía flotar en medio de la nada. Isaías comenzó a recorrer su piel con caricias urgentes, bajando por su cuello mientras el deseo le nublaba el juicio.
​Sin embargo, cuando sus labios buscaron nuevamente los de ella y sus ojos se alzaron para encontrarse con la mirada de la "chica moka", el corazón se le congeló en el pecho. El rostro que tenía frente a él ya no era el de Luz. Las facciones habían mutado, volviéndose más afiladas, más conocidas, cargadas de un dolor antiguo y una traición que creía haber enterrado. Era la mujer de su pasado, la que marcó el inicio de su frialdad, observándolo con una sonrisa que era mitad promesa y mitad condena.
​Isaías se agitó en el sillón de la clínica, soltando un jadeo ahogado mientras el sueño se resquebrajaba, dejándolo a mitad de camino entre el deseo por Luz y el fantasma que aún habitaba en las sombras de su memoria.
La pesadilla de Isaías en la clínica se disolvió en la oscuridad de la madrugada, pero mientras él despertaba confundido por los fantasmas del pasado, a kilómetros de distancia, la realidad se volvía una lucha brutal y agónica por la supervivencia.

​Sebastián avanzaba por el borde de la carretera con una voluntad que desafiaba a la biología. Su cuerpo, castigado por días de encierro, era una maquinaria fallida que se negaba a detenerse. Sin embargo, el límite llegó. Como un árbol que cede finalmente ante el hachazo definitivo, sus piernas se doblaron y Sebastián se desplomó pesadamente sobre la tierra seca de la orilla. El impacto le sacó el último rastro de aire de los pulmones.
​En ese estado de semiinconsciencia, el mundo se redujo a destellos. El rugido de un motor se acercó y dos faros potentes cortaron la neblina, bañando su figura inerte con una luz blanca y cegadora. Sebastián entreabrió los ojos con un esfuerzo titánico, pero el resplandor solo le permitió ver siluetas borrosas.
​—¡Cuidado, hay alguien ahí! —gritó un muchacho, bajando de la camioneta a toda prisa.
​Sebastián sintió unas manos fuertes y cálidas sobre sus hombros, sacudiéndolo suavemente. La voz del joven le llegaba como un eco lejano, distorsionado por el zumbido en sus oídos.
—¿Qué le pasó? ¡Amigo! ¿Me escuchas? ¿Vives cerca?
​No hubo respuesta. El rostro de Sebastián, cubierto de polvo y moretones, fue suficiente diagnóstico. El muchacho miró a su pareja, que ya estaba a su lado con una expresión de horror.
—No va a aguantar, mira cómo tiene el pecho... Necesita un hospital ya. ¡Ayúdame a subirlo a la parte de atrás, rápido!
​Entre ambos, y con una urgencia nacida de la piedad, cargaron el cuerpo casi exánime de Sebastián. El motor de la camioneta rugió nuevamente, acelerando hacia la salvación, mientras Sebastián se hundía en un desmayo profundo, arrullado por el movimiento del vehículo.
​Con esa misma atmósfera de desolación, pero envuelta en el silencio de un hogar que ignoraba la tragedia, Fabián cruzó el umbral de su casa. Sus pasos eran erráticos, su ropa estaba impregnada del olor a pólvora y callejón. En la penumbra de la cocina, Luz, que se había levantado por un vaso de agua, se quedó petrificada al verlo entrar.
​—¿Fabián? —preguntó ella suavemente—. ¿Por qué llegas a esta hora? Me tenías preocupada...
​Pero Fabián no era el joven atento de siempre. No la miró, no sonrió, ni siquiera emitió un saludo. Pasó por su lado como una ráfaga de viento helado y se encerró en su habitación con un portazo seco. Una vez dentro, la contención saltó por los aires. Agarró la almohada de su cama y la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared, viendo cómo caía al suelo, inútil. Quería gritar hasta desgarrarse la garganta, quería maldecir la noche y su propia ambición, pero el miedo a ser descubierto lo obligó a sofocar el rugido en sus pulmones.
​Afuera, en el pasillo, Luz permaneció inmóvil con el vaso de agua en la mano. Su intuición de periodista le gritaba que algo terrible había ocurrido; la amabilidad habitual de Fabián se había transformado en una coraza de dolor puro. Dio un paso hacia la puerta de él, con la intención de preguntar, de consolar, pero algo en el silencio cargado del otro lado la detuvo. Decidió que forzar esa puerta era invadir un abismo que no le pertenecía, así que, con un suspiro lleno de incertidumbre, se retiró a su cuarto.
​Al otro lado de la madera, Fabián se derrumbó sobre la alfombra. Las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas de manera incesante, calientes y amargas. En el teatro de su mente, la escena se repetía de forma macabra: el fogonazo, el cuerpo de Santi cayendo como plomo y el rostro del oficial iluminado por la tragedia. Lloraba sin emitir un solo sonido, un llanto seco y desgarrador que le quemaba el pecho, comprendiendo finalmente que, aunque él seguía vivo, una parte de su alma se había quedado para siempre en aquel callejón junto al cadáver de su amigo.




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