Dos semanas habían pasado desde el ataque en el bosque. La tranquilidad del Palacio Real había desaparecido. Desde el amanecer hasta el anochecer, los soldados patrullaban cada pasillo, cada torre y cada puerta. Los controles para entrar al palacio eran ahora mucho más estrictos. Ningún sirviente podía moverse sin autorización. Ningún comerciante entraba sin ser registrado. Y ningún mensajero cruzaba las murallas sin que su identidad fuera verificada. La traición de Yoo Hye-rin había dejado una profunda herida en la seguridad del reino. En la sala del consejo, el rey Seo Jin-woo permanecía de pie frente a un enorme mapa. Varios generales y ministros discutían los últimos informes. —No encontramos rastro de la mujer. —Los cuerpos de los atacantes no llevaban insignias. —Alguien los financió. Eso es evidente. Uno de los generales dio un paso al frente. —Su Majestad. Creemos que un reino vecino está detrás del atentado. Todavía no podemos demostrarlo, pero todo apunta hacia esa dirección. El rey apoyó lentamente una mano sobre el mapa. Su mirada era fría. —Entonces encontrad pruebas. Antes de que vuelvan a atacar. —¡Sí, Su Majestad! Mientras tanto, en el ala oriental del palacio, Seo Ha-jun entrenaba bajo la lluvia. Su espada cortaba el aire una y otra vez. Las heridas del bosque ya habían sanado, pero su mente seguía regresando a aquel combate. Especialmente... a Han Do. "Nadie aprende a luchar así siendo un simple sirviente." Por más que intentaba encontrar una explicación, no la había. Guardó la espada. Sin darse cuenta, llevaba varios minutos mirando hacia la entrada del patio, como si esperara ver a alguien. Entonces una voz lo sacó de sus pensamientos. —Su Alteza. Era Yun Seong-min. —¿Qué ocurre? —Ha llegado una delegación extranjera. El príncipe frunció ligeramente el ceño. —¿Qué reino? —El Reino de Min. Ha-jun permaneció en silencio unos segundos. Conocía ese nombre. Era uno de los aliados más importantes de la corona. —Mi padre no me informó de su llegada. —La decisión fue tomada esta misma mañana. Su Majestad desea que estéis presente en la recepción. Al mismo tiempo, las enormes puertas del palacio comenzaron a abrirse. Una larga caravana cruzó lentamente el puente principal. Caballeros con armaduras plateadas encabezaban el desfile. Detrás de ellos avanzaban carruajes adornados con el emblema de un halcón dorado. Los soldados del palacio observaron con atención. Entre los visitantes destacaban cuatro figuras: el rey Min Seong-hwan, sereno y experimentado; la reina Yoon Hye-jin, elegante y de mirada cálida; el príncipe heredero Min Jae-hyun, un joven de porte refinado que analizaba todo cuanto lo rodeaba; y la princesa Min Seo-ah, sonriente, curiosa y claramente emocionada por conocer la capital. Nadie en el palacio imaginaba que aquella visita cambiaría el rumbo de la historia. Desde una ventana del segundo piso, Han Do observaba la llegada de la delegación. No reconocía sus rostros, pero algo llamó su atención. Uno de los guardias del reino visitante recorría el palacio con una mirada demasiado cuidadosa, como si no admirara el lugar, sino que estuviera memorizándolo. Do-yun frunció el ceño. Había aprendido a desconfiar de los pequeños detalles. Y aquel hombre le produjo una sensación difícil de explicar. En el gran salón de audiencias, Seo Jin-woo descendió lentamente los escalones de su trono para recibir a sus invitados. Ambos reyes intercambiaron un respetuoso saludo. Después de las formalidades, Min Seong-hwan habló con tranquilidad. —Vuestra Majestad, además de fortalecer la alianza entre nuestros reinos... hemos venido a discutir un asunto que podría asegurar la paz durante generaciones. El salón quedó completamente en silencio. Seo Ha-jun acababa de entrar. Sus ojos se dirigieron primero hacia los invitados. Luego escuchó las siguientes palabras. —Deseamos proponer un matrimonio entre nuestras familias reales. El príncipe permaneció inmóvil y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que el verdadero conflicto apenas estaba comenzando. El salón quedó completamente en silencio. Las palabras del rey Min Seong-hwan aún resonaban entre las columnas de mármol. —Deseamos proponer un matrimonio entre nuestras familias reales. Ningún ministro se atrevió a hablar. Seo Ha-jun permaneció inmóvil. Su expresión no cambió. Sin embargo, por dentro, su mente comenzó a analizar cada posibilidad. No era una petición. Era una alianza política. Y, como heredero al trono, sabía perfectamente cuál era su papel. El rey Seo Jin-woo observó a su hijo por unos segundos antes de volver la vista hacia sus invitados. —Es una propuesta importante. Debe discutirse con detenimiento. Min Seong-hwan sonrió con cortesía. —No esperamos una respuesta inmediata. Permaneceremos algunos días en vuestro reino. Confiamos en que ambas coronas encuentren el mejor camino. —Así será. La reunión continuó durante varias horas. Hablaron sobre comercio, las fronteras, las cosechas y los movimientos de pequeños grupos armados cerca de los límites entre ambos reinos. Aunque nadie mencionó directamente el ataque ocurrido dos semanas antes, todos parecían pensar en él. El ambiente era cordial, pero también tenso. Cada palabra era medida con cuidado. Al finalizar la audiencia, los invitados fueron acompañados a sus habitaciones. Mientras los nobles abandonaban el salón, la princesa Min Seo-ah caminaba observando los enormes pasillos del palacio. —Es mucho más grande de lo que imaginaba —comentó con una sonrisa. El príncipe Min Jae-hyun respondió con calma. —No te distraigas. Estamos aquí por una razón. —Lo sé. Pero tampoco está prohibido admirar un lugar bonito. Jae-hyun suspiró. Su hermana jamás cambiaba. Mientras tanto, Seo Ha-jun regresó a su despacho. Cerró la puerta. Sobre la mesa ya lo esperaba una montaña de documentos y clases que debía aprender. Pero no se sentó. Permaneció de pie, mirando por la ventana. Unos golpes suaves interrumpieron el silencio. —Adelante. Han Do entró llevando una bandeja con té recién preparado. —Su Alteza. Ha-jun asintió sin apartar la vista del jardín. Do-yun dejó la bandeja sobre la mesa. Notó que el príncipe estaba más callado de lo habitual. —¿Ocurrió algo en la reunión? —preguntó con cautela. Ha-jun guardó silencio unos segundos. —Mi padre recibió una propuesta de matrimonio. Do-yun levantó la mirada, pero no respondió. —Aún no hay ninguna decisión —continuó Ha-jun—. Pero si la alianza beneficia al reino, no tendré derecho a negarme. Do-yun sintió una extraña presión en el pecho. No supo por qué. Quizá porque, durante aquellas dos semanas, se había acostumbrado a ver al príncipe como una persona y no solo como un objetivo. Apartó ese pensamiento de inmediato. —Estoy seguro de que Su Alteza hará lo correcto. Ha-jun soltó una leve sonrisa. Era una sonrisa cansada. —Eso es precisamente lo que todos esperan de mí. Nadie preguntó qué era lo que yo quería. El silencio volvió a llenar la habitación. Por primera vez, Do-yun comprendió que la libertad era un lujo que el príncipe nunca había conocido. Al caer la noche, en otra ala del palacio, el príncipe Min Jae-hyun observaba el jardín desde el balcón. Un guardia de confianza se acercó. —Alteza. Todo está preparado. Jae-hyun respondió sin apartar la vista. —¿Descubriste algo? —La seguridad del palacio aumentó mucho después del atentado. —Bueno, parece que estamos bien en este reino. —Era de esperarse. Después de unos segundos añadió: —Aun así... tengo la sensación de que este reino oculta más secretos de los que aparenta. Muy lejos del palacio, en una cueva oculta entre las montañas, una figura observaba el fuego de una antorcha. Era Yoo Hye-rin. Su hombro seguía vendado por la herida que Ha-jun le había provocado. Uno de sus hombres se arrodilló. —Señorita. Nuestros espías informan que el Reino de Min ya llegó a la capital. Hye-rin sonrió. —Creo que no es momento de atacar ahora, y mucho menos cuando el jefe está en un momento más importante. Hye-rin añadió: —¿El sirviente... Han Do? Hmm... Ese sirviente no puede ser un simple sirviente. La sonrisa de Hye-rin se volvió más inquietante. —Han Do... No. Ese no es su verdadero nombre. Lo vi en sus ojos durante el combate. Oculta algo muy valioso. Y tarde o temprano... descubriré quién es realmente. Las llamas iluminaron su rostro. Mientras tanto, en el Palacio Real, todo parecía normal... Fin del Capítulo 11.