Dos semanas habían pasado desde el ataque en el bosque. El Palacio Real había recuperado su ritmo habitual. Los soldados seguían vigilando con más atención que nunca. Las puertas permanecían bajo estricta vigilancia. Y los sirvientes debían identificarse cada vez que entraban a una zona importante del palacio. Pero, para la mayoría, la vida continuaba. Antes del amanecer, cuando el resto del palacio aún dormía, una figura cruzó silenciosamente los jardines. Era Han Do. Se detuvo en un rincón olvidado del patio, donde antiguamente entrenaban algunos soldados. Miró a ambos lados. No había nadie. Respiró profundamente. Desenvainó la espada de madera que escondía bajo una tela. Comenzó a entrenar. Una estocada. Un giro. Otro corte. Sus movimientos eran rápidos. Precisos. Pero también estaban cargados de frustración. Seguía entrenando como cuando vivía con los rebeldes. Como si cada día perdido pudiera costarle la vida. El sudor comenzó a recorrer su rostro. Sus manos temblaban. Aun así... no se detuvo. "No puedo volverme débil..." "No ahora." "No cuando todo depende de mí." Sin darse cuenta, un recuerdo apareció en su mente. Su hermana, Kang Ha-eun, corriendo hacia él con una sonrisa. —¡Hermano! ¡Mira lo que hice! Una pequeña corona de flores descansaba entre sus manos. Do-yun sonrió al recordarlo. Después apareció otro recuerdo. Su madre, Kang Mi-young, cosiendo ropa junto a la ventana. —No importa lo fuerte que seas, Do-yun. Siempre habrá alguien esperándote en casa. El movimiento de su espada se detuvo. Su respiración se volvió más pesada. ¿Cuánto tiempo llevaba sin verlas? ¿Cuánto tiempo hacía que no sabía si estaban bien? Apretó con fuerza la empuñadura. —...Les traeré un mundo mejor. Aunque tenga que cargar con todo yo solo. —¿Han Do? La voz hizo que Do-yun abriera los ojos de inmediato. Guardó la espada casi por instinto. Al girarse encontró a Seo Ha-jun. El príncipe llevaba ropa sencilla de entrenamiento. Parecía sorprendido. —¿Entrenas antes del amanecer? Ha-jun añadió: —¿Siquiera entrenas? Do-yun hizo una reverencia. —No podía dormir, Su Alteza. Ha-jun observó la espada de madera. Luego sus manos. Estaban llenas de ampollas recientes. No dijo nada durante unos segundos. Finalmente habló. —¿Recuerdas lo que me dijiste? Do-yun respondió con calma. —Lo sé. —Entonces... ¿por qué hacerlo hasta lastimarte? Aquella pregunta quedó suspendida en el aire. Do-yun bajó la mirada. No podía responder con la verdad. No podía decir que llevaba años preparándose para matar al heredero que tenía delante. Después de unos instantes sonrió ligeramente. —Porque no me gusta sentir que dependo de otros. Ha-jun permaneció en silencio. Aquellas palabras despertaron algo en su memoria. Recordó al niño que había prometido no volver a ser salvado nunca. Dos personas. Dos razones distintas. La misma soledad. —Entiendo... Fue lo único que respondió. Más tarde, mientras Do-yun ordenaba unos documentos, Lady Eun Ji-ah entró en la sala con varios pergaminos entre los brazos. —Han Do, ¿podrías ayudarme? Él sonrió. —Claro. Mientras ambos organizaban los archivos, Yun Seong-min apareció para entregar un informe de seguridad. Ji-ah intentó cargar todos los pergaminos a la vez. Algunos cayeron al suelo. Antes de que pudiera agacharse, Seong-min ya los había recogido. —Gracias —dijo ella con una sonrisa. —No es nada —respondió él con la misma seriedad de siempre. Pero, antes de marcharse, dejó sobre la mesa una pequeña taza de té caliente. —No olvidéis desayunar. Trabajáis demasiado. Ji-ah parpadeó sorprendida. Cuando levantó la vista para agradecerle, él ya se había marchado. Do-yun observó la escena en silencio. Sin darse cuenta... sonrió para sí mismo. Quizá aquel hombre serio no era tan frío como aparentaba. Y quizá... las personas escondían más de lo que mostraban. La tarde transcurría con una tranquilidad poco habitual. Por primera vez en muchos días, no había reuniones urgentes ni informes sobre ataques. El ambiente en el palacio era más relajado. Seo Ha-jun cerró el último documento que descansaba sobre su escritorio. Se masajeó lentamente la sien. Llevaba horas sin levantarse. Unos suaves golpes sonaron en la puerta. —Adelante. Lady Eun Ji-ah entró con una pequeña sonrisa. —Su Alteza, el médico del palacio insiste en que descanséis un poco. Dice que, si seguís trabajando sin pausa, volverán los dolores de cabeza. Ha-jun dejó escapar un leve suspiro. —Parece que todos se han puesto de acuerdo. Ji-ah sonrió. —No todos... pero casi. El príncipe permaneció unos segundos en silencio antes de asentir. —Muy bien. Cancelaré el resto de mis asuntos por hoy. La expresión de Ji-ah se iluminó. —Los aposentos termales han sido preparados. El agua acaba de cambiarse. —Entonces iremos allí. La noticia no tardó en extenderse. Por motivos de seguridad, Yun Seong-min organizó la escolta. Acompañarían al príncipe: Han Do, Yun Seong-min, cuatro guardias reales, Lady Eun Ji-ah y, como invitados del palacio, el príncipe Min Jae-hyun y la princesa Min Seo-ah, quienes deseaban conocer los famosos baños termales construidos por los antiguos reyes. La pequeña comitiva abandonó el edificio principal. Mientras caminaban por los jardines, Min Seo-ah no dejaba de observar todo con curiosidad. —¡Es mucho más bonito de lo que imaginaba! Ji-ah sonrió. —Los termales pertenecen a la familia real desde hace generaciones. Solo se abren para invitados muy especiales. —Entonces somos afortunados —respondió la princesa con entusiasmo. A su lado, Min Jae-hyun permanecía tan sereno como siempre. Observaba la arquitectura, los jardines... y también a los soldados que vigilaban discretamente cada rincón. Nada escapaba a su mirada. Después de varios minutos de caminata llegaron a una zona apartada del palacio. Un gran edificio de piedra blanca se alzaba entre árboles y pequeños estanques. El vapor escapaba lentamente desde el interior. El sonido del agua corriendo transmitía una paz difícil de encontrar en cualquier otro lugar del reino. Ji-ah hizo una pequeña reverencia. —Hemos llegado. Los sirvientes abrieron las puertas. Dentro había varios pasillos que conducían a distintas salas. Una estaba destinada a los hombres de la familia real. Otra a las mujeres. Y una tercera, más pequeña, para los acompañantes. Yun Seong-min dio las últimas instrucciones. —Dos guardias permanecerán en la entrada principal. Otros dos vigilarán el exterior. Han Do... tú permanecerás cerca de Su Alteza por si necesita algo. —Entendido —respondió Do-yun. Mientras los demás se preparaban, Ha-jun se acercó a Han Do. —No hace falta que permanezcas de pie todo el tiempo. Puedes descansar mientras espero. Do-yun negó con respeto. —Es mi deber permanecer cerca de vos. Ha-jun lo observó unos segundos. —Sigues siendo demasiado serio. Do-yun sonrió ligeramente. —Podría decir lo mismo de Su Alteza. Por un instante, el príncipe soltó una pequeña risa. Una risa tan breve que incluso Yun Seong-min levantó una ceja con sorpresa. Ji-ah, al verlo, no pudo evitar sonreír también. Era extraño. Desde que Han Do había llegado, el príncipe parecía sonreír un poco más. No muy lejos de allí, Ji-ah organizaba unas toallas junto a una mesa de madera. Llevaba tantas entre los brazos que apenas podía ver el camino. Sin darse cuenta, tropezó con una piedra. Antes de caer, una mano sujetó su brazo. Era Yun Seong-min. —Cuidado —dijo con su habitual serenidad. Ji-ah recuperó el equilibrio. —G-Gracias... Seong-min tomó la mitad de las toallas sin decir una palabra. Comenzó a caminar hacia el edificio. —¿Capitán...? —Lleváis demasiado peso. No podéis hacerlo todo sola. Ji-ah caminó a su lado. Después de unos segundos sonrió. —Siempre aparecéis justo cuando os necesito. El capitán guardó silencio. No sabía qué responder. Solo continuó caminando. Pero, por alguna razón... las palabras de Ji-ah permanecieron dando vueltas en su cabeza. Mientras tanto, Han Do levantó la vista hacia el cielo. El vapor de los termales ascendía lentamente entre los árboles. Por primera vez desde que llegó al palacio sintió que el ambiente era realmente tranquilo. Sin órdenes. Sin combates. Sin sangre. Sin embargo... en el fondo de su corazón sabía que aquella calma no duraría para siempre. Y, por primera vez... no estaba seguro de querer que terminara. Fin del Capítulo 12.