El sol ya estaba alto cuando la pequeña comitiva abandonó el camino principal. Los cascos de los caballos comenzaron a hundirse en un sendero de tierra rodeado por altos pinos. El aire era distinto, más limpio, más fresco. No se escuchaban los gritos de los comerciantes ni el constante movimiento del palacio. Solo el viento y el canto lejano de los pájaros. Kang Do-yun levantó la vista hacia las montañas. Hacía mucho tiempo que no veía un bosque tan tranquilo. Durante unos segundos olvidó dónde estaba, hasta que la voz de Yun Seong-min lo devolvió a la realidad. —Manteneos atentos. Aunque estas tierras pertenezcan a la corona, nunca deben bajarse la guardia. Los guardias respondieron al unísono. —¡Sí! Seo Ha-jun continuó cabalgando al frente del grupo. Su postura seguía siendo recta e impecable, pero Do-yun notó algo curioso. Desde que habían salido del palacio, el príncipe parecía respirar con más calma. Ya no tenía el ceño tan fruncido. Incluso observaba el paisaje de vez en cuando. Era un cambio casi imperceptible, pero estaba ahí. Después de varias horas de viaje, una construcción de madera apareció entre los árboles. No era un castillo ni una fortaleza. Era una elegante residencia de descanso perteneciente a la familia real. Una cerca de piedra rodeaba la propiedad. Más allá podía verse un pequeño lago que reflejaba el cielo como un espejo. El lugar transmitía una paz difícil de encontrar en la capital. Un anciano salió a recibirlos e inclinó profundamente la cabeza. —Bienvenido, Su Alteza. Ha pasado mucho tiempo desde la última visita de un miembro de la familia real. Ha-jun desmontó con tranquilidad. —¿Eres el encargado de este lugar? —Sí, Su Alteza. Mi nombre es Oh Min-jae. Do-yun sintió un leve sobresalto al escuchar aquel nombre. Le recordó al hombre ejecutado en la plaza el día que comenzó toda aquella historia. No era la misma persona, pero el nombre bastó para traer de vuelta aquel recuerdo. Ha-jun no notó la reacción. —Muéstrame primero las instalaciones. El anciano hizo una reverencia. —Como ordenéis. Durante casi dos horas recorrieron toda la propiedad: las habitaciones, los almacenes, el pozo, las caballerizas e incluso las murallas de piedra que protegían la residencia. Ha-jun preguntaba por cada detalle. —¿Cuántos guardias vigilan este lugar? —Doce durante el día. Dieciséis por la noche. —¿Cuándo fue la última reparación del muro norte? —Hace tres meses. El príncipe asentía después de cada respuesta. No buscaba errores para castigar; buscaba comprender. Do-yun caminaba unos pasos detrás de él. Aquella era una faceta que nunca había visto. En el palacio, todos describían a Seo Ha-jun como un hombre frío. Pero allí escuchaba antes de hablar, observaba antes de decidir e incluso agradecía el trabajo de los sirvientes. Pequeños detalles que no encajaban con la imagen que los rebeldes tenían del heredero. “¿Siempre fue así…?”, pensó. Al caer la tarde, Lady Eun Ji-ah comenzó a organizar la cena. —Han Do, necesito ayuda con la leña. —Enseguida. Do-yun salió al bosque cercano con una pequeña hacha. No tardó mucho en reunir varias ramas secas. Sin embargo, algo llamó su atención. Una huella. Se agachó lentamente. No pertenecía a ninguno de los caballos de la comitiva. Era una bota grande, profunda y bastante reciente. Levantó la vista. A unos metros encontró restos de una fogata. Las cenizas aún conservaban algo de calor. Alguien había estado allí esa misma mañana. Do-yun recorrió el bosque con la mirada. No vio a nadie. Después de unos segundos, cubrió las huellas con hojas secas. No dijo nada. Necesitaba estar seguro antes de alarmar al resto, pero una sensación incómoda comenzó a acompañarlo. No estaban solos. Cuando regresó a la residencia, el olor de la comida llenaba el comedor. Lady Eun Ji-ah servía varios platos. Yun Seong-min terminaba de revisar las puertas. Para sorpresa de Do-yun, Seo Ha-jun estaba de pie junto al fuego sosteniendo una cuchara de madera. —¿Su Alteza…? El príncipe levantó la vista. —Llegas tarde. Do-yun observó la olla. —¿Estáis… cocinando? Ji-ah dejó escapar una pequeña risa. —No pongas esa cara. Su Alteza sabe preparar una sopa de verduras bastante decente. Ha-jun pareció algo incómodo. —Hace años que no la hacía. Do-yun no pudo evitar preguntar. —¿Quién os enseñó? El príncipe permaneció en silencio unos segundos y luego respondió con una voz mucho más suave de lo habitual. —Mi madre. Cuando era niño decía que un rey debía saber alimentarse incluso si un día lo perdía todo. El silencio invadió la habitación. Ji-ah sonrió con nostalgia. —Su Majestad siempre encontraba tiempo para cocinar con vos cuando erais pequeño. Ha-jun bajó la mirada hacia la olla. Una leve sonrisa apareció en su rostro, pequeña y tan breve que desapareció casi de inmediato. Pero Do-yun la vio y, sin saber por qué, pensó que aquella expresión le quedaba mucho mejor que la frialdad con la que acostumbraba vivir. La noche cayó lentamente sobre el bosque. La residencia de descanso quedó iluminada por antorchas y el cálido resplandor de la chimenea. El pequeño grupo cenaba en un ambiente mucho más tranquilo que el del Palacio Real. Por primera vez en mucho tiempo, Seo Ha-jun no tenía ministros discutiendo a su alrededor ni montañas de documentos esperando sobre un escritorio. Lady Eun Ji-ah sirvió la sopa. —No está nada mal, Su Alteza. Yun Seong-min asintió mientras probaba una cucharada. —Mejor de lo que esperaba. Ha-jun los miró con aparente indiferencia. —No exageréis. Do-yun también llevó la cuchara a sus labios. El sabor era sencillo, pero reconfortante. Sin darse cuenta, sonrió ligeramente. Ha-jun lo notó. —¿Qué ocurre? Do-yun negó con la cabeza. —Nada. Solo… está buena. Por un instante, el príncipe pareció satisfecho. No respondió; simplemente continuó cenando. Cuando terminaron, alguien llamó suavemente a la puerta. El anciano encargado de la residencia apareció acompañado por una joven. Tendría unos veinte años. Llevaba el cabello oscuro recogido en una trenza sencilla y ropa de trabajo, aunque su postura transmitía una seguridad poco común. Sus ojos recorrían la habitación con calma, como si observara a cada persona antes de decidir qué pensar de ella. El anciano hizo una reverencia. —Su Alteza, permitidme presentaros a mi hija. Ella imitó la reverencia con elegancia. —Mi nombre es Yoo Hye-rin. Es un honor recibir al príncipe heredero. Ha-jun inclinó ligeramente la cabeza. —El honor es nuestro. Vuestro padre cuida muy bien este lugar. Hye-rin sonrió. Era una sonrisa amable, pero había algo extraño en ella, como si nunca revelara del todo lo que estaba pensando. —Mi padre siempre dice que los bosques hablan. Solo hay que aprender a escucharlos. Do-yun levantó la vista. Aquella frase llamó su atención. La joven se dio cuenta. Sus ojos se cruzaron por un breve instante. Ella sonrió otra vez, esta vez de una forma difícil de interpretar. Durante la conversación, Hye-rin respondió con naturalidad a las preguntas de Lady Eun Ji-ah. Explicó cómo conseguían agua durante el invierno, cómo almacenaban los alimentos y qué zonas del bosque eran seguras para caminar. Era amable, educada e incluso hacía pequeños comentarios que lograban sacar alguna sonrisa al anciano. Sin embargo, había momentos en los que su expresión cambiaba por completo. Cuando alguien decía algo que no le interesaba, su sonrisa desaparecía de golpe. Sus ojos se volvían fríos, casi intimidantes. Y un segundo después recuperaba aquella actitud alegre, como si nada hubiera ocurrido. Do-yun comenzó a observarla con más atención. “No es una persona fácil de leer…”, pensó. Más tarde, mientras Ji-ah ayudaba a recoger la mesa, Hye-rin se acercó a ella. —Lady Ji-ah. —¿Sí? —El príncipe parece más tranquilo aquí que en el palacio. Ji-ah sonrió con cierta melancolía. —Este lugar le recuerda tiempos mejores. Hye-rin bajó la mirada. —Entonces… espero que pueda descansar un poco. Sus palabras sonaban sinceras, pero al marcharse una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Era tan leve que pasó desapercibida para todos, excepto para Do-yun. No era una sonrisa de alegría; parecía la de alguien que acababa de tener una idea. Esa misma noche, la mayoría ya dormía. Do-yun no conseguía conciliar el sueño, así que decidió salir unos minutos al exterior. La luna iluminaba el lago con un brillo plateado. El bosque permanecía en silencio. Entonces escuchó pasos. Al girarse, encontró a Hye-rin caminando por el sendero con una pequeña lámpara de aceite. Ella sonrió al verlo. —No podía dormir. ¿Y tú? —Tampoco. La joven observó el lago. —Dicen que las personas cargadas de preocupaciones nunca descansan bien. Do-yun respondió con una leve sonrisa. —Tal vez sea cierto. Hye-rin lo miró de reojo. —Aunque también existen personas… que esconden demasiados secretos. El corazón de Do-yun dio un pequeño vuelco. La joven soltó una ligera risa. —No te preocupes. Solo hablaba en general. Buenas noches, Han Do. Se alejó sin esperar respuesta. Do-yun permaneció inmóvil. No sabía si aquellas palabras habían sido una simple coincidencia o una advertencia. Mientras tanto, desde la ventana del segundo piso, Seo Ha-jun observaba el lago en silencio. Sin quererlo, sus ojos se detuvieron unos segundos sobre la figura de Han Do. Después cerró las cortinas. Sin darse cuenta, aquel viaje estaba comenzando a unir destinos y a despertar sospechas que ninguno de ellos podía controlar. Fin del Capítulo 9.