El amanecer llegó sin prisa sobre la capital. La luz grisácea del invierno se filtraba entre las ventanas del Palacio Real, arrastrando consigo el silencio frío de noviembre. Nada parecía distinto a simple vista. Pero el palacio ya no era el mismo. Seo Ha-jun despertó antes de que el sol terminara de levantarse. Permaneció unos segundos mirando el techo. No era cansancio físico. Era otra cosa. Se sentó lentamente en la cama. Y, sin saber por qué, recordó el momento exacto en la biblioteca. La caída. La mano de Han Do sujetándolo. El silencio entre ambos. -... Se llevó una mano a la frente. -Fue un accidente. Se levantó. Pero la frase no logró quedarse firme en su mente. En otra parte del palacio... Kang Do-yun ya estaba despierto. Mucho antes de lo necesario. Estaba de pie junto a la ventana de su habitación asignada. El aire frío entraba en silencio. No había entrenado aún. No había tomado su espada. Solo miraba hacia el patio vacío. Y pensaba. En el mismo instante. En el mismo lugar mental. El mismo recuerdo. -¿Por qué sigo recordando eso...? Cerró los ojos. Su mano se apretó ligeramente contra el marco de la ventana. No era miedo. No era sorpresa. Era incomodidad. Algo que no sabía nombrar. Y eso lo irritaba más. El palacio comenzó a despertar. Sirvientes corriendo por los pasillos. Guardias cambiando turnos. Mensajes entregados de un ala a otra. La rutina seguía. En el patio de entrenamiento... El choque de espadas rompió la calma de la mañana. ¡Clang! Yun Seong-min avanzó con precisión. Ha-jun bloqueó el ataque, pero su postura falló ligeramente. El capitán lo notó de inmediato. Retrocedió. -Otra vez. Ha-jun respiró hondo. -Estoy concentrado. Se lanzaron de nuevo. Clang. Otra vez el mismo patrón. Yun Seong-min detuvo el combate. Bajó su espada. -No estáis concentrado. El silencio se hizo corto. Ha-jun no respondió al instante. Miró la hoja de su espada. -No es nada. -Su Alteza. La voz del capitán fue más firme. Ha-jun cerró los ojos un instante. -...Solo estoy cansado. Yun Seong-min lo observó en silencio. No insistió. Pero tampoco creyó la respuesta. En el área de documentos... Ji-ah organizaba pergaminos sobre una mesa larga. Tenía el cabello ligeramente recogido. El trabajo era constante. Demasiado constante. -Esto nunca termina... Murmuró. Una sombra cayó sobre la mesa. Levantó la mirada. Yun Seong-min estaba allí. Con una nueva pila de documentos. -Traigo los informes de seguridad. Ji-ah lo miró. -¿No descansáis nunca? -El palacio tampoco. Ella soltó una pequeña risa. -Qué respuesta tan aburrida. Seong-min no respondió. Pero dejó los documentos con cuidado. Y por un segundo más de lo necesario... Se quedó ahí. Ji-ah lo notó. -¿Ocurre algo, capitán? Él parpadeó. -No. Y se fue. Ji-ah lo siguió con la mirada. -...Qué hombre tan extraño. Pero no sonaba a crítica. Más tarde... El sol ya estaba más alto. Ha-jun caminaba por un pasillo interior del palacio. Solo. Sin escolta cercana. Sus pasos eran lentos. Demasiado lentos para alguien como él. Entonces se detuvo. Delante de la biblioteca. Vaciló un instante. Luego entró. Do-yun estaba dentro. Ordenando libros. En silencio. Como siempre. Al notar la presencia del príncipe, hizo una reverencia inmediata. -Su Alteza. -Han Do. Ha-jun entró completamente. Cerró la puerta detrás de él. El sonido fue leve. Pero definitivo. Do-yun lo observó un instante. -¿Necesita algo? Ha-jun no respondió de inmediato. Miró los estantes. Los documentos. El orden perfecto. -No. Pausa. -Solo vine aquí. Do-yun parpadeó ligeramente. -Entiendo. Volvieron al silencio. Pero esta vez no era incómodo. Era distinto. Más consciente. Ha-jun tomó un pergamino sin leerlo realmente. Do-yun lo observó de reojo. Y por primera vez en el día... Ambos evitaron pensar en lo mismo. Pero no lo lograron.En algún lugar del palacio... Un mensajero sellaba una carta. El sello del Reino de Min brillaba en cera roja. La tinta aún fresca. El contenido no era público. Pero el mensaje ya había comenzado a moverse. Y el Palacio... ya estaba entrando en una nueva fase. La noche ya había caído sobre el palacio. Las lámparas del pasillo iluminaban tenuemente los corredores vacíos. El aire era frío. Más frío que de costumbre. En la biblioteca privada del príncipe... El trabajo había avanzado en silencio durante horas. Ya no había conversación innecesaria. Solo el sonido de pergaminos al ser movidos. Ha-jun revisaba documentos oficiales. Do-yun organizaba registros militares. Ambos habían aprendido a coordinarse sin hablar. Pero aun así... El ambiente seguía siendo distinto. Más consciente. Más pesado. Cada movimiento parecía tener un eco invisible. -Este informe está incompleto. Do-yun señaló un documento. Ha-jun se inclinó para revisarlo. Demasiado cerca. -Falta el sello del administrador del distrito norte. -Lo noté. Ha-jun tomó el pergamino. Sus dedos rozaron por un instante los de Do-yun. Ninguno habló. Pero ambos lo sintieron. Y ninguno lo ignoró. Pasaron más minutos. Luego horas. El cansancio comenzó a notarse. Ha-jun se recostó un momento en su silla. -Esto es más agotador que entrenar con cien soldados. Do-yun soltó una leve risa. -Y menos peligroso. -No estoy tan seguro. Por primera vez en el día... Ha-jun sonrió ligeramente. Do-yun lo vio. Y apartó la mirada de inmediato. En ese momento... Un guardia real entró rápidamente a la biblioteca. -Su Alteza. Ha-jun levantó la vista. -¿Qué ocurre? -El Rey solicita su presencia inmediata. El ambiente cambió al instante. Do-yun se enderezó. El guardia salió sin añadir más. Ha-jun dejó el pergamino lentamente. -Termina esto sin mí. -Sí, Su Alteza. Do-yun respondió sin dudar. Pero algo en su interior se tensó. Palacio Real - Sala del Rey. El silencio era absoluto. Seo Jin-woo esperaba sentado en su trono. No había ministros. Solo padre e hijo. Ha-jun entró. Hizo una reverencia formal. -Me habéis llamado. El rey no tardó en hablar. -El Reino de Min ha confirmado su posición. Ha-jun no reaccionó. -El compromiso será oficial. Una pausa. -Y el matrimonio se realizará un mes después de Año Nuevo. Silencio. Ha-jun permaneció quieto. Sin expresión. Sin respuesta inmediata. El rey lo observó. -Es una alianza necesaria para la estabilidad del reino. Ha-jun finalmente habló. -Entendido. Solo eso. El rey asintió. -Puedes retirarte. Ha-jun se inclinó levemente. Y salió. Cuando regresó a los pasillos... Nada en su expresión había cambiado. Pero el aire alrededor de él sí. Más pesado. Más cerrado. En la biblioteca... Do-yun lo notó en cuanto volvió a entrar. -Su Alteza... Ha-jun se detuvo un instante. -Seguimos. Do-yun no preguntó nada. Pero entendió que algo había ocurrido. El trabajo continuó. Pero ya no era igual. Ha-jun estaba más silencioso. Más distante. Do-yun lo observaba de reojo sin entender por qué. Llegó el momento del último pergamino. Ha-jun se levantó. -Ese. Do-yun asintió. Subió a la escalera. El mismo crujido. El mismo peligro. -... CRACK. La madera cedió. -¡Han Do! Ha-jun reaccionó de inmediato. Esta vez más rápido. Lo sujetó antes de la caída. Una mano firme en su cintura. La otra en su brazo. Do-yun quedó completamente sostenido contra él. El mundo se detuvo. Por un segundo. El silencio llenó el espacio. Do-yun abrió los ojos. Ha-jun lo sostenía con estabilidad absoluta. Pero esta vez... No era solo reflejo. Había algo más lento en su gesto. Más consciente. -... Ha-jun habló primero. -Te dije que esa escalera es un problema. Do-yun intentó apartarse. -Lo siento... -No te muevas aún. Su voz era baja. Controlada. Do-yun obedeció. Solo un segundo más. Luego Ha-jun lo soltó. Ambos volvieron a distancia. Demasiado rápido. Como si nada hubiera pasado. Pero no era verdad. El silencio volvió. Pero ya no era el mismo. Ha-jun recogió el pergamino. -Terminamos por hoy. Do-yun asintió. -Sí, Su Alteza. Pausa. Ha-jun dudó. -Han Do. -¿Sí? -Gracias. Do-yun bajó la mirada. -Solo cumplí con mi deber. Ha-jun lo observó un instante más. -Lo sé. Pero aun así... Gracias. Do-yun no respondió. Porque no sabía qué parte de él estaba reaccionando. Esa noche... Cuando el palacio cayó en silencio... Ha-jun no pudo dormir. Do-yun tampoco. Pero ninguno pensaba en el matrimonio. Ni en la política. Ni en la guerra. Solo en un instante. Un segundo. Una caída detenida antes del suelo. Y una decisión que ninguno de los dos entendía aún... Pero que ya había empezado a cambiarlo todo. Fin del Capítulo 14.