Antes del fuego, fuiste tú
Ángel
El auto iba en silencio.
Lucas conducía con una concentración tan perfecta que parecía parte del asfalto. El motor era lo único que rompía el silencio entre nosotros.
Pero por dentro, yo estaba gritando.
No por miedo.
Por ganas de decirle que no sabía si íbamos a salir de esta.
Y por eso, quería besarlo antes de que fuera tarde.
—¿Qué piensas? —me preguntó sin mirarme.
—Que si esto sale mal, no quiero que mi último recuerdo sea una conversación tensa en tu cama.
—¿Y cuál quisieras?
Lo miré.
Y esta vez no aparté la vista.
—Tus labios. Tus manos. Tu voz… diciéndome que no soy solo otro nombre para ti.
Se detuvo en un claro. Puso el auto en punto muerto.
Me miró.
Y ahí estaba esa mirada.
La que no deja escapar.
La que quema.
—No eres otro nombre —dijo, bajo, ronco.
—Entonces demuéstramelo.
Y esta vez, no hubo dudas.
Me besó.
Con rabia. Con fuego. Con necesidad contenida por noches, semanas, silencios.
Sus manos en mi nuca. Mi cuerpo buscándolo. Mi boca abierta a todo lo que no nos dijimos.
Cuando nos separamos, él apoyó su frente en la mía.
—Si algo me pasa esta noche, prométeme que sigues.
—No digas eso.
—Prométemelo.
—No voy a perderte, Luca.
—Entonces entremos… y ganemos.
Lucas
La casa estaba envuelta por árboles. Vieja. Abandonada por fuera. Pero yo conocía las fachadas. Lo peor siempre se esconde detrás de paredes rotas.
—Entramos por el ala norte. Hay una entrada lateral que no está vigilada —le susurré.
—¿Cómo lo sabes?
—Estuve aquí antes. Hace años.
Nos deslizamos entre los arbustos. Ángel seguía mis pasos sin preguntar, sin dudar.
Ya no era el mismo tipo que me gritó en su cafetería.
Ahora era parte de esto. Parte de mí.
Llegamos a la entrada. Cerradura simple.
La abrí con una navaja vieja y una oración muda.
Dentro, solo silencio.
Subimos por un pasillo estrecho. Ángel me cubría la espalda. Sentí su respiración detrás de mí. No me calmaba. Me aceleraba.
Una puerta entreabierta. Luz adentro.
Asomé.
Tres hombres.
Un mapa.
Una foto de Ángel sobre la mesa.
Mi sangre hirvió.
—¿Cuánto piden por entregarlo? —preguntó uno.
—Dante lo quería vivo. Pero ahora que está muerto, el cliente quiere algo más lento.
Ángel lo escuchó.
Y supe que no iba a quedarse atrás.
Cargó el arma.
—Dime cuándo.
—Ahora —dije.
Entramos.
Dos disparos.
Uno cayó.
El otro corrió.
El tercero sacó un cuchillo.
Fue rápido. Violento. Brutal.
Pero al final, todos estaban en el suelo.
Y nosotros, respirando como si el aire volviera por primera vez.
Ángel
Me apoyé en la pared.
Tenía sangre en el brazo. No mía. No importaba.
Lucas estaba frente a mí. Vivo. Firme. Silencioso.
Nos miramos.
Ya no había nada que ocultar.
—¿Qué sigue? —pregunté.
Él se acercó.
Me tocó la cara. Me limpió la mejilla con los dedos.
—Ahora, lo que viene lo decidimos los dos.
—¿Y si no hay más vuelta atrás?
—Entonces vamos hacia adelante. Juntos.
Y por primera vez…
No me asustó.