El palacio no dormía. Incluso cuando la noche cubría la capital con un silencio espeso, dentro de sus muros seguía habiendo movimiento. Antorchas encendidas en los pasillos. Guardias cambiando de turno. Sirvientes caminando con pasos rápidos para no llamar la atención. Y en lo más profundo de aquella estructura de piedra, Kang Do-yun aprendía que sobrevivir allí no dependía de la fuerza... sino de la invisibilidad. Habían pasado varios días desde su llegada. Ya no era el "nuevo". Ahora era simplemente otro ayudante más de las cocinas. -Han Do, ¡agua! -¡Sí! Do-yun cargó el cubo sin dudar. Sus manos ya mostraban pequeñas marcas por el trabajo constante, pero no se quejaba. En la rebelión había aprendido algo importante: el dolor era secundario cuando el objetivo era sobrevivir. Mientras cruzaba el patio de servicio, observó a dos guardias entrenando en silencio. Sus movimientos eran precisos. Controlados. No eran simples soldados. Eran guardias del palacio. El tipo de hombres que protegían el corazón del reino. Do-yun desvió la mirada. «Si quiero llegar al príncipe... tendré que pasar por muchos de ellos.» --- En las cocinas, el ambiente era aún más brutal. El calor del fuego hacía que el aire fuera pesado. Las órdenes se superponían unas con otras. -¡Más carne! -¡Cuidado con la sopa! -¡Ese pan está quemado, repítelo! Do-yun trabajaba sin descanso. Ya no era el recién llegado torpe. Ahora se movía con rapidez, aprendiendo los tiempos, los lugares, los hábitos de cada cocinero. El encargado lo observaba de reojo. No confiaba en nadie fácilmente. Pero tampoco podía negar lo evidente: el nuevo aprendía demasiado rápido. -Tú -gruñó finalmente-. Lleva esto al almacén frío. Do-yun asintió. Tomó las bandejas y salió de la cocina. --- El almacén frío estaba en la parte trasera del edificio. Un lugar donde se guardaba carne, pescado y alimentos delicados. El pasillo estaba casi vacío. Demasiado silencioso. Do-yun avanzó con cautela. Cada paso era calculado. Entonces lo sintió. Presencia. No movimiento. Presión. Como si el aire mismo cambiara. Se detuvo. Sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la bandeja. No era un guardia cercano. No era un sirviente. Era alguien con autoridad. Desde el final del pasillo, escuchó voces bajas. -Su Alteza, no es necesario que venga personalmente. -Solo quiero verificarlo. Una voz tranquila respondió. Serena. Firme. Do-yun no la reconoció... pero algo en ella lo obligó a quedarse quieto. Sin pensar. Sin respirar demasiado fuerte. Las voces se acercaban. Y entonces apareció. Un grupo de guardias. Y en el centro... Seo Ha-jun. El príncipe heredero. Do-yun lo vio por primera vez de cerca. No desde lejos. No como una sombra. Sino como una presencia real. Llevaba ropa oscura, sencilla para alguien de su posición, pero perfectamente cuidada. No caminaba con arrogancia. Tampoco con miedo. Solo con control. Detrás de él, Lady Eun Ji-ah caminaba en silencio, y dos guardias abrían el paso. Do-yun bajó inmediatamente la cabeza. Instintivamente. -Deténganse -dijo el encargado del almacén al verlos. Los sirvientes que estaban allí se arrodillaron. Do-yun hizo lo mismo. Pero desde su ángulo bajo pudo observar lo suficiente. El príncipe no parecía irritado por la reverencia. Tampoco satisfecho. Solo observaba el lugar. Como si estuviera evaluando algo que no terminaba de encajar. -La temperatura es correcta -dijo uno de los encargados. Ha-jun asintió. -Pero el sistema de ventilación es débil en la parte norte. El hombre se tensó. -Lo... revisaremos, Su Alteza. El príncipe no respondió. Solo giró ligeramente la mirada hacia los sirvientes. Sus ojos pasaron por Do-yun. Un segundo. Tal vez menos. Pero suficiente para que Do-yun sintiera algo extraño. No miedo. No respeto. Algo más difícil de nombrar. Como si hubiera sido... evaluado. Seo Ha-jun continuó caminando. Y se fue. Sin más. Sin drama. Sin palabras innecesarias. Pero el aire no volvió a la normalidad hasta mucho después de que desapareciera. --- Esa noche, Do-yun no pudo dormir. Estaba sentado en el rincón de la habitación compartida. El resto de sirvientes ya descansaban. Él, en cambio, mantenía la mirada fija en sus manos. Recordaba ese instante. Ese cruce de miradas que no había sido realmente una mirada. «No es como los rumores...» Había esperado arrogancia. Crueldad. Frialdad absoluta. Pero lo que había visto era distinto. Control. Inteligencia. Observación. Y eso era peor. Porque un enemigo cruel es predecible. Pero uno que piensa... es peligroso. Do-yun cerró el puño lentamente. -Tengo que acercarme más... Susurró para sí mismo. Desde algún lugar del palacio, una campana sonó anunciando el cambio de guardia. Y el reino siguió durmiendo bajo su propia sombra.El amanecer llegó sin que Kang Do-yun hubiera dormido realmente. Sus ojos estaban pesados. Pero su mente seguía activa. La imagen de Seo Ha-jun no desaparecía. No por admiración. No por curiosidad simple. Sino por esa extraña sensación que había dejado en el ambiente... como si el príncipe hubiera visto algo que nadie más veía. Do-yun se levantó sin hacer ruido. El palacio ya estaba en movimiento. --- El primer encargo del día fue simple. Transportar agua caliente desde las cocinas hacia el ala de lavandería. Do-yun lo hizo sin problema. El segundo también fue sencillo. Limpiar utensilios de cocina. El tercero... no lo fue. -Tú -dijo un cocinero mayor-. Lleva esto al almacén exterior. Rápido. Le entregaron un carrito con cajas de carne salada. Pesadas. Demasiado para un solo ayudante. Do-yun no protestó. Empujó el carrito. Paso a paso. El camino era estrecho. Detrás del palacio principal, los pasillos de servicio eran más antiguos. Más fríos. Menos cuidados. Y casi vacíos. Fue allí donde ocurrió. --- Un grito. No fuerte. Corto. Ahogado. Do-yun se detuvo. El sonido vino de una puerta entreabierta. No debía mirar. Lo sabía. Las reglas eran claras. "No te detengas. No preguntes. No intervengas." Pero el grito volvió. Esta vez más débil. Do-yun dejó el carrito. Y empujó la puerta. --- Dentro había un almacén de suministros secundarios. Oscuro. Mal iluminado. Y allí... Un joven sirviente estaba en el suelo. Uno de los guardias del palacio lo sujetaba por el cuello de la ropa. -¿Crees que puedes robar aquí? El chico temblaba. -Yo... yo no- El golpe llegó antes de que terminara la frase. Do-yun se quedó quieto. No porque tuviera miedo. Sino porque reconocía esa escena. No era la primera vez que veía algo así. No en el palacio. En otro lugar. Mucho antes. El grito de su padre. El humo. Las botas pisando el suelo de su aldea. La sangre en la tierra. Su respiración se volvió más lenta. Demasiado lenta. El guardia levantó la mano otra vez. -Por favor... no... -susurró el sirviente. Do-yun dio un paso adelante sin pensarlo. El sonido de su movimiento hizo que el guardia se girara. -¿Qué haces aquí? Silencio. Do-yun miró al sirviente. Luego al guardia. Y habló. -El encargado me ordenó llevar suministros. Su voz era firme. Controlada. Pero sus ojos no estaban completamente tranquilos. El guardia lo observó. Evaluando. -Este no es tu lugar. Do-yun sostuvo la mirada. Un segundo. Dos. El aire se tensó. Y entonces... -Déjalo. Una voz nueva. Más profunda. Autoritaria. El guardia se enderezó de inmediato. Do-yun giró la cabeza. Otro soldado. Más alto. Más condecorado. -Capitán de patrulla -dijo el guardia inmediatamente. El capitán miró la escena. El sirviente herido. Do-yun. La puerta abierta. Y entendió todo sin que nadie explicara nada. -Llévate al chico -ordenó. El guardia dudó. -Pero... -He dicho que lo lleves. El guardia obedeció. El capitán se acercó a Do-yun. -Tú. Do-yun no bajó la cabeza esta vez. -¿Nombre? -Han Do. El capitán lo observó en silencio. -No vuelvas a meterte en problemas que no te pertenecen. Do-yun no respondió. Pero algo en su mirada no cambió. El capitán lo notó. Y lo recordó.Horas después... El incidente fue registrado como "malentendido entre sirvientes". Pero el rumor se extendió rápido. "Un nuevo ayudante no tuvo miedo de intervenir." "Un sirviente detuvo a un guardia el tiempo suficiente para salvar a otro." Las historias dentro del palacio siempre crecían. Y siempre cambiaban. --- Esa misma tarde... En el ala interior del palacio. Seo Ha-jun revisaba documentos junto a Lady Eun Ji-ah. -Se ha reportado un comportamiento inusual en las cocinas -dijo ella. El príncipe levantó la vista. -¿Inusual? -Un nuevo ayudante intervino en un incidente con un guardia. Ha-jun guardó silencio. -¿Defendió a alguien? -Sí. El príncipe apoyó el documento sobre la mesa. -Eso es peligroso... o valiente. No había juicio en su voz. Solo análisis. Después de un momento, añadió: -Quiero que lo asignen a mi servicio. Lady Eun Ji-ah parpadeó. -¿Su servicio personal? -Como asistente temporal en tareas menores. Ella dudó. -Es solo un recién llegado. Ha-jun la miró con calma. -Precisamente por eso. Silencio. Finalmente, ella asintió. -Haré que se ejecute la orden. --- Esa noche, en las cocinas... Do-yun estaba lavando utensilios cuando el encargado lo llamó. -Han Do. -Sí. El hombre lo observó con seriedad. -Desde mañana... trabajarás directamente en el servicio del príncipe heredero. El sonido del agua cayendo se detuvo. Do-yun levantó la vista lentamente. -¿El príncipe? El encargado asintió. -No preguntes por qué. Solo haz bien tu trabajo. Y no arruines esto. Do-yun apretó ligeramente el paño en sus manos. En su mente... La imagen de Seo Ha-jun apareció otra vez. Pero esta vez no era solo una figura lejana. Era alguien... a quien estaba a punto de acercarse demasiado. Fin del Capítulo 3