El amanecer apenas iluminaba los tejados de piedra de la capital cuando el sonido de las campanas atravesó el aire frío. Los comerciantes abrían sus puestos en silencio, los campesinos bajaban la mirada al pasar frente a los soldados y las madres sujetaban con fuerza las manos de sus hijos. Nadie sonreía. En aquel reino, una palabra equivocada podía costar la vida. En la plaza principal, una multitud permanecía reunida. Ninguno había ido por voluntad propia. Soldados con armaduras oscuras rodeaban un patíbulo de madera. Frente a él, un hombre de mediana edad permanecía de rodillas, con las manos atadas a la espalda. Su rostro estaba cubierto de golpes, pero aún conservaba la dignidad suficiente para mantener la cabeza en alto. Su esposa lloraba desesperadamente. -¡Por favor! ¡Mi esposo no hizo nada! ¡Solo pidió menos impuestos! Un soldado la empujó al suelo sin responder. El hombre levantó la vista. -No llores... Cuida de nuestros hijos. La mujer intentó correr hacia él, pero otros soldados la detuvieron. En ese momento, una figura apareció en el balcón del palacio. El rey Seo Jin-woo. Vestía un largo manto negro con detalles dorados. Su expresión era tan fría como el mármol de las columnas que lo rodeaban. Toda la plaza cayó de rodillas. -Vuestro rey os observa. El silencio fue absoluto. Un consejero dio un paso al frente y leyó el decreto. -El ciudadano Oh Min-jae ha cometido el delito de incitar al pueblo contra la corona al exigir la reducción de impuestos. Por orden de Su Majestad, será ejecutado públicamente para recordar que la voluntad del rey está por encima de cualquier deseo del pueblo. El hombre no pidió clemencia. Solo cerró los ojos. La espada descendió. El sonido fue breve. Algunos niños comenzaron a llorar. Sus padres les cubrieron los ojos demasiado tarde. Desde el balcón, el rey observó la escena sin mostrar emoción alguna. Luego se dio la vuelta y regresó al interior del palacio. La multitud permaneció inmóvil hasta que el capitán Kim Tae-sung ordenó: -La ejecución ha terminado. Regresad a vuestros hogares. Nadie protestó. Porque todos sabían que el siguiente podía ser cualquiera. A varios kilómetros de la capital, oculto entre montañas y bosques, existía un lugar que no aparecía en ningún mapa oficial. Las ruinas de una antigua fortaleza. Allí ondeaba un estandarte distinto. No llevaba la corona del reino. Solo una espada atravesando una cadena rota. Los rebeldes. En el patio de entrenamiento, varios jóvenes practicaban con espadas de madera. Entre ellos destacaba un muchacho de cabello negro y mirada firme. Kang Do-yun. Su respiración era constante mientras bloqueaba un ataque. Giró sobre sus pies. Desarmó a su oponente de un movimiento limpio. La espada de madera cayó al suelo. -Otra vez -dijo con calma. Su rival negó con la cabeza entre risas. -Eres imposible. Desde una plataforma cercana, Baek Hyun-soo observaba el entrenamiento con los brazos cruzados. -Has mejorado. Do-yun bajó la espada. -Todavía no es suficiente. Hyun-soo descendió lentamente. -Nunca lo será si solo piensas en hacerte más fuerte. Do-yun guardó silencio. Conocía ese tono. Significaba que algo importante estaba por ocurrir. -Ven conmigo. Entraron en una habitación iluminada únicamente por la luz que se filtraba entre las grietas del techo. Dentro ya esperaban Lee Ji-ho, Choi Na-ri y Park Joon. Sobre la mesa había un mapa del reino. La capital estaba marcada con tinta roja. Baek Hyun-soo apoyó ambas manos sobre la madera. -El rey ha ejecutado otro inocente esta mañana. Nadie pareció sorprendido. Na-ri apretó los puños. -¿Cuántos más? -Demasiados. El silencio se hizo pesado. Hyun-soo continuó. -El pueblo empieza a perder el miedo. Park Joon frunció el ceño. -¿Eso no es bueno? -También significa que el rey responderá con más violencia. Do-yun observó el mapa. -Entonces debemos actuar antes. Hyun-soo lo miró fijamente. Durante unos segundos nadie habló. Finalmente dijo: -Eso mismo pienso. Sacó un pequeño pergamino sellado. Lo colocó frente a Do-yun. -Tengo una misión para ti. El joven no lo abrió de inmediato. Esperó. -Será la misión más peligrosa que esta organización haya intentado. Ji-ho desvió la mirada. Na-ri respiró hondo. Incluso Park Joon parecía incómodo. Do-yun rompió el sello. Leyó una sola línea. Sus ojos permanecieron inmóviles. Objetivo: infiltrarse en el Palacio Real y asesinar al príncipe heredero Seo Ha-jun. El silencio volvió a llenar la habitación. Do-yun levantó lentamente la vista. -¿El príncipe? Baek Hyun-soo asintió. -Si el heredero cae, la estabilidad de la corona se romperá. Muchos nobles dejarán de apoyar al rey. Tendremos la oportunidad de iniciar la rebelión. Do-yun permaneció en silencio. No conocía al príncipe. Nunca lo había visto. Solo había escuchado rumores. Que era arrogante. Que obedecía ciegamente al rey. Que algún día sería igual de cruel. Cerró el pergamino. -Acepto. Nadie sonrió. Porque todos sabían que, desde ese instante, el destino de Kang Do-yun acababa de cambiar para siempre. -Acepto. La palabra quedó suspendida en el aire. Nadie respondió de inmediato. Baek Hyun-soo observó a Kang Do-yun durante unos segundos antes de asentir lentamente. -Entonces no hay vuelta atrás. Do-yun cerró el pergamino y lo guardó dentro de su ropa. La reunión terminó poco después. Ji-ho y Park Joon comenzaron a discutir detalles sobre las rutas de abastecimiento hacia la capital, mientras Na-ri recogía los mapas de la mesa. Hyun-soo permaneció inmóvil, pensativo. Cuando Do-yun salió de la habitación, el aire frío de la tarde golpeó su rostro. La fortaleza rebelde seguía llena de actividad. Algunos hombres reparaban una carreta dañada. Otros afilaban espadas junto a una hoguera. Un grupo de niños corría por el patio persiguiéndose entre risas, ajenos al peso de las decisiones tomadas por los adultos. Do-yun los observó un momento. Después continuó caminando. La pequeña vivienda donde se alojaba su familia estaba construida contra uno de los antiguos muros de la fortaleza. Cuando abrió la puerta, el aroma de sopa caliente llenó sus sentidos. -¡Oppa! Una niña de doce años corrió hacia él. Kang Ha-eun se aferró a su brazo con una sonrisa radiante. -Llegaste tarde. -El entrenamiento se alargó. La niña entrecerró los ojos. -Mientes mal. Do-yun dejó escapar una breve risa. -¿Desde cuándo eres tan lista? -Desde que vivo contigo. Al fondo de la habitación, una mujer removía una olla sobre el fuego. Kang Mi-young se volvió hacia ellos. Su rostro mostraba el cansancio de los años difíciles, pero sus ojos conservaban una calidez que Do-yun rara vez encontraba fuera de aquella casa. -Lávate las manos antes de comer. -Sí, madre. La cena transcurrió con una tranquilidad extraña. Ha-eun hablaba sin parar sobre un gato que había encontrado cerca de los establos. Mi-young escuchaba en silencio mientras servía más sopa. Do-yun apenas probó la comida. Su madre lo notó. -¿Ocurrió algo? Él levantó la vista. Durante un instante pensó en mentir. Pero nunca había sido capaz de hacerlo frente a ella. -Hyun-soo me asignó una misión. Ha-eun dejó de hablar. Mi-young apoyó lentamente la cuchara sobre la mesa. -¿Lejos? -Sí. El silencio se instaló en la habitación. La mujer no preguntó cuál era la misión. Sabía que, si la organización la mantenía en secreto, había una razón. -¿Cuándo partirás? -Mañana al amanecer. Ha-eun apretó los labios. -Eso es demasiado pronto. Do-yun le revolvió el cabello con suavidad. -Volveré antes de que tengas tiempo de extrañarme. La niña apartó la mirada. -Ya te estoy extrañando. Más tarde, cuando Ha-eun se quedó dormida, Mi-young salió al exterior. Do-yun estaba sentado sobre un viejo barril mirando las montañas. Su madre se colocó a su lado. -Tu padre también miraba así el horizonte antes de marcharse. Él no respondió. El nombre de Kang Dae-ho seguía siendo una herida abierta. Había muerto años atrás durante una redada de los soldados reales en su aldea. Do-yun aún recordaba el humo, los gritos y la mano de su padre empujándolo hacia el bosque para que huyera. Nunca volvió a verlo. Mi-young habló en voz baja. -No quiero perderte también. Do-yun tragó saliva. -Haré todo lo posible por regresar. -Eso dijo él. La sinceridad de aquellas palabras le atravesó el pecho. Su madre apoyó una mano sobre la suya. -Pero aun así estoy orgullosa de ti. Do-yun bajó la mirada. Hacía mucho que nadie le decía algo así. Esa misma noche, Baek Hyun-soo lo llamó nuevamente. Le entregó un pequeño saco de tela. Dentro había ropa sencilla de sirviente, algunas monedas y un documento sellado. -Desde mañana dejarás de ser Kang Do-yun. -¿Quién seré entonces? -Un ayudante de cocina llamado Han Do. Do-yun observó el sello falso del palacio. -¿Funcionará? -Debe hacerlo. Hyun-soo se acercó un paso. -Recuerda esto: tu prioridad es sobrevivir. No busques al príncipe el primer día. Observa. Aprende. Gana tiempo. -Lo haré. -Y si descubres que algo no encaja... El líder rebelde hizo una pausa. -Infórmanos antes de actuar. Do-yun asintió. El amanecer llegó demasiado rápido. La fortaleza aún estaba cubierta por una ligera neblina cuando Do-yun se colocó la ropa de sirviente y ajustó el saco a su espalda. Ji-ho le dio una palmada en el hombro. -Intenta no quemar la cocina. Na-ri le entregó un pequeño cuchillo oculto dentro de una funda de cuero. -Por si las cosas salen mal. Park Joon simplemente asintió. Baek Hyun-soo fue el último en hablar. -El reino cambiará de una forma u otra cuando entres ahí. Do-yun respiró hondo. Después miró a su madre y a Ha-eun. La niña corrió hacia él y lo abrazó con fuerza. -Prométeme que volverás. Do-yun cerró los ojos un instante. -Te lo prometo. No sabía si podría cumplir aquella promesa. Pero necesitaba decirla. Horas después, el bosque comenzó a abrirse ante él. Y entonces la vio. La capital. Las enormes murallas se alzaban bajo la luz de la mañana como una barrera imposible de atravesar. Más allá de ellas, las torres del Palacio Real dominaban el horizonte. Do-yun apretó el saco que llevaba al hombro. Dentro descansaba la identidad falsa que le permitiría entrar al corazón del reino. Alzó la vista hacia las torres. En algún lugar detrás de aquellas murallas se encontraba el hombre al que había sido enviado a matar. Seo Ha-jun. Sin saberlo, el príncipe y el rebelde acababan de comenzar a caminar hacia el mismo destino. Fin del Capítulo 1.