Bajo la corona de sangre

Capitulo 13: Aguas tranquilas, mi corazón inquieto

El suave vapor cubría los jardines de los aposentos termales. El sonido del agua al caer sobre las rocas creaba un ambiente de calma que contrastaba con la tensión que había dominado el palacio durante las últimas semanas. Los sirvientes preparaban todo en silencio. Lady Eun Ji-ah hizo una reverencia. —Su Alteza, todo está listo. Seo Ha-jun asintió. —Perfecto. Los baños estaban divididos en varias zonas. Los guardias y sirvientes permanecerían en el exterior, vigilando los accesos. Solo los miembros de la realeza podían utilizar el estanque principal. Por ello, quienes entrarían serían únicamente: Seo Ha-jun, el príncipe Min Jae-hyun y la princesa Min Seo-ah, en el sector reservado para la familia real, separado por altos muros de piedra y biombos de madera tallada que garantizaban la privacidad. Yun Seong-min comprobó una última vez la seguridad del lugar. —Dos guardias en la entrada principal. Otros dos en la parte trasera. Nadie entra sin autorización. Todos respondieron al unísono. —¡Sí, capitán! Han Do permanecía junto a la entrada con los brazos cruzados. Desde allí podía escuchar el murmullo del agua y las conversaciones apagadas del interior. No era la primera vez que custodiaba una puerta, pero sí la primera en la que le costaba concentrarse. La puerta de madera se abrió unos instantes. Seo Ha-jun acababa de entrar tras cambiarse de ropa. Llevaba únicamente una ligera tela tradicional sobre la cintura y una toalla sobre los hombros. Los años de entrenamiento constante habían dejado marcas evidentes. Sus hombros eran anchos. Sus brazos mostraban músculos definidos. Varias cicatrices recorrían discretamente su espalda y su pecho, prueba de años de práctica y combates. Do-yun levantó la vista casi por reflejo... y se quedó inmóvil durante un instante. "¿Entrena todos los días para tener este físico...?" "No..." "¿En qué estoy pensando?" Apartó la mirada de inmediato. Sintió un extraño calor subir hasta su rostro. Apretó los puños. "Concéntrate." "Ese hombre es tu objetivo." "No olvides por qué estás aquí." Sin embargo... la imagen del príncipe seguía apareciendo en su mente. Aquello lo irritó más que cualquier otra cosa. Dentro de los baños, el ambiente era relajado. Min Seo-ah observaba el agua con una enorme sonrisa. —¡Ahora entiendo por qué todos hablan de estos termales! Min Jae-hyun dejó escapar una pequeña risa. —Sigues emocionándote por todo. —¿Y eso es malo? Ha-jun los observaba en silencio. Aquella relación entre hermanos le resultaba... agradable. Muy distinta a la frialdad que dominaba el Palacio Real. La princesa sonrió. —Príncipe Ha-jun, ¿siempre sois tan serio? El heredero respondió con tranquilidad. —Casi siempre. —Eso debe ser agotador. Jae-hyun miró a Ha-jun. —Mi hermana suele decir lo que piensa. Espero que no os moleste. —No —respondió Ha-jun—. De hecho... es curioso escuchar a alguien hablar con tanta libertad. La princesa inclinó ligeramente la cabeza. —Entonces deberíais intentarlo alguna vez. Aunque sea por un día. Durante unos segundos... Ha-jun guardó silencio. Aquellas palabras quedaron rondando en su mente. Min Seo-ah miró hacia la entrada. —¿Y vuestro asistente? —¿Han Do? —Sí. ¿Por qué no entra? Ha-jun respondió con calma. —Probablemente crea que no le corresponde. La princesa sonrió. —Pues decidle que deje de ser tan tímido. El príncipe heredero soltó un leve suspiro. —Han Do. La puerta se abrió lentamente. Do-yun hizo una reverencia sin levantar demasiado la vista. —¿Sí, Su Alteza? —Puedes relajarte un momento. No hace falta que permanezcas de pie todo el tiempo. La princesa añadió con una sonrisa. —Ven con nosotros. Nadie va a comerte. Do-yun dio un pequeño paso atrás. —Agradezco vuestra amabilidad... pero prefiero permanecer en mi puesto. Ha-jun lo observó unos segundos. —Como desees. Do-yun hizo otra reverencia y salió. Se dirigió a una pequeña habitación destinada a los asistentes. Cerró la puerta tras de sí. Apoyó ambas manos sobre una mesa de madera. Soltó un largo suspiro. —¿Qué me ocurre...? Murmuró. Cerró los ojos con fuerza. —Solo es el príncipe. Nada más. No puedes distraerte. No puedes olvidar por qué entraste al palacio. Recordó el rostro de su madre. La sonrisa de Ha-eun. Las palabras de Baek Hyun-soo. "Esta misión decidirá el futuro del reino." Respiró profundamente. Poco a poco recuperó la calma. Entonces... tap. Algo golpeó suavemente la ventana. Do-yun abrió los ojos. Una pequeña ave se había posado en el borde. Llevaba un diminuto pergamino atado a una de sus patas. El corazón de Do-yun se aceleró. Reconocía perfectamente aquel método. Era un mensaje de los rebeldes. Desató el pergamino lentamente. Aún no lo había abierto... pero una extraña sensación recorrió todo su cuerpo. Presentía que aquellas palabras cambiarían el rumbo de su misión. Do-yun permaneció inmóvil. El pequeño pergamino seguía abierto entre sus manos. Las palabras escritas por Baek Hyun-soo parecían pesar más que el acero de cualquier espada. "Tu misión ha cambiado." Ya no debía buscar una oportunidad para acabar con la vida del príncipe. Ahora debía acercarse a él. Convertirse en alguien indispensable. Ganarse su confianza. Y descubrir todos los secretos que ocultaba el rey Seo Jin-woo. Do-yun volvió a leer la carta una vez más. Su respiración era cada vez más lenta. —¿Ganar su confianza...? Murmuró en voz baja. Aquellas palabras le resultaban mucho más difíciles que la misión anterior. Matar a un enemigo era sencillo. Engañar a una persona que empezaba a respetar... era otra historia. Cerró lentamente los ojos. En su mente aparecieron los rostros de su madre y de Ha-eun. Recordó la humilde casa donde había crecido. Los inviernos sin suficiente comida. Las promesas que hizo el día que abandonó las montañas. —Todo esto es por ellas... No puedo olvidar quién soy. Acercó la carta a la llama de una vela. El fuego comenzó a consumir el pergamino. Cuando solo quedaron cenizas, abrió la ventana y dejó que el viento se las llevara. No debía quedar ninguna prueba. Los baños termales quedaron atrás. El pequeño grupo regresaba lentamente hacia el palacio. La princesa Min Seo-ah caminaba al lado de Ji-ah, observándolo todo con entusiasmo. —¿De verdad ese jardín pertenece únicamente a la familia real? —Sí —respondió Ji-ah con una sonrisa—. Fue construido hace más de cien años. La princesa abrió los ojos con admiración. —Algún día quiero recorrerlo entero. —Con gusto os acompañaré si Su Majestad lo permite. Las dos continuaron conversando animadamente. Unos pasos detrás, Min Jae-hyun caminaba junto a Yun Seong-min. —Vuestros soldados son disciplinados —comentó el príncipe visitante. —Es nuestro deber —respondió Seong-min—. Aunque debo admitir que vuestra seguridad ha mejorado mucho desde nuestra llegada. El capitán sostuvo su mirada. —Después del atentado sería un error bajar la guardia. Jae-hyun asintió lentamente. —Coincido. Más atrás, Ha-jun caminaba junto a Han Do. Durante varios minutos ninguno habló. Hasta que el príncipe rompió el silencio. —¿Extrañas tu hogar? Do-yun tardó unos segundos en responder. —Sí. Todos los días. Ha-jun observó el camino frente a él. —Debe ser agradable tener un lugar al que desees regresar. Aquella frase sorprendió a Do-yun. —¿Su Alteza no siente lo mismo por el palacio? El príncipe sonrió con cierta tristeza. —Este es mi hogar... pero también es mi deber. A veces es difícil distinguir una cosa de la otra. Do-yun guardó silencio. Nunca había pensado que alguien pudiera sentirse prisionero dentro del lugar donde nació. Al llegar al palacio, cada uno retomó sus responsabilidades. La delegación del Reino de Min fue acompañada a sus habitaciones. Ji-ah pasó el resto de la tarde organizando el itinerario del día siguiente. Mientras acomodaba varios documentos, una pesada caja de pergaminos cayó de una estantería. Intentó sujetarla. Era demasiado pesada. Antes de que tocara el suelo... dos manos la sostuvieron. Yun Seong-min. —No deberíais cargar esto sola. Ji-ah soltó un pequeño suspiro de alivio. —Gracias... Cada vez aparecéis justo cuando os necesito. El capitán desvió ligeramente la mirada. —Solo estaba haciendo mi trabajo. —Claro... —respondió ella con una sonrisa divertida—. Si eso os hace sentir menos avergonzado. Por primera vez... Seong-min no supo qué contestar. Tomó la caja y continuó caminando. Ji-ah no pudo evitar sonreír al verlo. Aquel hombre serio era mucho más amable de lo que intentaba aparentar. La noche cayó sobre el palacio. La mayoría de las luces se apagaron. Solo la biblioteca privada del príncipe seguía iluminada. Decenas de pergaminos cubrían la gran mesa central. Ha-jun dejó escapar un suspiro. —Parece que los documentos se multiplican mientras dormimos. Do-yun soltó una pequeña risa. —Empiezo a creer que gobernar un reino consiste únicamente en leer. Ha-jun levantó una ceja. —Y responder cartas. —Y firmar decretos. —Y escuchar ministros discutir durante horas. —Y sin contar que hay que estudiar bastante. Ambos terminaron riendo. Era una conversación sencilla. Natural. Muy distinta a las primeras veces que habían compartido una habitación. Con el paso de las horas comenzaron a trabajar con mayor coordinación. Ya no necesitaban decir qué documento buscaban. Uno alcanzaba los pergaminos mientras el otro los clasificaba. En varios momentos sus manos coincidieron sobre el mismo rollo de papel. Los dos se apartaban al instante, sin decir una palabra. Después de casi dos horas... Ha-jun cerró el último informe. —Solo falta el registro de impuestos del ala norte. —Creo que está en el estante superior —respondió Do-yun. Se acercó a una pequeña escalera de madera. Subió con cuidado. Encontró el pergamino. Cuando intentó bajarlo... uno de los peldaños crujió. ¡Crack! La madera cedió bajo su peso. Todo ocurrió en un instante. Do-yun perdió el equilibrio. El pergamino cayó de sus manos. —¡Han Do! Ha-jun reaccionó por puro instinto. Se levantó de inmediato. Sujetó con fuerza la muñeca de Do-yun antes de que golpeara el suelo. Con la otra mano rodeó su espalda para sostenerlo. El impulso hizo que ambos dieran un par de pasos hacia atrás. Cuando recuperaron el equilibrio... Do-yun seguía entre los brazos del príncipe. El tiempo pareció detenerse. Ninguno habló. Do-yun levantó lentamente la mirada. Encontró los ojos de Ha-jun a muy poca distancia. Podía escuchar su respiración. Y sentir el firme agarre con el que aún lo sostenía. Ha-jun también permaneció inmóvil. Solo entonces notó lo cerca que estaban. Sus corazones latían con fuerza. No por miedo, sino por una sensación completamente nueva para ambos. Fue Do-yun quien reaccionó primero. Se apartó con rapidez. —¡P-Perdón, Su Alteza! Ha-jun retiró lentamente las manos. —No tienes que disculparte. Solo... procura cambiar esa escalera mañana. Parece más vieja que algunos ministros. Do-yun no pudo contener una pequeña risa. —Lo haré. El ambiente volvió a relajarse. Recogieron el pergamino del suelo y terminaron de ordenar la biblioteca. Sin embargo... cuando cada uno regresó a su habitación, ninguno consiguió dormir con facilidad. Do-yun seguía recordando el instante en que el príncipe lo sostuvo antes de caer. Y Ha-jun, sin entender la razón... no conseguía apartar de su mente la expresión avergonzada de Han Do. Sin saberlo... ambos habían dado un pequeño paso hacia un destino que ninguno de los dos esperaba. Fin del Capítulo 13.



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En el texto hay: amor lgbt, social, opuestos se atraen

Editado: 01.08.2026

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