Los primeros rayos del sol atravesaban las copas de los árboles cuando la residencia volvió a llenarse de movimiento. El bosque despertaba lentamente. El canto de los pájaros reemplazaba al silencio de la noche. Una ligera neblina cubría el lago cercano. Seo Ha-jun ya se encontraba despierto, como cada mañana. Aunque, por una vez, no había salido a entrenar. En lugar de ello, observaba el bosque desde el balcón de la residencia. Aquel lugar era extrañamente tranquilo, tan distinto del palacio que por momentos olvidaba el peso de la corona. Unos minutos después, todos se reunieron en el comedor. Lady Eun Ji-ah colocó el desayuno sobre la mesa. —Su Alteza, hoy inspeccionaremos la parte norte del bosque. El anciano encargado asintió. —Los caminos son seguros, aunque recomiendo no alejarse demasiado. Algunos animales salvajes se acercan cuando el invierno está cerca. Seo Ha-jun terminó su taza de té. —Entonces partiremos ahora mismo. La pequeña comitiva abandonó la residencia poco después. Al frente caminaban Ha-jun y Yun Seong-min. Unos pasos detrás iban Ji-ah y Han Do. El anciano encargado guiaba el camino y, a su lado, Yoo Hye-rin caminaba con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Parecía disfrutar del bosque. —Cuando era niña me perdía aquí casi todos los días —dijo con una sonrisa—. Mi padre siempre terminaba encontrándome. El anciano soltó una pequeña risa. —Porque nunca aprendiste a esconderte. Ella respondió con una expresión inocente. —Eso crees. Aquella última frase hizo sonreír a Do-yun, pero solo por un instante. Había algo en aquella joven que seguía resultándole difícil de interpretar. El sendero comenzó a estrecharse. Los árboles eran cada vez más altos. El sonido del viento desapareció poco a poco. Solo quedaban sus pasos sobre la tierra húmeda. Seo Ha-jun se detuvo frente a un viejo puente de madera. Observó la estructura durante unos segundos. —Necesita reparaciones. El anciano asintió. —Las lluvias del mes pasado dañaron varias vigas. Ha-jun se agachó para examinar una de ellas y pasó la mano sobre la madera. —Si alguien intentara cruzarlo con un carruaje, se rompería. Ji-ah tomó nota en un pequeño pergamino. —Solicitaré que envíen carpinteros desde la capital. El príncipe asintió. Su atención por los pequeños detalles sorprendía incluso a Do-yun. “No parece el hombre del que hablan los rebeldes…”, pensó. Pero enseguida apartó aquella idea. “No olvides por qué estás aquí.” Continuaron caminando durante casi una hora. En cierto momento, Hye-rin se adelantó unos pasos y se inclinó junto a unas flores silvestres. —Son muy raras. Solo crecen en esta parte del bosque. Ha-jun se acercó. —¿Tienen alguna utilidad? —Mi madre decía que sirven para bajar la fiebre, aunque nunca lo comprobé. Ji-ah observó la planta con interés. —Recogeremos algunas antes de regresar. Hye-rin sonrió. —Con gusto os mostraré dónde crecen más. Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo. Do-yun fue el primero en notarlo. El bosque había enmudecido. Ni un solo pájaro. Ni un insecto. Ni el sonido de las hojas. Solo silencio. Frunció lentamente el ceño. Su mano se acercó por instinto al cuchillo que llevaba oculto bajo la ropa. Miró alrededor: los árboles, las rocas, las sombras. Algo no estaba bien. Muy lejos, entre los arbustos, una figura agazapada observaba a la comitiva. Luego otra. Y otra más. Nadie las vio, excepto Hye-rin. La joven levantó apenas la vista. Durante una fracción de segundo, sus ojos se encontraron con los de uno de aquellos hombres ocultos. No hizo ningún gesto. No habló. Solo acomodó con disimulo un mechón de cabello detrás de la oreja. Era una señal. El hombre escondido respondió con un leve movimiento de cabeza. Todo estaba listo. Ajeno a ello, Seo Ha-jun continuó caminando. Se detuvo frente al lago. El agua reflejaba el cielo con absoluta calma. Por primera vez desde que había llegado, respiró profundamente. —Es hermoso —murmuró. Entonces… ¡Fiuuu! Un silbido atravesó el aire. Los ojos de Do-yun se abrieron de golpe. —¡¡SU ALTEZA!! Una flecha salió disparada desde la espesura y voló directamente hacia el pecho del príncipe. El grito de Han Do resonó entre los árboles. ¡CLANG! Yun Seong-min reaccionó en el último instante. Su espada desvió la flecha, que terminó clavándose en el tronco de un roble. —¡Emboscada! Los guardias formaron inmediatamente un círculo alrededor de Seo Ha-jun. Más flechas comenzaron a caer desde distintos puntos del bosque. El sonido del metal contra los escudos llenó el aire. —¡Proteged al príncipe! De entre los árboles aparecieron hombres vestidos de negro. Uno. Cinco. Diez. Más de quince enemigos descendieron por la ladera con espadas, lanzas y arcos. No eran simples bandidos. Se movían como soldados entrenados. Seo Ha-jun desenvainó su espada. Su rostro recuperó la frialdad habitual. —Seong-min. —Sí, Su Alteza. —No permitas que lleguen a la residencia. —Entendido. Los atacantes cargaron. El bosque estalló en un caos de acero. Ha-jun bloqueó el primer golpe y respondió con un corte limpio que obligó a retroceder a su rival. Otro enemigo apareció por su espalda. El príncipe giró antes de que pudiera alcanzarlo y golpeó con la empuñadura de la espada el rostro del atacante. El hombre cayó al suelo. Do-yun observó cada movimiento. “Es increíble…” Ahora comprendía por qué incluso los mejores guardias respetaban al heredero. No era solo un príncipe; era un verdadero guerrero. A pocos metros, Yun Seong-min luchaba rodeado por cuatro enemigos. Lady Eun Ji-ah ayudaba a un guardia herido mientras daba órdenes. —¡No rompáis la formación! —¡Cubrid el lado izquierdo! El combate se intensificaba. Pero entonces una voz conocida rompió el ruido de las espadas. —Qué decepción. Todos giraron el rostro. Yoo Hye-rin permanecía de pie sobre una roca. La muchacha alegre había desaparecido. Su sonrisa era distinta: fría y peligrosa. Sostenía dos dagas curvas. El anciano encargado dio un paso tembloroso. —…Hye-rin. Ella ni siquiera lo miró. —Perdonadme, padre. Pero jamás pertenecí a este lugar. Uno de los hombres vestidos de negro se arrodilló frente a ella. —Señorita. Las tropas esperan vuestra orden. Do-yun abrió ligeramente los ojos. “¿Ella dirige este ataque?” Hye-rin sonrió. —Matad a quien se interponga. Pero el príncipe es mío. Antes de que alguien reaccionara, desapareció. Ni siquiera las hojas del suelo se movieron. —¿Dónde…? —murmuró Ha-jun. Entonces Do-yun sintió un escalofrío. —¡¡Arriba!! Hye-rin descendía desde un árbol con ambas dagas dirigidas al cuello del príncipe. ¡CLANG! Ha-jun levantó su espada justo a tiempo. Las dagas chocaron contra el acero. La fuerza del impacto hizo retroceder al príncipe varios pasos. —Nada mal —sonrió Hye-rin—. Pero todavía eres lento. Giró sobre sí misma. Una de sus dagas cambió de dirección y buscó el costado de Ha-jun. Do-yun se lanzó sin pensarlo. Empujó al príncipe. La daga pasó rozando su brazo. La tela se rasgó. Un fino hilo de sangre apareció. Ha-jun giró inmediatamente. —¡Han Do! —Estoy bien. No terminó la frase. Hye-rin ya volvía a atacar. Sus movimientos eran imposibles de predecir. Saltaba entre las raíces, usaba los árboles para impulsarse, lanzaba tierra a los ojos y golpeaba desde ángulos imposibles. No luchaba con honor. Luchaba para sobrevivir, y era aterradoramente buena en ello. Ha-jun volvió a enfrentarse a ella. Las espadas chocaban una y otra vez, pero Hye-rin parecía encontrar siempre un hueco. Una daga atravesó la defensa del príncipe. Solo un instante. Do-yun apareció entre ambos. ¡CLANG! Desvió el golpe. —¡Su Alteza! No bajéis la guardia. Ha-jun respiró con fuerza y asintió. Por primera vez, no discutió. Simplemente aceptó aquella ayuda. Los dos comenzaron a cubrirse mutuamente. Cuando Ha-jun atacaba, Do-yun protegía su espalda. Cuando Do-yun quedaba expuesto, Ha-jun desviaba las dagas antes de que lo alcanzaran. No hablaban. No hacía falta. Sus movimientos empezaban a sincronizarse por puro instinto. Hye-rin observó aquello con una sonrisa divertida. —Curioso… Hace unos minutos ni siquiera parecían conocerse, y ahora luchan como si llevaran años haciéndolo. La sonrisa desapareció cuando Ha-jun logró herir levemente su hombro. Una fina línea de sangre manchó su ropa. Ella bajó la vista y luego comenzó a reír. Una risa tranquila, casi alegre. —Así está mejor. Por fin siento que esto vale la pena. Sacó tres pequeños cuchillos ocultos entre sus ropas y los lanzó al mismo tiempo. Uno fue hacia Ha-jun, otro hacia Do-yun y el tercero hacia Ji-ah. —¡Lady Ji-ah! —gritó Seong-min. Ha-jun desvió el primero. Do-yun el segundo. Pero el tercero seguía avanzando. Sin pensarlo, Ha-jun corrió hacia Ji-ah y bloqueó el cuchillo con su espada antes de que la alcanzara. Hye-rin aprovechó ese instante. Silbó. Los hombres vestidos de negro comenzaron a retroceder. —¿Os retiráis? —gritó Seong-min. Ella sonrió. —Mi misión hoy no era ganar. Era observar. Sus ojos se posaron sobre Seo Ha-jun. —El heredero es incluso más fuerte de lo que dijeron. Después miró fijamente a Han Do. Su sonrisa cambió. Era más inquietante. —Pero tú… Tú eres mucho más interesante. No eres un simple sirviente. ¿Quién eres realmente? Do-yun permaneció en silencio. Por un instante, sintió que aquella mujer podía ver a través de él. Hye-rin dio un paso atrás. Rompió una pequeña esfera de barro contra el suelo. Una espesa nube de polvo cubrió el claro. Cuando el viento volvió a soplar, ella y los supervivientes habían desaparecido entre los árboles. Solo quedó el silencio y el sonido de las respiraciones agitadas. Seo Ha-jun guardó lentamente su espada. Miró el corte en el brazo de Han Do. Era superficial, pero bastaba para confirmar que se había interpuesto entre él y la muerte más de una vez. El príncipe permaneció unos segundos en silencio. Finalmente habló. —Necesitas que un médico vea esa herida. Do-yun negó con una leve sonrisa. —Es solo un rasguño, Su Alteza. Ha-jun lo observó unos instantes más. —No quiero que te hagan daño por mi culpa. Do-yun lo miró y una pregunta atravesó su mente con una claridad aterradora: ¿Por qué no aproveché para matar al príncipe? Fin del Capítulo 10.