Bajó el Signo de Cáncer: "Contrastes que Encantan".

Capítulo 38: El precio de la lealtad.

El despacho de Isaías aún conservaba el eco de su gélida autoridad, un aire viciado por la sed de hacer justicia y el resentimiento. Alba, sentada frente a su escritorio externo, observaba la pantalla de su computador con una mezcla de vértigo y conveniencia. Sobre su mesa, la lista de requerimientos de su jefe parecía arder; la eficiencia del "Tiburón" no admitía dilaciones ni errores. Sin embargo, antes de activar los hilos de la red de investigación, sus dedos se deslizaron con una familiaridad peligrosa sobre la pantalla de su teléfono personal.

​Alba redactó el mensaje con una precisión quirúrgica, asegurándose de que cada palabra fuera una daga que le entregaba a su verdadero amo.
​«Isaías está husmeando en los proveedores del parque deportivo y busca al representante del sindicato. Movimientos inusuales, mi amor. Ten cuidado.»
​En el otro extremo de la ciudad, Rafael se ajustaba los gemelos de su camisa, listo para partir hacia el encuentro con el proveedor que le había entregado materiales de dudosa calidad. Su plan era sencillo: una lección de autoridad que dejara claro quién mandaba en ese juego. Pero el zumbido de su teléfono, una vibración casi imperceptible, detuvo su marcha en seco.
​Al leer el mensaje de Alba, la sangre de Rafael se congeló. La información le cayó como un balde de agua helada, disipando la furia que sentía por el proveedor y transformándola en una ansiedad punzante. Si Isaías descubría la baja calidad del material, el holding no solo enfrentaría una auditoría, sino el escarnio público que hundiría su reputación.
​Rafael cerró los ojos un instante, respirando hondo para recomponer su compostura. La máscara de acero que siempre portaba volvió a su rostro. Con una calma estudiada, tecleó una respuesta que destilaba una dulzura engañosa.
​«Cariño, agradezco tu instinto. Eres mi ojos en esa cueva de fieras. Por favor, dilata esa investigación lo más que puedas, inventa cualquier excusa técnica, pero mantenlo lejos de esa información por ahora. Confío en ti.»
​Alba recibió la respuesta mientras su pulso se aceleraba. Sus ojos recorrieron las palabras de Rafael con una devoción ciega, pero el peso de la realidad comenzó a asfixiarla. Conocía el modus operandi de Isaías: cuando el "Tiburón" exigía algo, la orden no era para el día siguiente, sino para "ayer". La presión de sostener esa mentira bajo la mirada escrutadora de su jefe se perfilaba como una tarea imposible, una cuerda floja sobre un abismo que, tarde o temprano, terminaría por devorarla.
​Alba apagó la pantalla, sintiendo cómo el sudor frío empezaba a recorrer su espalda. Había aceptado la misión, pero en el fondo de su ser, una voz le advertía que estaba jugando a incendiar su propio refugio.
Lejos de las conspiraciones corporativas que comenzaban a tejerse en el Holding Delmonte, el peso de la realidad caía con la misma fuerza implacable sobre el patio de cemento del liceo, donde el aire de la mañana se sentía denso, gélido y cargado de secretos imposibles de confesar.

​Fabián permanecía de pie junto a la reja metálica del patio, completamente ajeno al bullicio ensordecedor de los demás estudiantes que corrían y reían a su alrededor. Tenía los ojos fijos en un punto muerto del suelo, pero su mente estaba atrapada en un bucle macabro. Su memoria, convertida en un enemigo despiadado, le proyectaba el fogonazo del arma, el olor a pólvora y el eco sordo del cuerpo de Santi impactando contra el pavimento una y otra vez, sin darle un segundo de tregua. La culpa le carcomía las entrañas, transformándose en una pregunta punzante que le golpeaba el pecho con la fuerza de un puñetazo: ¿por qué maldita razón había decidido cruzar esa línea? ¿Por qué se había prestado para esa estupidez?
​Una sombra se proyectó a su lado, interrumpiendo el torbellino de sus pensamientos. Al alzar la vista, con los ojos aún entintados en un dolor profundo, vio acercarse a los otros dos muchachos que habían sobrevivido al infierno del callejón. Caminaban con los hombros hundidos, arrastrando los pies y mirando con paranoia hacia todos lados.
​Se refugiaron en la esquina más apartada del patio, buscando un apoyo mutuo que nacía puramente del trauma compartido.
​—¿Cómo estái, hermano? —susurró uno de ellos, con la voz rota y un temblor evidente en las manos—. ¿Pudiste dormir algo?
​Fabián solo negó con la cabeza, apretando la mandíbula para contener el nudo que le asfixiaba la garganta. Al mirarlos de cerca, se dio cuenta de que el reflejo de su propia miseria estaba estampado en ellos: las mismas ojeras violáceas, la misma palidez cadavérica y esa mirada de horror que solo pertenece a quienes han visto la muerte de frente. Ninguno de los tres había logrado pegar un ojo; la noche los había quebrado por igual.
​De pronto, el más alto del grupo dio un paso al frente, acortando la distancia. Sus ojos, inyectados en sangre, brillaron con una intensidad desesperada mientras los tomaba a ambos por los brazos, obligándolos a concentrarse.
​—Escúchenme bien los dos —siseó con una urgencia que rayaba en la locura, conteniendo el llanto—. Tenemos que ser fuertes. Fuertes de mente, ¿me entienden? Lo que pasó anoche... se quedó en ese maldito callejón. Si uno solo de nosotros se quiebra, si uno solo habla, nos vamos todos al hoyo. No digan nada, ni a sus mamás, ni a sus pololas, a nadie.
​Fabián sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Las palabras de su compañero flotaron en el aire como una sentencia de prisión. Los tres se miraron fijamente a los ojos, compartiendo un silencio sepulcral que cortaba el aire. No hicieron falta promesas en voz alta, ni juramentos sagrados; en esa fracción de segundo, bastó una última mirada cómplice y cargada de pánico para sellar un pacto implacable. Habían jurado, desde el abismo de su culpa, que lo sucedido anoche se mantendría en secreto, y eso moriría con ellos.
Paralelamente al juramento de silencio que se sellaba en el patio del liceo, la luz de la esperanza comenzaba a abrirse paso en una de las habitaciones de la clínica, donde el destino de los Delmonte parecía dar un respiro antes de que la tormenta volviera a desatarse en el ámbito empresarial.

​El suave golpeteo en la puerta de la habitación interrumpió la tranquila vigilia de Carmen y Mateo. El médico jefe de la unidad ingresó portando una carpeta clínica y una sonrisa templada que de inmediato disipó parte de la densa neblina de preocupación que flotaba en el aire. Con un tono profesional pero sumamente humano, se acercó al pie de la camilla.
​—Buenos días, don Mateo, señora Carmen —saludó el facultativo, acomodándose los anteojos—. Les traigo excelentes noticias. El cuadro crítico ha quedado atrás. Vamos a proceder con una serie de exámenes de rutina durante la mañana y, si los resultados mantienen la tendencia positiva que hemos visto, mañana mismo don Mateo podrá volver a casa con su familia.
​Al escuchar aquellas palabras, el impacto emocional en la pareja fue instantáneo. Una ráfaga de alivio puro les iluminó el rostro, transformando el semblante cansado de Carmen en una expresión de absoluta felicidad. Mateo esbozó una sonrisa débil pero cargada de una vitalidad renovada. Sin decir una palabra, ambos buscaron la mirada del otro y sus manos, que ya estaban entrelazadas, se apretaron con una fuerza descomunal, uniendo sus almas en un gesto de victoria compartida. La promesa del regreso al hogar les devolvió el aire que la tragedia les había arrebatado.
​En ese preciso instante de intimidad y alegría, la puerta se abrió por completo para dar paso a una enfermera que empujaba una silla de ruedas con movimientos ágiles y precisos.
​—Es hora de empezar la jornada, don Mateo. Vamos a dar una vuelta por el laboratorio —anunció ella con amabilidad, disponiéndose a ayudarlo a trasladarse para dar inicio a las evaluaciones médicas.
​A kilómetros de ese santuario de paz, la atmósfera se tornaba violenta, hostil y desprovista de cualquier rastro de redención.
​Rafael conducía su vehículo por las avenidas de la capital, pero su mente no estaba en el camino. Las palabras del mensaje de Alba daban vueltas en su cabeza como un enjambre de avispas: Isaías Delmonte estaba husmeando en sus terrenos, en sus proveedores, en el sindicato de sus empleados. La presión acumulada por la auditoría inminente y la asfixia del fracaso hicieron que Rafael perdiera por completo el control emocional dentro del habitáculo. Con un rugido de frustración visceral, descargó un golpe violento y seco contra el volante, haciendo sonar la bocina de forma estridente mientras el odio le nublaba la vista.
​Buscando contener el temblor de la rabia, frenó bruscamente y se estacionó a la orilla de la calzada, justo frente a los terrenos donde se levantaba la futura obra del parque deportivo. Se bajó del coche de un portazo y, con una caminata rígida y peligrosa, se dirigió directo hacia la zona de descarga.
​Allí se encontraba el representante de la empresa proveedora, supervisando cínicamente la llegada de un nuevo camión cargado con sacos de cemento y fierros que Rafael ya sabía que eran de una categoría inferior a la estipulada. Al ver aparecer al dueño del holding, el hombre esbozó una sonrisa ensayada y fingidamente cortés.
​—¡Don Rafael! Qué excelente sorpresa tenerlo por acá en la obra... —saludó el proveedor, extendiendo la mano con un desparpajo insultante.
​Rafael no esquivó el saludo. Al contrario, le tomó la mano, pero lo hizo con un agarre de hierro, gélido y aprisionador, que borró la sonrisa del rostro del contratista. Sin soltarlo, Montero se inclinó hacia él, acortando la distancia hasta que sus ojos inyectados en ira quedaron a pocos centímetros de los del estafador.
​—Escúchame bien, infeliz —siseó Rafael, con una voz que vibraba con una amenaza letal—. Sé exactamente lo que estás haciendo. Sé que me estás surtiendo material de desecho, basura que va a hundir mi proyecto. Te metiste con el hombre equivocado. Si no retiras este cargamento y pones el material de primera calidad que pagué, te juro por mi vida que te voy a arrastrar a los tribunales y no pararé hasta verte tras las rejas por fraude. Te voy a destruir.
​El proveedor, al sentir la letalidad de la amenaza y la presión del agarre, cambió por completo su semblante. La amabilidad hipócrita y la cortesía barata que mostraba al saludar se esfumaron de golpe, revelando una faceta ruda y desafiante. Soltó la mano de Rafael de un tirón violento, liberándose a la fuerza del agarre corporativo y dando un paso atrás, con los ojos entornados y una postura de combate que dejaba en claro que esa tregua criminal se había roto para siempre.

A la par de las tensiones que amenazaban con destruir los cimientos del Holding Montero en los terrenos de la obra, los engranajes corporativos de la familia Delmonte continuaban girando bajo una dinámica implacable, guiados por la mente calculadora de un hombre que estaba a punto de romper sus propias reglas por un impulso que ya no podía contener.

​Isaías trabajaba a toda máquina en su oficina, firmando decretos y revisando balances con una eficiencia feroz. Al desviar la mirada hacia el reloj de plata en su muñeca, notó que quedaban apenas unos minutos para el horario de almuerzo. Una inusual renuencia a la soledad lo asaltó de golpe. No quería comer solo en algún restaurante ejecutivo; en su mente comenzó a ganar terreno la imagen nítida de la "chica moka". Sabía perfectamente dónde trabajaba y dónde cursaba sus estudios, un conocimiento que guardaba de forma celosa. Recordó entonces la promesa silenciosa que se había hecho cuando dejó su siguiente encuentro al azar: si el destino los cruzaba de nuevo, haría hasta lo imposible por conocerla a fondo. Ya no tenía reparos en admitir ante su propio juicio que Luz le gustaba, y no un poco, sino con una intensidad que desafiaba su habitual pragmatismo. Sin pensarlo dos veces, tomó su chaqueta del perchero y se levantó del escritorio, con el plan perfectamente trazado en la cabeza.
​Al trasponer la puerta de su despacho, se topó con la mirada dubitativa de Alba. La secretaria libraba una batalla interna brutal, debatiéndose entre la orden de dilatar la entrega que le había exigido Rafael y el temor reverencial hacia su jefe. En medio de ese conflicto, Isaías se detuvo frente a su cubículo, ajustándose las solapas del saco.
​—Me retiro a almorzar, Alba —sentenció con voz firme—. Espero el correo con toda la información sobre el sindicato y los proveedores en mi bandeja para cuando regrese. No te retrases.
​Alba sintió que el aire se volvía espeso. Sosteniendo la compostura a duras penas, se limitó a forzar una sonrisa profesional.
—Que tenga buen provecho, señor Delmonte. OK. Ningún problema —respondió de manera mecánica.
​En cuanto el ascensor cerró sus puertas, la presión sobre los hombros de Alba se triplicó, dejándola atrapada en un callejón sin salida laboral y sentimental.
​A un par de kilómetros de ahí, el ambiente cerca de la cafetera era un hervidero de aromas y charlas ligeras. Luz se encontraba detrás del mostrador, compartiendo un momento de distensión con sus compañeras de trabajo.
​—Es que hay clientes que de verdad no saben lo que quieren —comentaba Luz, limpiando la superficie con un paño—. Uno tiene que terminar lidiando con eso, casi adivinando lo que les apetece a través de la mirada.
​En medio de la conversación, la campana de la entrada tintineó. Luz alzó la vista y su respiración se detuvo por completo al ver entrar a Isaías. El hombre avanzaba con un porte varonil y seguro que cortaba el aire del local; la joven no pudo evitar morderse el labio inferior en un gesto involuntario de pura atracción. A su alrededor, los murmullos de sus colegas no se hicieron esperar, deshechas en elogios ante la estampa de ese imponente hombre de treinta años, desconociendo por completo que se trataba de uno de los empresarios más poderosos del sector financiero. Exaltaban su altura, la elegancia de su vestimenta a medida y la pulcritud de su cabello rubio.
​Mientras Isaías recorría el lugar con la mirada, buscando una silueta específica entre las mesas, Bárbara se percató de su presencia y salió a su encuentro con paso alegre.
​—¡Isaías! ¿Tú por aquí? —lo saludó la amiga de su madre con genuina sorpresa—. Si antes no ponías un pie en este sector y ahora me visitas por segunda vez consecutiva.
​Isaías suavizó las líneas de su rostro y le devolvió una sonrisa de calculada cortesía.
—Te prometí que volvería para conocer a fondo la tienda, tía. Solo cumplo mi palabra.
​Bárbara, halagada y con una chispa de picardía, le tomó la palabra de inmediato.
—Excelente. Entonces te voy a mostrar la tienda personalmente, acompáñame.
​Desde la barra, Luz observaba la escena de reojo, con el corazón galopando con fuerza, mientras sus compañeras seguían desmenuzando la guapura del visitante en susurros cómplices. Bárbara guió a Isaías por los pasillos, mostrándole las vitrinas y los productos especiales, hasta que finalmente, alejados del oído del resto, la mujer se detuvo y lo miró fijamente, con la perspicacia de los años a su favor.
​—Tú no viniste a conocer el negocio de esta vieja, ¿cierto? —soltó Bárbara a quemarropa, con una sonrisa cómplice—. Vienes por Luz. Por tu "chica moka". No me equivoco, ¿verdad?
​Isaías no pronunció palabra, ni lo confirmó ni lo negó. Se limitó a sostenerle la mirada con una fijeza misteriosa, pero el brillo en sus ojos pardos delató por completo sus intenciones, rindiéndose ante la agudeza de la mujer. Bárbara soltó una risita y, girándose hacia el mostrador, alzó la voz para llamar a la joven, no sin antes volverse hacia el empresario con un tono de advertencia maternal.
​—No vayas a jugar con ella, Isaías. Es una buena chica.
​Cuando Luz se aproximó con timidez al grupo, Bárbara la recibió con una mueca irónica y divertida.
—Luz, este muchacho porfiado insiste en preguntar por ti. Los dejo.
​Quedando a solas, frente a frente, una barrera de formalidad defensiva se levantó en la joven.
—¿Para qué me necesita, caballero? —preguntó Luz, manteniendo las distancias obligadas por el uniforme.
​El apelativo sonó distante y extraño en los oídos de Isaías, quien arqueó una ceja, acortando un paso la distancia entre ambos.
—Pensé que ya teníamos un poco más de confianza y que me llamarías por mi nombre —reclamó él con un matiz de suave reproche.
​—Estoy en mi horario laboral, caballero. Debo dirigirme así a todos nuestros clientes —replicó ella, sosteniéndole el pulso de la mirada.
​Isaías sonrió, desarmado por el profesionalismo de la muchacha, y decidió dejar de lado los rodeos corporativos para ir directo al grano.
—En ese caso, vengo a saldar una deuda. Te debo un mokaccino, ya que el anterior terminó derramado por completo en mi camisa aquella vez.
​Una carcajada involuntaria amenazó con escapar de los labios de Luz al escuchar la frase tan abiertamente coqueta. Hizo un esfuerzo titánico por contener la risa, pero la aparición de sus marcadas hoyuelas en las mejillas delató su diversión de inmediato. Isaías, cautivado por el gesto, aprovechó el momento idóneo.
​—¿Estás en tu hora de colación? Si es así, te invito a almorzar conmigo. No quiero que te lleves una mala impresión de mí y me gustaría que nos conociéramos un poco más, fuera de este mostrador.
​La propuesta la tomó completamente por sorpresa. Luz se quedó muda, sintiendo por un instante que la realidad se distorsionaba, como si habitara un sueño del que temía despertar. Todo le parecía irreal: el hombre que tenía enfrente, conocido en el mundo de los reportajes como un depredador implacable en los negocios, se presentaba ante ella como un hombre común y corriente, vulnerable, extendiéndole una invitación formal. Ese contraste drástico, esa mezcla de poder y sencillez, ejerció una atracción descomunal sobre ella.
​Venciendo cualquier rastro de duda, Luz relajó los hombros y lo miró con los ojos brillantes.
—Está bien... acepto —respondió, dejando escapar una sonrisa genuina que selló el inicio de un nuevo capítulo entre los dos.




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