La lluvia había cesado durante la madrugada. El aire fresco recorría los jardines del Palacio Real mientras los primeros sirvientes comenzaban sus labores. Kang Do-yun llevaba ya varias semanas al servicio del príncipe heredero. Su rutina empezaba a resultarle familiar: preparar la ropa, ordenar el despacho, llevar el desayuno, cambiar los pergaminos por otros nuevos y acompañar a Seo Ha-jun cuando este lo necesitaba. Aun así, seguía sintiendo que aquel lugar escondía demasiados secretos. Cuando llegó a los aposentos del príncipe, encontró la puerta entreabierta. Golpeó dos veces. —Su Alteza. —Adelante. Al entrar, encontró a Ha-jun sentado frente a una mesa repleta de documentos. Apenas había amanecido y, sin embargo, ya llevaba varias cartas abiertas y tres informes terminados. Do-yun dejó la bandeja sobre la mesa. —Traje vuestro desayuno. —Gracias. Ha-jun tomó la taza de té, pero antes de beber llevó una mano a la sien. Solo fue un segundo. Pensó que nadie lo había notado, pero Do-yun sí. El príncipe bebió un sorbo y continuó leyendo como si nada hubiera ocurrido. La mañana continuó. Consejeros entraban y salían. Guardias entregaban informes. Mensajeros llegaban desde distintas provincias. Seo Ha-jun atendía a todos sin perder la calma, pero el dolor parecía aumentar. Varias veces dejó de escribir durante unos segundos. En otra ocasión cerró los ojos con fuerza antes de continuar leyendo. Do-yun observaba desde un rincón del despacho. No decía nada. Solo miraba. Y cada vez estaba más convencido de que el príncipe ocultaba algo. Cuando el reloj de agua marcó el mediodía, los consejeros finalmente abandonaron la sala. Solo quedaron Seo Ha-jun y Do-yun. El silencio resultaba extraño después de tantas horas. Ha-jun dejó la pluma sobre la mesa y respiró lentamente. —Han Do. —¿Sí, Su Alteza? —Hazme un favor. Do-yun dio un paso adelante. —Decidme. —Ve a la biblioteca. Necesito el registro de los tratados con el reino del oeste. Es un libro azul, tercer estante. Do-yun hizo una reverencia. —Volveré enseguida. La biblioteca del palacio era enorme. Encontrar el libro tomó más tiempo del esperado. Cuando finalmente regresó, el despacho estaba vacío. Frunció el ceño. La taza de té seguía sobre la mesa. Los documentos continuaban abiertos, pero el príncipe ya no estaba. Entonces escuchó un ruido. Provenía de los aposentos privados. Un golpe seco. Después, el sonido de alguien intentando contener la respiración. Do-yun dejó el libro sobre una silla y caminó hasta la puerta. —¿Su Alteza? No hubo respuesta. Solo un sonido ahogado, como si alguien estuviera tosiendo. Volvió a llamar. —Su Alteza… ¿os encontráis bien? Silencio. Después, el inconfundible sonido de alguien vomitando. Do-yun sintió un escalofrío. Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo. Entrar sin permiso era una falta gravísima. Podía ser expulsado o algo peor. Apretó los puños y esperó unos segundos. Entonces escuchó algo que hizo desaparecer todas sus dudas. Un sollozo. Después otro. Y, finalmente, una risa. No era una risa de alegría. Era una risa quebrada, vacía, como la de alguien que ya no sabía si reír o llorar. Do-yun jamás había escuchado un sonido tan triste. —Su Alteza… Nada. Empujó lentamente la puerta. El baño estaba iluminado únicamente por la luz que entraba desde una pequeña ventana. Seo Ha-jun permanecía arrodillado frente a una vasija. Una mano descansaba sobre el borde. La otra cubría parte de su rostro. Su respiración era irregular. Parecía intentar recuperar el aire. Al escuchar la puerta abrirse, se sobresaltó. Giró lentamente la cabeza. Durante un instante, ambos quedaron inmóviles. Era la primera vez que Do-yun veía al príncipe completamente vulnerable. No había firmeza, ni elegancia, ni orgullo. Solo un joven agotado. Ha-jun desvió inmediatamente la mirada. —…Sal. Su voz sonó débil. Do-yun no se movió. —Su Alteza… —He dicho que salgas. Intentó ponerse de pie. Sus piernas temblaron. Antes de caer, Do-yun logró sujetarlo por el brazo. El príncipe intentó apartarse. —No necesito ayuda. —Eso no parece. Ha-jun frunció el ceño. —¿Ahora también piensas desafiar mis órdenes? —Si hubiera obedecido, os habría dejado solo en este estado. El príncipe guardó silencio. Do-yun lo ayudó a sentarse junto a la pared. Tomó un paño limpio, lo humedeció con agua y se lo ofreció. Ha-jun lo observó durante unos segundos y finalmente lo aceptó. Los dos permanecieron en silencio. Solo se escuchaba el agua caer desde una pequeña fuente del baño. Después de varios minutos, fue Ha-jun quien rompió el silencio. —Debes estar decepcionado. Do-yun levantó la vista. —¿Por qué lo decís? El príncipe soltó una risa amarga. —Todos creen que el heredero al trono es fuerte. Que nunca se cansa. Que nunca cae. Y mírame… no soy más que alguien incapaz de soportar un simple dolor de cabeza. Do-yun negó lentamente. —No. Eso no es lo que veo. Ha-jun levantó la mirada por primera vez. —¿Entonces qué ves? Do-yun tardó unos segundos en responder, porque sabía que aquella respuesta podía cambiar algo entre los dos. El silencio se apoderó de la habitación. Seo Ha-jun sostenía el paño húmedo entre sus manos. Esperaba una respuesta. Do-yun respiró hondo antes de hablar. —Veo a una persona que lleva demasiado tiempo fingiendo que todo está bien. Los ojos del príncipe permanecieron fijos en él. —¿Fingiendo? —Sí. —Te equivocas. —Ojalá fuera así. Ha-jun soltó una pequeña risa amarga. —Me conoces desde hace unas semanas. ¿Crees que puedes entenderme tan fácilmente? —No —negó Do-yun con calma—. Y tampoco pretendo hacerlo. Solo digo lo que he visto. Otro silencio. El príncipe desvió la mirada hacia el suelo. —Entonces dime… ¿qué has visto? Do-yun respondió sin apresurarse. —He visto a alguien que apenas duerme, que trabaja incluso cuando está agotado, que entrena hasta abrirse las heridas, que nunca se queja delante de los demás y que, aun sintiéndose mal, intenta ocultarlo como si enfermar fuera un pecado. Ha-jun bajó lentamente la cabeza. Aquellas palabras eran demasiado precisas, como si alguien hubiera descrito su vida entera. —No entiendes… —Entonces explicádmelo. El príncipe permaneció callado. Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo. Finalmente habló. —Cuando era niño… me enseñaron un lema. Volvió a guardar silencio. Do-yun esperó. —“Un rey que necesita ser salvado no merece llevar una corona”. La habitación quedó completamente inmóvil. —Desde ese día comprendí que debía hacerme fuerte. Lo bastante fuerte para que nadie volviera a sacrificarse por mí. Lo bastante fuerte para que nadie cargara con mis errores. Lo bastante fuerte para no volver a ser una carga. Su voz comenzaba a quebrarse, pero siguió hablando. —Si descanso, me vuelvo débil. Si soy débil, alguien morirá. Así de simple. Do-yun escuchó cada palabra sin interrumpirlo. Cuando Ha-jun terminó, respiró profundamente. —¿Puedo haceros una pregunta? El príncipe asintió. —¿Quién os dijo ese lema? Ha-jun respondió casi de inmediato. —Mi padre. Do-yun ya imaginaba la respuesta. Permaneció unos segundos en silencio antes de volver a hablar. —¿Y nunca os preguntasteis si podía estar equivocado? La expresión del príncipe cambió. —Mi padre nunca se equivoca. —¿Nunca? —Es el rey. Do-yun dio un paso más cerca. —También es un hombre. Ha-jun levantó la mirada. Por primera vez había un ligero enojo en sus ojos. —Cuidado con lo que dices. —Lo digo con respeto. Pero ser rey no convierte a una persona en perfecta. Ha-jun apretó el paño entre sus manos. —No hables así de él. No lo conoces. —Es cierto. No lo conozco. Pero sí conozco algo. Ha-jun frunció el ceño. —¿Qué cosa? —Que una persona no se vuelve fuerte solo porque alguien la obligue a sufrir. El príncipe permaneció inmóvil. Do-yun continuó. —He visto hombres romperse intentando cumplir expectativas que nunca fueron suyas. He visto personas convencerse de que no merecen descansar. Y ninguna de ellas terminó siendo más fuerte. Solo terminaron más solas. Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Ha-jun cerró lentamente los ojos. Quería responder. Quería defender a su padre. Pero, por primera vez, no encontraba las palabras. Do-yun se dio cuenta. No insistió. Simplemente tomó la jarra de agua y llenó un vaso. Lo dejó junto al príncipe. —No intento cambiar vuestra forma de pensar. Eso solo podéis hacerlo vos. Pero, si algún día descubrís que vuestra fuerza nace del miedo, tal vez no sea verdadera fuerza. Tal vez solo sea una cadena. Ha-jun abrió lentamente los ojos. Observó el vaso y después miró a Do-yun. Era la primera vez que alguien le hablaba de esa manera: sin miedo, sin buscar halagarlo, sin tratarlo como a un príncipe. Solo como a una persona. —Han Do… —¿Sí, Su Alteza? —Eres… un hombre extraño. Do-yun sonrió levemente. —Ya me lo habéis dicho antes. Un silencio mucho más tranquilo llenó la habitación. Entonces alguien llamó con fuerza a la puerta. —¡Su Alteza! Era Yun Seong-min. —¿Os encontráis bien? Ha-jun recuperó inmediatamente la compostura. Se puso de pie con ayuda de la pared. Su expresión volvió a ser serena, como si nada hubiera ocurrido. —Estoy bien. Puedes pasar. La puerta se abrió y Seong-min entró rápidamente. Su mirada pasó del príncipe a Do-yun, luego observó la vasija junto al suelo y el paño húmedo. Comprendió lo ocurrido. Sin decir una palabra, hizo una reverencia. —El rey solicita vuestra presencia inmediatamente. Ha-jun asintió. —Dile que iré enseguida. Cuando Seong-min salió de la habitación, el príncipe tomó aire. Antes de marcharse, se volvió hacia Do-yun. —Gracias… por no haber obedecido cuando te dije que te fueras. Do-yun hizo una reverencia. —Siempre que me lo permitáis, preferiré ayudaros antes que mirar hacia otro lado. Durante un breve instante, los ojos de ambos se encontraron. Y, por primera vez desde que sus caminos se cruzaron, Seo Ha-jun comenzó a preguntarse si aquel joven llamado Han Do había llegado a su vida por simple casualidad o por alguna razón que todavía era incapaz de comprender. Fin del Capítulo 7.