Bajo la corona de sangre

Capitulo 2: Detrás de los muros del palacio

El sol aún no había terminado de salir cuando Kang Do-yun llegó al camino principal que conducía a la capital. La ciudad despertaba lentamente tras sus enormes murallas de piedra. A la distancia, el Palacio Real dominaba el paisaje como una montaña construida por el hombre. Sus altas torres sobresalían por encima de los tejados y, desde donde estaba, apenas podían distinguirse las banderas negras y doradas de la corona ondeando con el viento. Do-yun respiró profundamente. Aquel lugar era el corazón del reino. Y también el lugar donde podía perder la vida con un solo error. Ajustó el saco sobre su hombro. Dentro llevaba unas pocas pertenencias, la ropa sencilla que usaría como sirviente y el documento que Baek Hyun-soo había preparado para su infiltración. Desde ese momento... Kang Do-yun debía desaparecer. Ahora era Han Do. Un joven contratado para ayudar en las cocinas del Palacio Real. No podía olvidar ese nombre. Ni por un instante. La fila para entrar en la capital avanzaba lentamente. Mercaderes con carretas llenas de verduras. Campesinos que transportaban sacos de trigo. Herreros. Carpinteros. Mensajeros. Todos esperaban pacientemente mientras los soldados revisaban cada carga. Nadie entraba sin autorización. Sobre la puerta principal se alzaba una torre de vigilancia. Varios arqueros observaban desde arriba. Do-yun levantó la vista apenas un segundo. Había demasiados. Muchos más de los que imaginaba. «Tomar esta ciudad por la fuerza sería imposible...» Desvió la mirada inmediatamente. Pensar como un rebelde allí era un lujo que no podía permitirse. Cuando llegó su turno, dos soldados le bloquearon el paso. —Nombre. —Han Do. —¿Procedencia? —Aldea de Hyeon. Uno de los soldados tomó el documento. El otro abrió el saco que llevaba consigo. Revisó la ropa. Las monedas. Incluso palpó el fondo del equipaje buscando compartimentos ocultos. Después registró su cintura y sus botas. No encontraron nada. El primer guardia observó el sello del documento durante unos segundos. Finalmente levantó la vista. —Primera vez en la capital. No era una pregunta. —Sí. —Escucha bien. Su tono se volvió más frío. —Si robas, morirás. —Si mientes, morirás. —Si faltas al respeto a un noble, morirás. Do-yun inclinó la cabeza. —Lo entiendo. El guardia le devolvió el documento. —Entra. Las enormes puertas comenzaron a abrirse. Do-yun cruzó el umbral sin mirar atrás. La misión acababa de comenzar. La capital era muy distinta a la fortaleza rebelde. Las calles estaban limpias. Los edificios eran altos. Las plazas rebosaban de comerciantes. Sin embargo... El miedo seguía presente. Cada vez que un grupo de soldados atravesaba una calle, las conversaciones se detenían. Los comerciantes inclinaban la cabeza. Los niños dejaban de correr. El silencio volvía a imponerse. Do-yun continuó caminando. Intentaba memorizar cada calle. Cada esquina. Cada salida. No sabía cuándo aquella información podría salvarle la vida. El Palacio Real estaba separado del resto de la ciudad por una segunda muralla. Era incluso más alta que la primera. Un profundo foso rodeaba todo el recinto. Solo un gran puente de piedra permitía el acceso. En cada extremo había guardias armados con lanzas. Y sobre las murallas... Decenas de arqueros. Do-yun comprendió inmediatamente por qué ningún ejército había conseguido tomar el palacio en generaciones. Aquello era una fortaleza. No una simple residencia. Frente al puente aguardaban los proveedores autorizados. Nadie hablaba. Todos esperaban. Cuando llegó el momento, un funcionario vestido con túnicas grises comenzó a revisar uno por uno a los recién llegados. —Nombre. —Han Do. Buscó entre varios pergaminos. Encontró el nombre. Hizo una pequeña marca con tinta. —Nuevo ayudante de cocina. —Sí. —Extiende las manos. Do-yun obedeció. El funcionario inspeccionó sus uñas. Sus brazos. Incluso comprobó que no ocultara armas bajo la ropa. Después llamó a dos guardias. —Llévenlo a la Casa de Servicio. Los soldados no respondieron. Simplemente comenzaron a caminar. Do-yun los siguió.Dentro de la segunda muralla había otro mundo completamente distinto. Jardines perfectamente cuidados. Fuentes de piedra. Edificios destinados a la servidumbre. Caballerizas. Almacenes. Cocinas. Lavanderías. Todo estaba organizado con una precisión casi militar. Sin embargo, el Palacio Real aún quedaba lejos. Otra muralla más pequeña protegía la residencia de la familia real. Aquella zona estaba completamente restringida. Solo podían entrar miembros de la realeza, altos funcionarios, guardias autorizados y sirvientes con un permiso especial. Do-yun observó la enorme puerta de hierro. Dos capitanes custodiaban la entrada. Nadie cruzaba sin una orden escrita. Comprendió algo de inmediato. Llegar hasta Seo Ha-jun sería mucho más difícil de lo que había imaginado. —¡Tú! Una voz áspera lo hizo detenerse. Un hombre robusto, vestido con un delantal blanco y manchado de harina, caminó hacia él. —¿Eres el nuevo? —Sí, señor. —Soy el encargado de las cocinas. Aquí nadie descansa. Nadie llega tarde. Nadie desperdicia comida. Si haces bien tu trabajo, podrás quedarte. Si no... Hay cientos esperando ocupar tu lugar. —Entendido. —Sígueme. Do-yun atravesó las enormes puertas de las cocinas. El calor lo golpeó inmediatamente. Decenas de cocineros trabajaban sin descanso. Unos amasaban pan. Otros cortaban verduras. Grandes ollas hervían sobre el fuego. Sirvientes iban y venían cargando bandejas de plata. Era un caos perfectamente organizado. —Desde hoy limpiarás verduras, cargarás agua y ayudarás donde se te ordene. No hagas preguntas. No levantes la voz. Y jamás abandones esta zona sin autorización. ¿Quedó claro? —Sí. Do-yun inclinó la cabeza. Mientras comenzaba su primer trabajo, levantó la vista apenas un instante. A través de una ventana alcanzó a ver, a lo lejos, los tejados del verdadero Palacio Real. Detrás de aquellas paredes vivía el hombre al que debía asesinar. Pero aún estaba demasiado lejos de él. Mucho más de lo que había imaginado. Y comprender eso hizo que la misión pareciera aún más peligrosa. El primer día pasó más lento de lo que Kang Do-yun imaginaba. Desde que el sol apareció hasta bien entrada la tarde, no hizo otra cosa que cargar cubos de agua desde el pozo, limpiar verduras, partir leña y transportar sacos de harina entre los almacenes y las cocinas. Nadie parecía interesado en conocerlo. Para los demás cocineros era solo otro sirviente nuevo. Y eso era exactamente lo que necesitaba. —¡Más rápido, Han Do! —¡Sí! Un hombre de cabello canoso le lanzó un saco de cebollas. —Llévalo a la despensa. Do-yun lo cargó sobre el hombro sin quejarse. Mientras caminaba, observaba cada rincón. Las puertas. Los pasillos. Las ventanas. Los cambios de guardia. Cada detalle quedaba grabado en su memoria. No podía permitirse olvidar nada. Al caer la tarde, el encargado reunió a varios ayudantes. —Escuchen bien. Esta noche habrá una cena en el ala principal. Los cocineros prepararán los platos y ustedes transportarán los ingredientes hasta la cocina central. Nadie debe acercarse al comedor de la familia real. Si alguno cruza una puerta equivocada... Será expulsado inmediatamente. Los sirvientes bajaron la cabeza al mismo tiempo. —Sí, señor. Las cocinas comenzaron a trabajar con mayor rapidez. El aroma de carne asada, pan recién horneado y hierbas inundó el edificio. Los cocineros daban órdenes sin descanso. —¡Más vino! —¡Traigan otra olla! —¡No dejen quemar esa carne! Do-yun cargó varias cajas de verduras hacia la cocina principal. Al salir de un almacén, un grupo de soldados cruzó el patio. Todos los sirvientes se hicieron a un lado de inmediato. Él hizo lo mismo. Un hombre vestido con una armadura plateada caminaba al frente. Su presencia imponía respeto. Los soldados se detuvieron cuando llegó frente a las puertas interiores del palacio. Los guardias hicieron una reverencia. —Capitán Kim Tae-sung. El capitán respondió con un leve movimiento de cabeza antes de desaparecer tras las enormes puertas. Do-yun observó la escena. «Ni siquiera el capitán entra sin anunciarse...» Eso confirmaba lo difícil que sería acercarse a la familia real.Cuando terminó de dejar las cajas, un murmullo comenzó a extenderse entre los sirvientes. —Va a pasar... —Rápido. —Bajen la cabeza. Do-yun frunció ligeramente el ceño. Uno de los cocineros le dio un pequeño golpe en el brazo. —¡No te quedes mirando! Todos se arrodillaron. Él hizo lo mismo. El sonido de varios pasos se acercó lentamente. No eran los de un ejército. Eran pocos. Pero el silencio que los acompañaba hacía que parecieran muchos más. Do-yun mantuvo la cabeza inclinada. Solo podía ver el suelo de piedra. Una túnica azul oscuro pasó frente a sus ojos. Después otra figura. Y otra más. Los pasos continuaron hasta perderse en la distancia. Nadie habló. No hasta que el último guardia desapareció. —Pueden levantarse. Los sirvientes obedecieron. Do-yun levantó la vista con discreción. A lo lejos alcanzó a distinguir la espalda de un joven rodeado por cuatro guardias y acompañado por una dama del palacio. No pudo verle el rostro. Solo observó cómo desaparecía tras un gran portón de madera. Uno de los cocineros habló en voz baja. —Ese era el príncipe heredero. Do-yun permaneció inmóvil. «¿Ese... era Seo Ha-jun?» Había imaginado a un hombre orgulloso, vestido con ropas extravagantes y rodeado de lujos. Pero el príncipe había pasado en completo silencio. Ni siquiera había dirigido la mirada hacia los sirvientes. Do-yun sintió una extraña curiosidad. Por primera vez desde que aceptó la misión, comprendió que los rumores quizá no bastaban para conocer al hombre que debía matar. Al otro lado del palacio... Seo Ha-jun caminaba por un amplio corredor de piedra acompañado por Lady Eun Ji-ah. El silencio entre ambos era habitual. Después de varios minutos, la joven habló. —Su Alteza... hoy llegaron nuevos sirvientes a las cocinas. Ha-jun asintió distraídamente. —Espero que reciban un trato justo. Lady Eun Ji-ah sonrió con discreción. —Siempre os preocupáis por ellos. El príncipe no respondió. Continuó caminando hasta detenerse frente a una enorme ventana. Desde allí podía verse parte de la ciudad. Las calles. Los mercados. Las murallas. Durante unos segundos permaneció observando el horizonte. Después habló casi en un susurro. —¿Cómo estará el pueblo después de la ejecución de ayer? Lady Eun Ji-ah bajó la mirada. No supo qué responder. Ambos conocían la respuesta. Y ninguno podía cambiarla. Cuando cayó la noche, las cocinas quedaron en silencio. Do-yun regresó a la pequeña habitación que compartiría con otros tres sirvientes. Antes de acostarse, sacó un pequeño trozo de carbón escondido entre sus pertenencias. En un pedazo de tela vieja comenzó a dibujar de memoria un mapa. Marcó las puertas. Los almacenes. Las cocinas. Los patios. Y la muralla interior que protegía la residencia de la familia real. Aún estaba muy lejos de cumplir su misión. Pero había dado el primer paso. Sin saberlo... El destino del príncipe y el del joven rebelde acababan de acercarse un poco más. Fin del Capítulo 2.



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En el texto hay: amor lgbt, social, opuestos se atraen

Editado: 14.07.2026

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