La primera mañana de Kang Do-yun como asistente del príncipe heredero comenzó antes del amanecer. Aún era de noche cuando Lady Eun Ji-ah lo condujo por los silenciosos pasillos del ala privada. —Escucha con atención, Han Do —dijo mientras caminaban—. Tu trabajo será sencillo si sabes mantener la boca cerrada y los ojos abiertos. —Sí, mi señora. —Prepararás el té, transportarás documentos, mantendrás el despacho ordenado y ayudarás cuando se te solicite. No tomes decisiones por tu cuenta. —Entendido. Ji-ah lo observó brevemente. —Y una cosa más. Do-yun levantó la vista. —Lo que veas aquí no sale de aquí. El joven asintió. Por alguna razón, aquella advertencia sonó más seria que todas las demás. Poco después llegaron al patio de entrenamiento. El frío de la madrugada aún cubría el suelo de piedra. Y allí estaba Seo Ha-jun. Solo. Con una espada de madera en la mano. Do-yun se sorprendió. Había esperado encontrar entrenadores, guardias o maestros. Pero el príncipe practicaba completamente solo. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Los movimientos eran precisos. Rápidos. Controlados. No parecía alguien entrenando. Parecía alguien castigándose. El sonido de la espada golpeando el poste resonaba por todo el patio. Clang. Clang. Clang. Do-yun observó en silencio. Los nudillos del príncipe estaban abiertos. Pequeñas manchas de sangre marcaban la empuñadura. Aun así no se detenía. —¿Siempre entrena así? —preguntó sin pensar. Lady Eun Ji-ah tardó unos segundos en responder. —Todos los días. —¿Incluso herido? —Especialmente cuando está herido. Aquella respuesta dejó a Do-yun sin palabras. Después del entrenamiento, Seo Ha-jun recibió una toalla para secarse el sudor. Fue entonces cuando sus ojos se encontraron con los de Do-yun por primera vez desde que este había sido asignado a su servicio. Solo un instante. Nada más. —¿El nuevo asistente? —preguntó Ha-jun. —Sí, Su Alteza —respondió Lady Eun Ji-ah. El príncipe observó a Do-yun. No parecía desconfiado. Tampoco especialmente interesado. Simplemente lo evaluó. —Trabaja bien. —Sí, Su Alteza. —Entonces espero que continúe haciéndolo. Y siguió caminando. Nada más. Sin amenazas. Sin arrogancia. Sin siquiera intentar demostrar autoridad. Aquello volvió a incomodar a Do-yun. Porque no encajaba con la imagen que había construido durante años. La jornada continuó. Documentos. Reuniones. Informes. Cartas. Seo Ha-jun apenas descansaba. Apenas comía. Apenas hablaba. Todo su tiempo parecía estar dedicado al reino. Durante una reunión con administradores, uno de los sirvientes tropezó accidentalmente al servir el té. La taza cayó. El líquido se derramó sobre la mesa. El hombre palideció. Esperando el castigo. Do-yun vio cómo sus manos empezaban a temblar. Pero Seo Ha-jun simplemente apartó los documentos para que no se mojaran. —¿Te quemaste? El sirviente abrió los ojos. —¿Su... Su Alteza? —Tu mano. El hombre bajó la vista. Una pequeña zona roja comenzaba a aparecer en su piel. —Estoy bien. —Ve con el médico antes de que empeore. El sirviente parecía incapaz de creer lo que escuchaba. —Sí... Su Alteza. Cuando se marchó, Do-yun permaneció inmóvil. Cada día que pasaba era más difícil reconciliar aquel comportamiento con la misión que había aceptado. La noche llegó finalmente. El ala privada quedó en silencio. Los guardias ocuparon sus puestos. Los sirvientes terminaron sus tareas. Do-yun ayudó a organizar los últimos documentos del despacho antes de retirarse. Cuando salió al pasillo, vio una luz encendida bajo la puerta de los aposentos del príncipe. Era tarde. Muy tarde. Y aun así seguía despierto. Trabajando. Solo. Una hora después, la luz finalmente se apagó. Por primera vez en todo el día, Seo Ha-jun descansó. El silencio envolvió la habitación. La oscuridad cubrió el techo. Y lentamente... El sueño llegó. Pero la paz no. Porque en cuanto cerró los ojos... Volvió a escuchar aquella voz. Aquella voz que lo perseguía desde hacía años. —Corre, Su Alteza. El corazón de Ha-jun se aceleró. <<La pesadilla había comenzado.>>La oscuridad lo envolvía todo. Un niño corría desesperadamente por un bosque. Las ramas arañaban su rostro. Su respiración era agitada. Detrás de él resonaban espadas chocando. Gritos. Órdenes. Y el sonido de hombres muriendo. —¡Su Alteza, siga corriendo! La voz era firme. Protegía. Era la voz del capitán de la Guardia Real. El hombre que había cuidado de Seo Ha-jun desde que apenas podía sostener una espada de madera. El niño se detuvo. —¡No! ¡No pienso dejarlo! El capitán sonrió, aunque tenía una herida profunda en el costado. La sangre caía lentamente sobre las hojas. —Escúcheme bien... Se arrodilló frente al pequeño príncipe. Le acomodó el cabello con la misma ternura con la que lo hacía cuando era más pequeño. —Un día será un gran rey. Pero ese día nunca llegará si se queda aquí. Ha-jun comenzó a llorar. —¡Podemos escapar juntos! El capitán negó lentamente. Detrás de ellos, varios hombres armados aparecieron entre los árboles. Ya era demasiado tarde. El capitán colocó la espada de madera que años atrás había usado para entrenar al príncipe entre las manos del niño. —Prométame... que vivirá. Ha-jun temblaba. —Yo... —Prométamelo. Con lágrimas cayendo por su rostro, el niño asintió. El capitán sonrió por última vez. —Ahora corra... Y no mire atrás. Ha-jun obedeció. Corrió. Corrió todo lo que pudo. Pero cuando estaba lo suficientemente lejos... Escuchó el primer grito. Luego otro. Después el sonido del acero. Y finalmente... Silencio. ... Horas después, los refuerzos llegaron. El pequeño Ha-jun regresó acompañado por varios guardias. El bosque olía a sangre. Había cuerpos por todas partes. Entre ellos... El capitán. Aún sujetaba su espada. Había cumplido su promesa hasta el último instante. El niño cayó de rodillas. —No... No... ¡Despierta! ¡Por favor...! Nadie respondió. ... Aquella misma noche, de regreso al palacio, Ha-jun esperaba que su padre lo abrazara. Que le dijera que no había sido su culpa. Pero el rey Seo Jin-woo solo contempló el cuerpo cubierto del capitán. Después miró a su hijo. Su voz fue fría. Tan fría como el mármol del salón. —¿Sabes por qué murió? Ha-jun bajó la cabeza. No podía dejar de llorar. El rey dio un paso al frente. —Porque fuiste débil. El niño levantó la vista lentamente.... El silencio permaneció entre ambos. Do-yun hizo una reverencia. —Si no necesitáis nada más, me retiraré. Ha-jun asintió. —Puedes ir. El joven tomó la bandeja vacía y salió de la habitación. La puerta se cerró lentamente.El pasillo permanecía completamente en silencio. Do-yun caminó unos pasos antes de detenerse. Miró la bandeja que llevaba entre las manos. Sin darse cuenta, seguía pensando en las cicatrices del príncipe. «No eran heridas de batalla...» Eran demasiadas. Demasiado antiguas. Demasiado repetidas. No eran las marcas de alguien que disfrutaba entrenar. Eran las marcas de alguien que intentaba castigarse. Aquella idea le produjo una sensación incómoda. Sacudió la cabeza. «¿Qué estoy haciendo...?» Recordó el pergamino que Baek Hyun-soo le había entregado. "Objetivo: infiltrarse en el Palacio Real y asesinar al príncipe heredero Seo Ha-jun." Apretó los dedos con fuerza. No podía olvidar por qué estaba allí. No importaba lo que hubiera visto. No importaba cómo lo tratara el príncipe. Su misión seguía siendo la misma. Aunque... Por primera vez... Sintió que matar a Seo Ha-jun no sería tan sencillo como había imaginado.Dentro de la habitación... Seo Ha-jun permanecía sentado junto a la ventana. La luna iluminaba parcialmente su rostro. Su respiración ya se había calmado. Pero el sueño había desaparecido. Abrió lentamente un pequeño cajón de madera. Dentro descansaba una vieja espada de entrenamiento. La misma espada que el capitán le había entregado aquella última vez. La sostuvo entre sus manos durante varios segundos. Había prometido conservarla. Y también había prometido volverse fuerte. Nunca por orgullo. Nunca por fama. Solo para que nadie volviera a morir por su culpa. —Lo sigo intentando... Susurró con una leve sonrisa triste. —Pero aún no soy lo bastante fuerte. Unas lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos. No las dejó caer. Las contuvo como llevaba haciéndolo durante doce años. Entonces escuchó unos golpes en la puerta. —Su Alteza. Era Yun Seong-min. —¿Ocurre algo? Ha-jun guardó rápidamente la espada. —Nada. —Os escuché hablar. Silencio. —Solo fue una pesadilla. Seong-min permaneció unos segundos al otro lado de la puerta. Conocía esa respuesta. La había escuchado demasiadas veces. —Descansad un poco, Su Alteza. Mañana volverá a ser un día difícil. —Lo sé. Los pasos de Seong-min se alejaron. Ha-jun volvió a mirar la espada. Después levantó la vista hacia el cielo nocturno. Muy lejos de allí... En algún lugar del reino... La persona que más deseaba matarlo acababa de empezar a dudar. Y dentro del propio palacio... El heredero al trono seguía luchando contra un enemigo que nadie podía ver. Porque algunas heridas... Nunca dejan de sangrar.Fin del Capítulo 5.