La primera luz del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas del ala este del Palacio Real. Kang Do-yun ya estaba despierto. Desde que había sido nombrado asistente del príncipe heredero, sus mañanas comenzaban mucho antes que las de la mayoría de los sirvientes. Preparó el agua para el aseo. Revisó que el uniforme del príncipe estuviera impecable. Ordenó los documentos que Seo Ha-jun debía revisar durante la mañana y colocó una tetera de porcelana sobre una bandeja de madera. Lady Eun Ji-ah observó su trabajo en silencio. Al cabo de unos instantes, asintió con satisfacción. —Aprendes rápido. Do-yun hizo una pequeña reverencia. —Solo cumplo con mi deber. —Eso espero. Ji-ah tomó la bandeja. —Ven conmigo. Hay algo que debes hacer todas las mañanas. Atravesaron varios pasillos hasta llegar al patio privado del príncipe heredero. Antes de entrar, Ji-ah levantó una mano. —Espera. Do-yun obedeció. Entonces... Escuchó el sonido. Clang. Clang. Clang. Era un sonido constante. Rítmico. Como el latido de un corazón. Cuando cruzaron la entrada, comprendió de dónde provenía. Seo Ha-jun ya estaba entrenando. El sol aún no terminaba de salir. Sin embargo, el príncipe llevaba suficiente tiempo practicando como para que su ropa estuviera completamente empapada de sudor. La espada descendía una y otra vez contra el poste de entrenamiento. Cada movimiento era limpio. Preciso. Sin desperdiciar energía. No había un solo error. Do-yun observó fascinado. No era extraño que el heredero fuera considerado uno de los mejores espadachines de la familia real. Pero algo llamó su atención. Las vendas que cubrían sus manos. Pequeñas manchas rojizas comenzaban a aparecer sobre la tela blanca. —¿Otra vez...? —murmuró sin darse cuenta. Lady Eun Ji-ah soltó un leve suspiro. —Todos los días. Como si el dolor no existiera. Do-yun volvió a mirar al príncipe. Cada golpe hacía que la tela se tiñera un poco más. Aun así... No reducía la fuerza. Ni la velocidad. Un rato después apareció Yun Seong-min. El joven guardia observó el entrenamiento durante unos segundos antes de acercarse. —Su Alteza. Ha-jun no respondió. Su espada volvió a golpear el poste. Clang. —Las heridas de ayer aún no han cerrado. Clang. —El médico recomendó reposo. Clang. Finalmente, el príncipe habló sin dejar de entrenar. —Mi espada no esperará a que mis heridas sanen. Seong-min guardó silencio. Aquella respuesta era la misma de siempre. Después de unos segundos decidió retirarse. No insistió. Sabía que sería inútil. Do-yun observó la escena con el ceño ligeramente fruncido. Era la segunda persona que intentaba detenerlo. Y tampoco había conseguido nada. Pasó casi otra hora. Las vendas terminaron por romperse. Una gota de sangre cayó sobre la piedra. Luego otra. Y otra más. Do-yun sintió un extraño peso en el pecho. No entendía por qué. Apenas conocía al príncipe. Sin embargo... Verlo entrenar de aquella manera le resultaba incómodo. Recordó cómo había despertado sobresaltado la noche anterior. No sabía qué había soñado. Ni qué ocultaba. Pero era evidente que cargaba con algo. Respiró profundamente. Debía guardar silencio. Era un sirviente. No tenía derecho a opinar. Mucho menos siendo un recién llegado. Dio un paso hacia atrás. Intentó marcharse. Pero volvió a mirar las manos ensangrentadas del príncipe. Y no pudo hacerlo.—Su Alteza. El sonido de la espada cesó. Seo Ha-jun giró ligeramente el rostro. —¿Sí? Do-yun tragó saliva. Sabía que podía meterse en problemas. Aun así... Decidió hablar. —Perdonad mi atrevimiento. Ha-jun esperó en silencio. —Entrenar para hacerse más fuerte es algo admirable. Pero... Do-yun bajó la vista hacia las manos heridas del príncipe. —Creo que existe una diferencia entre entrenar para hacerse más fuerte... ...y entrenar para castigarse. El patio quedó completamente en silencio. Lady Eun Ji-ah abrió los ojos con sorpresa. Dos guardias intercambiaron miradas. Nadie recordaba que un sirviente hubiera hablado así al heredero. Ha-jun permaneció inmóvil. Bajó lentamente la vista hacia sus manos. La sangre resbalaba entre sus dedos. Durante unos segundos... No dijo absolutamente nada. Después levantó nuevamente la espada. —Gracias por tu preocupación. Su voz sonó tranquila. —Pero todavía me queda mucho por aprender. Y volvió a entrenar. Clang. Clang. Clang. Do-yun sintió una pequeña decepción. Había imaginado esa respuesta. Hizo una reverencia. —Perdonad mi atrevimiento, Su Alteza. Se dio la vuelta y regresó al interior del palacio. Sin embargo... Las palabras del joven ya habían encontrado un lugar en la mente del príncipe. Mientras la espada seguía golpeando el poste... Una pregunta comenzó a repetirse una y otra vez. "¿Y si... realmente me estoy castigando?" Ha-jun frunció el ceño. Sacudió la cabeza. No. Un príncipe no podía permitirse pensar de esa manera. Continuó entrenando. Pero, por primera vez en muchos años... Aquella duda no desapareció de inmediato. Y eso era suficiente para inquietarlo. El resto de la mañana transcurrió como cualquier otro día en el Palacio Real. Seo Ha-jun asistió a la reunión del Consejo. Escuchó los informes sobre las cosechas. Aprobó la reparación de un puente al norte del reino. Revisó los registros de los almacenes reales. Nadie habría imaginado que algo ocupaba su mente. Mientras un consejero exponía un informe... Su mirada se desvió por un instante hacia sus manos. Las vendas ocultaban las heridas. Sin embargo, aún podía sentir el ardor. Y, sin querer... Recordó la voz de Han Do. "Hay una diferencia entre entrenar para hacerse más fuerte... y entrenar para castigarse." Apretó lentamente la mano. Volvió a concentrarse en el informe. Pero aquella frase regresaba una y otra vez.Al finalizar la reunión, todos abandonaron el salón. Solo quedó Seo Ha-jun, repasando unos documentos. Lady Eun Ji-ah se acercó con una taza de té. —Su Alteza. Ha-jun levantó la vista. —¿Sí? —Vuestras manos necesitan nuevas vendas. El príncipe las observó unos segundos. Las manchas de sangre comenzaban a atravesar la tela. Sin decir nada, extendió ambas manos. Ji-ah quedó sorprendida. Normalmente habría respondido que no era necesario. Mientras cambiaba las vendas, habló con delicadeza. —Hoy os detuvisteis unos segundos durante el entrenamiento. Ha-jun guardó silencio. —Hacía mucho que no os veía dudar. El príncipe apartó la mirada hacia la ventana. —Solo fue un momento. —Aun así... Es un momento que antes no existía. Ji-ah terminó de colocar la última venda. No dijo nada más. Sabía que insistir solo haría que el príncipe levantara otra vez sus murallas. Horas después... Un guardia abrió las enormes puertas del despacho real. —Su Alteza. Su Majestad desea veros. Seo Ha-jun hizo una reverencia antes de entrar. El rey Seo Jin-woo permanecía de pie frente a un gran mapa del reino. No levantó la vista. —¿Sabes por qué te llamé? —No, padre. —Acércate. Ha-jun obedeció. Sobre la mesa había informes de distintas provincias. El rey señaló uno de ellos. —Explícame cómo resolverías este problema. Durante varios minutos hablaron sobre impuestos, comercio y seguridad. Ha-jun respondió con seguridad. El rey escuchó sin interrumpir. Al terminar... El salón quedó en silencio. Ha-jun respiró profundamente. Había una pregunta que no dejaba de rondar su cabeza. —Padre... Seo Jin-woo levantó la mirada. —Habla. El príncipe dudó unos segundos. —¿Creéis... que un hombre puede llegar a exigirse demasiado? El rey frunció el ceño. —¿A qué te refieres? —Si alguien continúa entrenando incluso cuando está herido... ¿No corre el riesgo de destruirse? El silencio cayó sobre la sala. La expresión del rey se endureció. —¿Quién llenó tu cabeza con semejante idea? Ha-jun bajó la mirada. No respondió. Seo Jin-woo caminó lentamente hasta quedar frente a él. —Escúchame bien. Los hombres comunes pueden descansar. Porque si fracasan... Solo arruinan su propia vida. Pero un rey... Cuando fracasa... Condena a todo un reino. Cada palabra pesaba como una roca. —¿Recuerdas al capitán que murió por protegerte? El cuerpo de Ha-jun se tensó. —Sí, padre. —No. No lo recuerdas lo suficiente. Si realmente lo recordaras... Jamás harías una pregunta tan absurda. El rey dio otro paso. Su voz era firme. Implacable. —Aquel hombre murió porque tú eras demasiado débil para defenderte. Y si algún día vuelves a permitirte descansar cuando aún no eres lo bastante fuerte... Habrá más personas que morirán por tu culpa. ¿Podrás cargar también con esas vidas? Ha-jun sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Toda la duda que había comenzado a crecer durante el día se quebró. —No... —Entonces deja de cuestionarte. Un heredero no necesita consuelo. Necesita disciplina. Cuando llegue el día en que ocupes mi lugar... No habrá nadie que cargue con tus errores. Solo tú. Seo Jin-woo se dio la vuelta. La conversación había terminado para él. —Puedes retirarte.Ha-jun caminó por los pasillos del palacio con pasos lentos. Sentía el pecho pesado. "Padre tiene razón..." Pensó una y otra vez. "Si me vuelvo débil..." "Más personas morirán." Al doblar un corredor encontró a la reina Han So-ra. Ella sonrió con dulzura al verlo. Pero esa sonrisa desapareció apenas notó su expresión. —Ha-jun... ¿Qué ocurrió? El príncipe intentó sonreír. No lo consiguió. —Nada, madre. La reina se acercó y tomó sus manos con cuidado. Notó las vendas. También las pequeñas manchas de sangre. Su mirada se llenó de tristeza. —Otra vez... Susurró. Ha-jun evitó mirarla. —Padre dice que aún no entreno lo suficiente. La reina cerró los ojos por un instante. Parecía querer decir muchas cosas. Pero cuando volvió a hablar... Su voz fue apenas un susurro. —Tu padre solo desea que sobrevivas a este mundo. Aunque sus métodos sean duros. Nunca duda de que puedas convertirte en un gran rey. Ha-jun bajó la cabeza. Quería escuchar otra respuesta. Quería que alguien le dijera que estaba bien descansar. Pero nadie lo hizo. La reina acarició suavemente su cabello, igual que cuando era un niño. —Cuídate un poco... Por favor. Él asintió. —Lo intentaré, madre. Sin embargo... Mientras se alejaba... Ya había tomado una decisión. Aquella noche volvería al patio de entrenamiento. Porque, si su padre seguía creyendo que era débil... Entonces aún le faltaba mucho para convertirse en el rey que el reino necesitaba. Y, muy lejos de allí... Kang Do-yun observaba el patio vacío desde una ventana. Sin saberlo... La pequeña grieta que había logrado abrir en el corazón del príncipe acababa de ser cubierta otra vez por el peso de una corona demasiado grande para un solo hombre. Fin del Capítulo 6.