Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 37: Un Enemigo a la Vez.

El silencio de la clínica, antes pacífico, se volvió asfixiante para Isaías tras el impacto del sueño. El vaho de la pesadilla todavía empañaba su juicio y el sudor frío le perlaba la nuca, recordándole que hay heridas que ni el éxito más rotundo logra cauterizar.

​Isaías permaneció sentado en la penumbra, con la espalda rígida contra el sillón y los ojos fijos en el vacío. A pocos metros, sus padres seguían entregados a un sueño sereno, con sus manos entrelazadas como un símbolo de una pureza que a él le parecía ajena, casi inalcanzable. El monitor cardíaco de Mateo marcaba un ritmo monótono, el único sonido que anclaba a Isaías a la realidad mientras su mente libraba una guerra interna.
​Una exhalación amarga escapó de sus labios. La imagen de ella en el sueño —esa mujer que años atrás había desmantelado su capacidad de confiar— seguía grabada en su retina. Sintió una punzada de náusea al recordar cómo dejó que ella lo humillara, cómo permitió que su vulnerabilidad fuera usada como un arma en su contra. El "Tiburón" del presente, el hombre que devoraba mercados y silenciaba rivales, sentía un desprecio visceral por el joven que alguna vez fue: aquel que no supo defenderse del engaño.
​—No de nuevo... —susurró para sí mismo, y su voz sonó como el crujir de un cristal bajo el zapato.
​La rabia comenzó a bullir en su pecho, una llama azul y constante. Sus dedos se cerraron en puños tan apretados que los nudillos palidecieron. Tenía una necesidad física de justicia, un hambre de revancha que le exigía localizar a esa mujer, enfrentarla y hacerla experimentar el mismo vacío que ella le heredó. Quería que ella viera en qué se había convertido gracias a su traición: en un hombre de piedra, incapaz de sentir sin sospechar.
​Sin embargo, el instinto estratégico que lo mantenía en la cima del holding se impuso. Isaías cerró los ojos y obligó a su respiración a estabilizarse. Sabía que el odio era un combustible potente, pero volátil. Si se dejaba arrastrar por el fantasma de esa mujer ahora, perdería el foco en su presa actual: Rafael Montero.
​—Un enemigo a la vez, Isaías —se amonestó mentalmente, abriendo los ojos con una claridad fría y peligrosa—. Primero el imperio de Rafael. Luego... las cuentas pendientes del corazón.
​Se puso en pie con una elegancia mecánica. Observó a su padre una última vez antes de decidir que, en cuanto Carmen despertara, él se marcharía a su departamento para ducharse, cambiarse la armadura de algodón por una de seda y dirigirse al holding. El trabajo sería su ancla; la ambición, su medicina. Pero en el fondo de su mirada de obsidiana, el fuego de la vendetta personal seguía encendido, esperando el momento exacto para incinerar el pasado.
La luz grisácea de la mañana se filtró sin piedad por la ventana, revelando la devastación en el cuarto de Fabián. El frío del suelo de madera le calaba los huesos; había pasado la noche allí tirado, sin almohada, sin mantas, arrullado únicamente por el eco sordo de sus propios sollozos.

​Al abrir los ojos, sintió los párpados pesados, hinchados y pegados por las lagañas del llanto acumulado. Se incorporó lentamente, sintiéndose como un viejo de ochenta años. Por un segundo, la realidad tardó en cargarse en su mente, pero cuando el recuerdo del callejón, el disparo y el cuerpo inerte de Santi volvió a golpearlo, Fabián tuvo que morderse el labio hasta hacerse daño para no estallar en lágrimas otra vez. Trató de endurecer el gesto, de decirse a sí mismo que en la calle hay que ser fuerte, pero el dolor era demasiado real, una herida viva que le trituraba el estómago.
​Obligándose a respirar, se metió a la ducha. Dejó que el agua fría le borrara los rastros de la noche, se vistió mecánicamente y se preparó para enfrentar el día. Tenía que bajar, mirar a su madre, mirar a Luz y fingir que seguía siendo el mismo Fabián de siempre. Su vida dependía de esa mentira.
​Mientras tanto, abajo en la cocina, el ambiente era muy distinto. El olor a pan tostado y café fresco inundaba el lugar, pero Luz no lograba concentrarse en su desayuno. Sus ojos estaban fijos en el inicio de la escalera, vigilando cada peldaño en absoluto silencio. La extraña y gélida actitud con la que Fabián había llegado la noche anterior le daba vueltas en la cabeza; necesitaba interceptarlo a solas, exigirle una explicación en privado antes de que la duda la carcomiera por completo. Pero los minutos pasaban y nadie bajaba.
​Doña Mari miró el reloj de la pared y soltó un bufido de frustración, cruzándose de brazos.
​—Este niño no se piensa levantar hoy —dijo con la voz teñida de ese enojo materno tan característico—. Va a llegar tardísimo al liceo si sigue flojeando.
​Justo cuando doña Mari dejaba el paño de cocina sobre la mesa, dispuesta a subir los peldaños para sacarlo de la cama a regañadientes, los pasos pesados de Fabián resonaron en la madera.
​Al verlo aparecer, tanto Luz como doña Mari se quedaron mudas. El muchacho que bajaba no parecía Fabián; caminaba con los hombros caídos y arrastrando los pies, pero lo más alarmante era su rostro. Tenía la piel pálida, los ojos inyectados en sangre y una expresión completamente vacía, desprovista de cualquier rastro de vida o de la calidez que siempre lo caracterizaba.
​—¡Hijo por Dios! ¿Qué te pasa? —exclamó doña Mari, perdiendo todo el enojo al instante y acercándose a él con el rostro desencajado por la preocupación—. Mírate la cara, pareces un muerto viviente.
​Luz se puso de pie lentamente, sosteniéndole la mirada con fijeza, tratando de descifrar el misterio detrás de esos ojos apagados.
—Fabián... ¿qué pasó anoche? —preguntó Luz en un hilo de voz, buscando una grieta en su armadura.
​Fabián se detuvo a mitad de la cocina. Evitó mirarlas directamente a los ojos, temiendo que un solo segundo de conexión real lo hiciera derrumbarse en el suelo. Tragó saliva con dificultad, sintiendo la garganta de arena.
​—Me enteré de algo... algo súper triste —soltó con una voz monótona, fría, que no parecía suya—. No me pidan que lo cuente, por favor. Es que... yo todavía ni lo creo. No puedo.
​Doña Mari y Luz se intercambiaron una mirada de profunda desconcierto y angustia silenciosa. Antes de que alguna pudiera insistir o abrazarlo, Fabián estiró el brazo de manera mecánica, tomó su mochila de la silla y dio un paso hacia la salida.
​—No tengo hambre, mamá —dijo de espaldas, con una prisa que delataba su urgencia por huir de ese hogar que ahora le recordaba su traición—. Me voy al liceo.
​—¡Pero Fabián, no te puedes ir así sin desayunar! —alcanzó a gritarle doña Mari, pero fue inútil.
​—¡Chao! —se despidió a lo lejos, con un grito seco que se ahogó en el pasillo antes de que la puerta principal se cerrara tras de sí, dejando la casa envuelta en un silencio pesado, cargado de sospechas y de un luto que Luz y su madre aún no podían comprender.
Por encima del drama que se instalaba en el hogar de doña Mari, el destino continuaba su marcha implacable en los pasillos de urgencias, donde la delgada línea entre la vida y la muerte comenzaba a estabilizarse para un hombre que ahora estaba vulnerable.

​Un pitido rítmico, lejano y metálico fue lo primero que arrastró a Sebastián de vuelta a la conciencia. El olor penetrante a desinfectante y medicamentos reemplazó el fétido aroma de su celda. Abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la intensa luz blanca del techo que le causó una punzada de dolor en las sienes. Al intentar moverse, sintió una rigidez familiar, pero esta vez no eran sogas: un par de catéteres se clavaban en sus brazos, inyectándole los fluidos y analgésicos que su cuerpo deshidratado exigía con urgencia.
​Una enfermera de mediana edad, que en ese preciso instante revisaba el goteo del suero, se percató del leve gemido del paciente. Sus ojos se iluminaron con alivio profesional.
​—Hola, tranquilo... no te esfuerces —lo saludó con una voz suave, de una calidez maternal que Sebastián no había escuchado en días—. Qué bueno que ya despertaste. Nos diste un buen susto. ¿Me podrías decir qué te pasó? ¿Te asaltaron?
​Al notar que Sebastián movía la cabeza de un lado a otro, con la mirada perdida y las pupilas dilatadas por el shock, la enfermera adoptó una postura más cercana, apoyando una mano en su hombro.
​—A ver, despacio... ¿Sabes cómo te llamas? ¿Sabes dónde estás ahora?
​Sebastián tragó saliva, sintiendo la boca pastosa. Su voz salió como un susurro áspero, una carraspera herida por el desuso y el sufrimiento.
​—Me llamo... Sebastián —logró articular, enfocando por fin el rostro de la mujer—. Sé que... esto es un hospital. Pero, ¿cómo... cómo llegué aquí?
​La enfermera le dedicó una sonrisa compasiva, ajustándole la almohada para que pudiera respirar mejor.
​—Tuviste mucha suerte, Sebastián. Una pareja de muchachos jóvenes te encontró tirado a la orilla de la carretera, completamente inconsciente. Al notar que casi no podías respirar y al ver las heridas tan graves que tienes en todo el cuerpo, no lo pensaron dos veces: te subieron a su camioneta y te trajeron directo a urgencias. Te salvaron la vida.
​Un destello de profunda gratitud cruzó los ojos cansados de Sebastián. Su brújula moral seguía intacta a pesar del infierno.
​—Por favor... —pidió con voz entrecortada—, si los ve... dígales que les agradezco. Les debo la vida.
​—Ya se marcharon, se tuvieron que ir hace un rato —respondió ella con tono afectuoso, pero su expresión se volvió un poco más seria, bajando el tono de voz—. Pero hay algo más que debes saber. Afuera, en la sala de espera, hay un oficial de policía. Ha estado esperando a que despiertes porque necesita hacerte algunas preguntas sobre lo que te ocurrió. Las heridas que traes... no parecen de un accidente.
​Sebastián no mostró temor. Al contrario, una determinación gélida y un destello de justicia iluminaron su mirada. Necesitaba hablar, necesitaba denunciar el horror de Evelyn antes de que fuera demasiado tarde.
​—Por favor... —le suplicó a la enfermera, sosteniéndole la mirada—, hágalo entrar. Necesito hablar con él.
​La enfermera, conmovida por la mezcla de fragilidad y valentía que transmitía el hombre en la camilla, asintió con una mirada de pura simpatía.
​—Está bien, Sebastián. Le diré que pase, pero no te exijas demasiado, ¿de acuerdo? —dijo con amabilidad antes de darse la vuelta y caminar hacia la puerta, dispuesta a cumplir el favor que marcaría el inicio del contraataque de Sebastián.
Con el inicio de la investigación médica sobre el cuerpo de Sebastián en el hospital, los hilos del destino comenzaron a tejerse con una velocidad peligrosa en el centro financiero de la ciudad, donde la sofisticación de los escritorios de alta gama servía de fachada para el inicio de una guerra sin cuartel.

​Isaías entró a su despacho con el paso firme de quien ha decidido dejar las debilidades enterradas en el pasado. Su abrigo oscuro parecía una armadura y, antes de tomar asiento tras su imponente escritorio de caoba, presionó el intercomunicador con un toque seco.
​—Alba, a mi oficina. Ahora —ordenó con una voz gélida que no admitía réplicas.
​A los pocos segundos, su secretaria cruzó el umbral portando una tableta, con la actitud eficiente que siempre la había caracterizado. Isaías la miró fijamente, con sus ojos de obsidiana fijos en ella, desbordando una intensidad que rozaba lo intimidante.
​—Necesito que dejes todo lo que estás haciendo y te concentres en una sola tarea —comenzó Isaías, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa—. Quiero un informe detallado sobre la empresa proveedora que va a surtir los materiales de construcción para el nuevo parque deportivo. Sí, ese mismo proyecto que el Holding Montero levantará sobre los terrenos que nos arrebataron. Quiero contratos, nombres de los socios, auditorías previas... todo. Y además, averigua quién es el representante legal del sindicato de trabajadores de esa futura obra. Lo quiero para hoy.
​Alba lo escuchó con una mezcla de sorpresa y sospecha. Abrió la boca con la intención de interrogarlo sobre el propósito de una búsqueda tan específica y hostil hacia la competencia, pero la frialdad en la mirada de su jefe la hizo retractarse de inmediato.
​—Entendido, señor Delmonte. Me pongo a trabajar en eso ahora mismo —respondió con una sonrisa profesional perfectamente ensayada.
​Sin embargo, al dar media vuelta y salir de la oficina, el pulso de Alba se aceleró. Detrás de su fachada de empleada leal, su mente trabajaba a mil por hora: en cuanto recopilara la información, su primera acción sería contactar en absoluto secreto a su amante, Rafael Montero. Necesitaba ponerlo sobre aviso, alertarlo de que el "Tiburón" estaba husmeando demasiado cerca de los cimientos de su "obra estrella", sin imaginar que su advertencia llegaría justo en el momento en que Rafael lidiaba con sus propios demonios de baja calidad.
​Lejos del lujo corporativo y bajo el amparo de la misma hora, la atmósfera en la habitación de urgencias se cargaba de un dramatismo diferente, pero igual de oscuro. El oficial de policía permanecía de pie junto a la camilla de Sebastián, con una libreta abierta y un bolígrafo listo para plasmar una declaración que prometía ser un escándalo judicial.
​Sebastián, con la respiración contenida y la voz aún rasposa por el sufrimiento, comenzó a relatar los hechos. Narró el día de su captura, la violencia de los hombres que lo emboscaron y los interminables días de encierro y tortura que padeció en aquel sótano húmedo e infecto. El carabinero anotaba cada palabra con el rostro endurecido, consciente de que estaba ante un delito de alta gravedad.
​—¿Y sabe quién estaba detrás de todo esto, señor Sebastián? —preguntó el oficial, inclinándose un poco—. ¿Pudo identificar a la persona que daba las órdenes a esos matones? ¿Algún nombre, una descripción?
​Sebastián clavó la mirada en la pared blanca del hospital. El nombre de Evelyn Santibáñez estuvo a punto de salir de sus labios, quemándole la garganta con la urgencia de la justicia legal. Sin embargo, en esa milésima de segundo, un engranaje diferente se movió en su cabeza. Una idea brillante, fría y sumamente peligrosa cruzó por su mente; una estrategia que no requería de patrullas ni de tribunales para destrozar a la mujer que le había robado la libertad y la dignidad.
​—No... —mintió Sebastián de golpe, sosteniendo la mirada del oficial con una serenidad pasmosa—. Siempre usaban pasamontañas y se referían entre ellos con apodos falsos. No tengo idea de quién pagaba por mi encierro.
​El oficial asintió, anotando la respuesta con resignación, sin sospechar que tanto en la camilla de ese hospital como en el despacho principal del Holding Delmonte, las leyes de los hombres acababan de ser suspendidas. Dos hombres, movidos por naturalezas distintas pero unidos por el mismo fuego, habían decidido de forma paralela que el castigo para sus enemigos no se dictaría en un juzgado, sino bajo sus propias y misteriosas reglas de juego.




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