El bullicio comercial de la avenida quedó sepultado en cuanto cruzaron el umbral del bistró boutique que Isaías había elegido. El lugar era un remanso de sofisticación minimalista: paredes de ladrillo a la vista, una suave melodía de jazz flotando en el aire y mesas de madera oscura iluminadas por la cálida luz de lámparas de filamento. Era el ambiente perfecto para aislarse del mundo. Isaías se movía con una soltura innata, guiando a Luz hacia una mesa apartada junto al ventanal. Al quitarse la chaqueta y quedar en mangas de camisa, el empresario de treinta años irradiaba una masculinidad pulcra y magnética que no pasaba desapercibida. Luz, por su parte, se acomodó en su asiento sintiendo un ligero cosquilleo de timidez; pasar de la rutina de atender público entre los percheros de la tienda de ropa a la intimidad de ese restaurante de alta gama con el "Tiburón" de un prestigioso holding era un contraste que le aceleraba el pulso.
Un camarero de ademanes impecables se acercó para tomar el pedido. Como ambos debían regresar a sus obligaciones, dejaron de lado el vino. Isaías optó por un lomo vetado a las finas hierbas con papas rústicas, acompañado de agua mineral con gas y una rodaja de limón. Luz, buscando un terreno seguro para romper los nervios, se decidió por unos fettuccine artesanales con salsa Alfredo y camarones, junto a un jugo natural de frambuesa.
En cuanto quedaron solos, Isaías apoyó los antebrazos en la mesa, acortando la distancia física y visual. Sus ojos de obsidiana se clavaron en ella con una fijeza que la hizo contener el aliento.
—Te noto un poco distante —comenzó él, con un matiz de suave ironía en la voz—. ¿O es que estás organizando mentalmente los percheros de este lugar como lo haces en la tienda de ropa, "chica moka"?
Luz no pudo evitar que una sonrisa tímida asomara en sus labios, haciendo aparecer esas marcadas margaritas en sus mejillas que a él tanto le fascinaban.
—Todavía no puedo creer que me llames así —replicó ella, acomodando la servilleta de género en su regazo—. En la tienda vendo ropa y me toca lidiar con clientes difíciles que no saben lo que buscan, pero tú... tú pareces saber exactamente lo que quieres a cada segundo.
—Sé lo que quiero, Luz. Siempre lo he sabido —respondió Isaías con una seriedad que rozaba el coqueteo—. Y hoy quería almorzar contigo.
El camarero regresó para servir los platos, interrumpiendo momentáneamente la electricidad que se gestaba entre ambos. El aroma de la comida era exquisito, pero la conversación no tardó en desviarse hacia los accidentados cimientos de su historia.
—Tenemos un historial de encuentros bastante poco gratos, hay que admitirlo —comentó Luz antes de pinchar un camarón—. Primero, el choque en la calle. Todavía me da un poco de vergüenza recordar cómo tropecé y te dejé esa mancha enorme de mokaccino justo en el pecho. Ibas tan elegante... y yo arruiné tu ropa.
Isaías soltó una risa franca, un sonido grave y varonil que Luz no le había escuchado a nadie nunca.
—Esa camisa era una de mis favoritas, no te lo voy a negar —admitió él, sosteniéndole la mirada con osadía—. Pero fue el mejor accidente de mi año. Si el precio para tenerte hoy sentada frente a mí fue perder una camisa, la volvería a sacrificar sin pensarlo.
Luz sintió un calor sutil recorrerle las mejillas y, para desviar el flanco de su propia vulnerabilidad, trajo a la mesa el segundo y más tenso de sus recuerdos: la universidad.
—¿Y qué me dices de la charla en la facultad empresarial? —preguntó ella, adoptando un tono más maduro y analítico—. Ese día tuvimos un desacuerdo gigante. En el auditorio te mostraste como un depredador absoluto. Defendías los números y el mercado con una frialdad que daba miedo, como si las personas del retail o la logística fueran solo piezas reemplazables en tu tablero. Fue un momento bastante tenso.
Isaías dejó los cubiertos a un lado. Su expresión se volvió profunda, desprovista de la arrogancia corporativa con la que solía blindarse ante el mundo. La miró con una honestidad tan cruda que Luz sintió que la leía por dentro.
—En el mundo de los negocios tengo que ser de piedra, Luz. El mercado es un monstruo que no perdona la debilidad, y si yo bajo la guardia, destruyen el negocio que construyó mi familia —explicó con voz pausada y sincera—. Pero estás cometiendo un error de cálculo: estás juzgando al empresario que da discursos, no al hombre común y corriente que está intentando que la mujer que le quita el sueño no se lleve una mala impresión de él.
El impacto de sus palabras golpeó a Luz de sopetón. Parecía un sueño, una escena irreal sacada de una novela, pero el calor de la comida y la intensidad de la mirada de Isaías la anclaban a una realidad fascinante. El contraste entre el temido empresario y este hombre de treinta años que se abría ante ella con semejante vulnerabilidad ejerció una atracción demencial en su interior. Sin poder —ni querer— evitarlo, Luz relajó por completo los hombros y le regaló una sonrisa amplia, limpia y cargada de una complicidad nueva, aceptando que el juego de las apariencias había terminado y que la verdadera historia entre ellos acababa de comenzar.
Al margen de las confidencias y la inesperada calidez que comenzaban a florecer en la mesa de aquel bistró boutique, la realidad en los márgenes de la ciudad cobraba su cuota de sangre en la penumbra de un galpón abandonado.
La luz sesgada de la tarde se filtraba entre los latones oxidados del techo, cortando el polvo en suspensión como espadas doradas. Ya había pasado más o menos unas horas desde la fuga. En el suelo de concreto, sobre un charco de mugre y humedad, uno de los captores que Sebastián había noqueado comenzó a sofocar un gemido. Abrió los ojos despacio, pero la visibilidad le llegó distorsionada, envuelta en un martilleo incansable tras la frente. Un chichón prominente y pulsante en la nuca le provocaba arcadas de náuseas y una oleada de mareos que le impidió ponerse en pie de inmediato.
Arrastrándose a duras penas, el hombre divisó la silueta inerte de su compañero a unos metros de distancia.
—Hey... despierta, animal —farfulló con la voz rota por la deshidratación, arrastrándose hasta tocarle la bota—. Levántate, que el infeliz se nos fue...
Intentó sacudirlo, primero con torpeza y luego con una desesperación creciente al no obtener respuesta. Al girar el cuerpo inmóvil de su compinche, un sudor helado le recorrió la columna: la cabeza del sujeto descansaba en un ángulo grotesco, antinatural. Al caer seco tras el impacto del golpe de Sebastián, se había partido el cuello contra el filo del peldaño de cemento. Estaba tieso, sin vida desde hacía horas.
Con las manos temblándole por el pánico y el mareo atenazándole el juicio, el secuestrador buscó a tientas su teléfono móvil. Marcó el número con dedos torpes y aguardó el tono con el corazón desbocado.
Al tercer timbrazo, la voz de Evelyn resonó al otro lado de la línea, fría, cortante y cargada de una altivez sofocante.
—¿A qué se debe esta llamada? Supongo que no ha ocurrido nada contraproducente —amenazó ella sin preámbulos.
El hombre tragó saliva, apretando el teléfono contra su oído como si buscara protección.
—Patrona... tenemos un problema grave —titubeó, bajando la voz por un respeto servil que rozaba el terror—. El tipo se escapó. Nos madrugó a los dos, jefa... Y la cosa empeoró: mi compañero no resistió la caída. Se rompió el cuello al caer al suelo. Está muerto.
Un silencio sepulcral y denso se apoderó de la línea, un abismo de segundos donde el captor pudo oír la respiración pausada de Evelyn transformarse en una tormenta contenida.
—¿Me estás diciendo... que un hombre moribundo los venció a los dos? —inquirió ella, con una calma venenosa que infundía más miedo que un grito.
—Nos tomó por sorpresa, patrona, no sé de dónde sacó fuerzas...
—¡Inútil! —estalló Evelyn, rompiendo la contención y haciendo retumbar el altavoz con una furia desmedida—. ¡Son una par de basuras inservibles! ¡Les dejé una sola tarea y consiguieron arruinarlo todo!
—¿Qué hacemos con el muerto, jefa? Dígame qué hago...
—Vas a escucharme muy bien, pedazo de imbécil —siseó ella con un desprecio absoluto—. Vas a deshacerte de ese maldito cadáver ahora mismo. Qúemale las huellas, entiérralo donde nadie lo encuentre o tíralo a los perros, me da igual. Y luego vas a encontrar a ese cretino y a solucionar esta porquería antes de que la policía toque a mi puerta. Si mi nombre sale a la luz por culpa de tu incompetencia, el próximo cuerpo que van a desaparecer va a ser el tuyo. ¿Entendiste?
Sin esperar respuesta, Evelyn cortó la llamada.
En la elegancia de su estancia privada, la ira le distorsionó las facciones, borrando cualquier rastro de la sofisticación que solía proyectar. Ciega de rabia, con los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba el dispositivo, levantó el brazo y lanzó el celular con violencia incontenible contra la pared opuesta. El impacto de cristal y metal resonó como un disparo en la habitación, dejando los restos del teléfono esparcidos por el suelo mientras ella respiraba agitadamente, consciente de que la red que había tejido comenzaba a deshilacharse por el eslabón más débil.
Lejos de la tempestad de rabia que destruía la intimidad de Evelyn, la luz dorada y moribunda de la tarde comenzaba a estirarse sobre el pasaje donde ocurrió la tragedia.
El joven oficial de Carabineros detuvo la patrulla a pocos metros del lugar del suceso. Se apeó del vehículo lentamente, ajustándose el cinturón táctico con ademanes pesados, arrastrando una fatiga que no venía del cuerpo, sino del alma. Regresar a la escena del crimen era parte del protocolo de inspección ocular post-procedimiento, pero para él significaba volver a pisar el mismo infierno.
Avanzó en silencio hasta detenerse justo frente a la mancha oscura que el asfalto absorbía en la acera. Al fijar la vista en ese punto exacto, el tiempo pareció replegarse violentamente. El eco de la sirena, la penumbra de la noche anterior, la adrenalina quemándole las venas y ese movimiento brusco tras disparar contra un compañero policial del joven delincuente en la oscuridad reaparecieron con la nitidez de un trauma fresco. Recordó el sonido seco del disparo de su arma de servicio, la orden de alto ahogada por el estruendo y la forma en que el cuerpo del muchacho colapsó sobre el cemento como un muñeco de trapo. Pero el golpe más devastador, aquel que volvió a oprimirle el pecho hasta quitarle el aire, fue el instante posterior: cuando se acercó para asegurar el área y, al iluminar la escena, descubrió el rostro de Santi. Un rostro despejado de malicia, envuelto en el terror de la infancia recién perdida; la cara de un menor de edad que no alcanzaba a comprender la muerte mientras su vida se le escapaba por el pecho.
El carabinero cerró los ojos un segundo, tragando saliva con dificultad. El servicio en la institución siempre exigía un templo de acero, un rigor diario para lidiar con lo peor de la calle, pero aquella noche había cruzado una frontera invisible. Quitarle la vida a un chico que apenas comenzaba a vivir, por más que la ley y el protocolo justificaran el uso de la fuerza letal, era una marca de fuego que cargaría en la conciencia para siempre.
Distante de aquel drama policial, pero atrapada en su propio calvario de decisiones, Alba permanecía inmóvil frente a la pantalla de su computador en el Holding Delmonte.
El sudor frío en sus palmas y el nudo sofocante en su garganta le anunciaban que había llegado a su límite. La orden explícita de Isaías —exigiendo el informe sobre los proveedores y el sindicato en su correo al regresar del almuerzo— retumbaba en sus oídos como una bomba de tiempo. Intentar dilatar la entrega por complacer a Rafael era un suicidio profesional; Isaías no era un hombre al que se le pudiera mentir dos veces sin pagar el precio con la ruina personal.
La secretaria respiró hondo, dejando caer las manos sobre el teclado mientras la frialdad de la realidad la desnudaba por completo. No podía perder su empleo. No podía tirar a la basura años de esfuerzo por mantener a flote la fachada de un hombre que, en el fondo, sabía exactamente qué lugar le daba en su vida. Alba cerró los ojos por un instante, sintiendo el peso de un dolor antiguo y lacerante: sabía perfectamente que Rafael solo la buscaba para satisfacer sus bajos instintos, utilizándola como un escape conveniente en la penumbra de su oficina o en hoteles de paso.
Una parte de su corazón, aquella fosa infantil y romántica que aún se negaba a morir, anhelaba desesperadamente que Rafael fuera consecuente con los murmullos de amor que le dedicaba al oído. Soñaba con que él actuara con valentía y conciencia, que dejara a su esposa y construyera una relación real, pública y digna a su lado. Pero la madurez la golpeaba con la fuerza de un hacha: eso era solo una fantasía barata, un espejismo para tenerla encadenada a sus favores. Rafael jamás dejaría su estatus ni a su mujer por ella.
Con el alma dividida pero la razón imponiéndose por sobre el autoengaño, Alba secó con el dorso de la mano una lágrima traicionera que amenazaba con rodarle por la mejilla. Con decisión amarga, empezó a adjuntar los archivos requeridos sobre la auditoría y los contratistas. Haría lo correcto por sí misma. No caería al abismo por un hombre que solo la utilizaba como peón en su tablero.
Mientras en la penumbra corporativa Alba terminaba de resignarse a la frialdad de los hechos, al otro lado de la ciudad el aire de la tarde se sentía mucho más ligero y prometedor a bordo del vehículo de Isaías.
El elegante sedán de Isaías se detuvo con suavidad junto a la solera, justo frente a la fachada de la tienda de ropa. El murmullo del motor soplaba en un ralentí casi imperceptible, creando un ambiente de complicidad contenida dentro del habitáculo. Isaías apagó el climatizador y giró el torso hacia el asiento del copiloto. Su postura, holgada pero decididamente masculina, emanaba una seguridad que no necesitaba imponerse para hacerse notar. Sus ojos de obsidiana buscaron los de Luz con una intensidad tibia, envuelta en un juego de seducción transparente.
—Gracias por haber aceptado salir a almorzar conmigo, Luz —comenzó él, con un tono bajo, grave y profundamente coqueto—. Debo confesar que tenía tiempo sin disfrutar tanto de una comida. Espero que esto se vuelva a repetir... y no precisamente porque me vuelvas a derramar un café encima.
Luz no pudo evitar que una risita sutil se le escapara, haciendo florecer de inmediato esas marcadas margaritas en sus mejillas. Lo miró de frente, desarmada por el encanto sin artificios que el hombre desprendía cuando se quitaba la armadura del holding.
—Acepto el agradecimiento, pero el próximo café lo pago yo —replicó ella, sosteniéndole la mirada con dulce valentía—. Y me gustó mucho... me gustó conocer esta faceta tuya, Isaías. Ver que detrás del empresario del que todo el mundo habla hay un hombre educado y sumamente agradable.
—Entonces tenemos un trato —sentenció él con una sonrisa pícara que le iluminó las facciones.
—Tal vez —Luz se inclinó ligeramente para despedirse con un beso en la mejilla. Fue un movimiento pausado, pero en el instante en que sus rostros se cruzaron, la cercanía traicionó sus intenciones: sus labios alcanzaron a rozarse de forma imperceptible, un contacto efímero que encendió una chispa eléctrica en el aire. Ambos se detuvieron a milímetros del otro durante un segundo eterno, conteniendo el aliento, mirándose a los ojos con una fascinación pura. Una sonrisa sutil brotó en los labios de ambos antes de romper el trance.
—Chao, Isaías —susurró ella, con la voz ligeramente agitada.
—Chao, chica moka —respondió él, sin perder la compostura.
Luz accionó la manilla, abrió la puerta del coche y se bajó con paso ágil. Isaías permaneció inmóvil al volante, apoyando un brazo en el marco de la ventana mientras no le quitaba la vista de encima. La observó caminar hacia la entrada con una atención casi devota; en su mente no dejaba de resonar la belleza limpia de la joven, el brillo magnético de sus ojos, la soltura natural con la que se expresaba y la luz que irradiaba su sonrisa. Para un hombre acostumbrado a calcular variables y dominar escenarios, Luz se presentaba como una ecuación imprevista que lo mantenía completamente cautivado.
En cuanto Luz cruzó el umbral de la tienda de ropa, el tintineo de la puerta anunció su llegada. Detrás del mostrador, Bárbara se irguió de inmediato, ajustándose las gafas con una expresión de curiosidad voraz en el rostro.
—¡Hasta que regresas! —exclamó Bárbara en voz baja pero entusiasta, acortando la distancia—. Dime todo, ¿cómo se portó ese sobrino mío contigo?
Luz intentó mantener la compostura mientras colgaba su parka en el perchero del personal, aunque el rubor en sus mejillas la delataba por completo.
—Fue todo un caballero, señora. Muy educado y atento, la verdad —respondió con tono pausado, esbozando una sonrisa contenida.
Bárbara abrió los ojos con complicidad, inclinándose sobre el mostrador, lista para devorar cada detalle.
—¿Y? ¿De qué hablaron? ¿Hubo algo más? ¡Cuéntame, no me dejes con la duda!
Luz se giró con una mueca divertida pero firme, esquivando el interrogatorio con suma elegancia.
—Lo siento, jefa, pero el deber llama y hay que atender a los clientes —dijo guiñándole un ojo antes de dirigirse hacia los percheros—. A trabajar se ha dicho.
Bárbara se quedó con la palabra en la boca y los brazos cruzados, soltando un suspiro de resignación pero con una sonrisa picarona, consciente de que entre ese par de jóvenes acababa de nacer algo inevitable.
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Editado: 05.08.2026