Bajo la corona de sangre

Capitulo 8: Un fresco viaje

La mañana llegó envuelta en un cielo gris. El viento recorría los jardines del Palacio Real, haciendo ondear los estandartes de la corona. Seo Ha-jun caminaba por uno de los largos corredores acompañado por Yun Seong-min. Su expresión era tan serena como de costumbre. Sin embargo, la conversación con Han Do del día anterior seguía rondando en su cabeza. “Si vuestra fuerza nace del miedo… tal vez solo sea una cadena.” Sacudió levemente la cabeza. No. Aquellas palabras no podían hacerlo dudar. Su padre le había enseñado todo lo que sabía. No tenía sentido cuestionarlo. —Su Alteza. La voz de Seong-min rompió el silencio. —Su Majestad ya os espera. Ha-jun asintió. Las enormes puertas del salón del consejo se abrieron lentamente. Antes de entrar, volvió la vista por un instante hacia el pasillo. Han Do permanecía a varios metros de distancia, observando cómo desaparecía tras las puertas. No intercambiaron palabra alguna. En cuanto el príncipe desapareció, Lady Eun Ji-ah comenzó a organizar los documentos del despacho. —Han Do. —¿Sí, Lady Ji-ah? —Su Alteza tardará bastante en regresar. Puedes aprovechar para ordenar el archivo del ala oeste. —Entendido. Do-yun hizo una reverencia y tomó varios pergaminos. Mientras caminaba por el corredor, repasó mentalmente el mapa del palacio. Había aprendido mucho desde su llegada: las rutas utilizadas por los guardias, los cambios de turno, las habitaciones reservadas para la familia real y los accesos restringidos. Información valiosa, pero aún insuficiente. “Necesitan más…”, pensó. “Hyun-soo debe estar esperando noticias.” Al terminar sus tareas, decidió salir unos minutos al jardín interior. Era un lugar tranquilo. Los sirvientes solían cruzarlo para llegar a los almacenes. Nadie prestaba demasiada atención a quien pasara por allí. Mientras acomodaba unas macetas, escuchó un suave aleteo. Levantó la vista. Una pequeña paloma descendió hasta posarse sobre el tejado de un antiguo palomar de piedra. En una de sus patas había un diminuto cilindro de cuero. El corazón de Do-yun dio un vuelco. Miró discretamente a su alrededor. No había nadie. Se acercó despacio. La paloma no huyó. Retiró el pequeño cilindro y desenrolló el pergamino. Solo había una frase. “Informa. ¿Qué has descubierto?” No llevaba firma. No hacía falta. Do-yun conocía perfectamente aquel método de comunicación. Sacó un pequeño trozo de pergamino que llevaba oculto dentro de la manga. Con una fina punta de carbón escribió rápidamente: “El príncipe heredero mantiene reuniones privadas con el rey cada pocos días. Su seguridad es estricta. Los cambios de guardia ocurren antes del amanecer y al caer la noche. Existen pasillos reservados únicamente para la familia real. Continúo ganándome su confianza. Aún no hay oportunidad para actuar.” Leyó el mensaje una vez más. Durante unos segundos, la palabra “actuar” le resultó extraña. Dobló el pergamino, lo colocó nuevamente en el cilindro y la paloma extendió las alas, desapareciendo sobre los tejados del palacio. Do-yun la siguió con la mirada. Cada mensaje que enviaba significaba un paso más hacia la misión que había aceptado. Y, sin embargo, cada día dudaba un poco más. —¿Han Do? La voz hizo que todo su cuerpo se tensara. Giró de inmediato. Lady Eun Ji-ah se encontraba a pocos metros de él. Llevaba entre las manos una cesta con hierbas medicinales. Su expresión seguía siendo tranquila. —¿Lady Ji-ah…? Ella observó el viejo palomar y luego volvió a mirarlo. —No sabía que te gustaran las palomas. Do-yun sonrió con naturalidad. —Cuando era niño, mi hermana pequeña les daba de comer. Me hizo recordar mi hogar. Ji-ah no respondió enseguida. Sus ojos descendieron hasta la manga del joven. Por un instante creyó haber visto un pequeño trozo de pergamino desaparecer entre la tela, pero no estaba segura. —Entiendo… —respondió con una leve sonrisa—. Procura no demorarte demasiado. Su Alteza podría regresar pronto. —Lo haré. Ella hizo una ligera inclinación de cabeza y continuó su camino. Do-yun esperó hasta que desapareció entre los árboles y respiró aliviado. No parecía haber sospechado. O eso creyó. Lady Eun Ji-ah caminó en silencio por el sendero de piedra. No volvió la vista atrás. Solo cuando estuvo lo bastante lejos, detuvo sus pasos. Miró discretamente hacia el jardín. Han Do seguía allí, pensativo. Frunció apenas el ceño. Había algo extraño. Muy extraño. No sabía exactamente qué. Tal vez solo fuera una coincidencia. Tal vez realmente estuviera recordando a su familia. Pero durante un instante le había parecido ver un mensaje escondido entre sus manos. No tenía pruebas y jamás acusaría a alguien sin tenerlas. Sin embargo, desde ese momento tomó una decisión: observaría con más atención a Han Do. Porque, por primera vez desde que aquel muchacho llegó al palacio, una pequeña duda había nacido en su corazón. Las puertas del salón de audiencias se cerraron con un pesado estruendo. Seo Ha-jun permaneció de pie frente al enorme trono de piedra. A ambos lados, ministros y consejeros guardaban absoluto silencio. En lo alto de la sala, el rey Seo Jin-woo observaba el mapa del reino extendido sobre una larga mesa. —Las cosechas del norte han mejorado. Un anciano consejero dio un paso al frente. —Así es, Su Majestad. —¿Y los impuestos? —Han sido recaudados casi en su totalidad. El rey asintió. Su mirada recorrió lentamente el salón hasta detenerse en su hijo. —Ha-jun. —Sí, padre. —Acércate. El príncipe obedeció sin dudar. Seo Jin-woo señaló un pequeño punto marcado sobre el mapa. Era una propiedad de la familia real situada al oeste de la capital. Un bosque rodeaba completamente el lugar. —¿Sabes qué es esto? —La residencia de descanso de la familia real. El rey asintió. —Hace meses que no recibimos informes sobre su estado. Quiero que la inspecciones personalmente. Ha-jun inclinó la cabeza. —Así se hará. Uno de los ministros habló. —Su Majestad, ¿no sería suficiente enviar a un administrador? El rey negó lentamente. —Un heredero no gobierna únicamente desde un trono. Debe conocer las tierras que algún día protegerá. Después volvió a mirar a su hijo. —Partirás mañana al amanecer. Permanecerás allí dos días. Inspeccionarás las instalaciones, revisarás la seguridad del bosque y entregarás un informe completo cuando regreses. —Entendido. El rey dio por terminada la audiencia con un simple movimiento de su mano. Todos hicieron una reverencia. Mientras abandonaba el salón, Ha-jun caminaba en silencio y Yun Seong-min lo seguía unos pasos detrás. —Su Alteza. —¿Sí? —Prepararé a los hombres para el viaje. —Lleva solo a los necesarios. No quiero una caravana demasiado grande. —Como ordenéis. La noticia del viaje recorrió rápidamente el ala del príncipe. Lady Eun Ji-ah comenzó a preparar medicamentos, ropa y documentos. Los cocineros organizaban provisiones. Los establos ensillaban los caballos. Do-yun observaba todo aquel movimiento con curiosidad. Era la primera vez que abandonaría el palacio desde que había llegado. Mientras doblaba varias prendas dentro de un baúl, Ji-ah se acercó. —Han Do. —¿Sí? —Su Alteza ha pedido que seas parte del grupo que lo acompañará. Do-yun levantó la vista. —¿Yo? —Eres su asistente personal. Es natural que vayas. Él hizo una reverencia. —Entiendo. Pero, por dentro, su mente comenzó a trabajar. “Fuera del palacio… habrá menos guardias, menos muros, más oportunidades.” Aquellos pensamientos aparecieron casi por instinto. Sin embargo, no sintió la satisfacción que esperaba. En su lugar, una extraña inquietud se instaló en su pecho. Esa misma noche, un nuevo mensaje llegó al antiguo palomar. Do-yun esperó hasta que la mayoría de los sirvientes estuvieran dormidos antes de acercarse. La pequeña paloma mensajera llevaba un único pergamino. Lo abrió. Solo contenía una frase: “No desperdicies la oportunidad.” No hacía falta preguntar a qué se referían. El viaje. Doblando lentamente el mensaje, Do-yun permaneció inmóvil durante varios segundos. Frente a él aparecieron dos imágenes. La primera: el príncipe entrenando hasta sangrar. La segunda: el joven que, hacía apenas unos días, le había dado las gracias por no abandonarlo cuando se encontraba enfermo. Apretó el pergamino entre los dedos. Por primera vez desde que aceptó la misión, sintió que ambas imágenes eran imposibles de reconciliar. Con las primeras luces del amanecer, cinco caballos aguardaban frente a la entrada principal del palacio. Yun Seong-min revisaba el equipo de los guardias. Lady Eun Ji-ah comprobaba que no faltara ninguna medicina. Do-yun terminaba de asegurar el equipaje. Las enormes puertas comenzaron a abrirse. Seo Ha-jun apareció vestido con una capa oscura para el viaje. Observó a cada uno de los presentes. —¿Está todo listo? —Sí, Su Alteza —respondió Seong-min. Ha-jun asintió. Después, por un instante, su mirada se cruzó con la de Han Do. —Será un viaje largo. Espero que todos regresen sanos y salvos. Do-yun inclinó la cabeza. —Así será, Su Alteza. Sin que ninguno de los dos lo supiera, entre los árboles que rodeaban el camino real, un hombre observaba en silencio la pequeña comitiva. Y, oculto bajo su capucha, una leve sonrisa apareció en su rostro. El viaje acababa de comenzar. Fin del Capítulo 8.



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En el texto hay: amor lgbt, social, opuestos se atraen

Editado: 01.08.2026

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