Bajo la corona de sangre

Capitulo 18: La última noche del año

Cuatro semanas habían pasado. Después de que Ji-ah descubriera a Do-yun como infiltrado. El calendario finalmente marcaba el 31 de diciembre. El último día del año había llegado al Reino de Seo. La nieve cubría los tejados de la capital mientras un viento helado recorría las calles. Aun así, el reino estaba lleno de vida. Comerciantes adornaban sus puestos. Niños jugaban con la nieve. Las familias preparaban la llegada del nuevo año. Y dentro del Palacio Real... Todos trabajaban sin descanso. Aquella noche no sería una celebración cualquiera. Sería el banquete de fin de año más importante de las últimas décadas. Desde muy temprano, decenas de sirvientes recorrían los pasillos transportando enormes arreglos florales, candelabros de plata, manteles bordados y vajillas reservadas únicamente para ocasiones especiales. Las cocinas hervían de actividad. Los chefs reales preparaban platos provenientes de distintos rincones del continente. El aroma del pan recién horneado, la carne asada y las especias llenaban cada rincón del palacio. Mientras tanto... Los músicos ensayaban una y otra vez las piezas que abrirían el banquete. Nada podía salir mal. En los jardines principales... Los jardineros retiraban la nieve de los caminos de piedra. Otros colocaban antorchas y faroles para iluminar el recorrido de los invitados durante la noche. Todo debía verse perfecto. Porque esa celebración representaba mucho más que el final de un año. Era la oportunidad de demostrar la grandeza del Reino de Seo ante todos sus aliados. Las enormes puertas del reino comenzaron a abrirse. Una tras otra fueron llegando carrozas pertenecientes a familias nobles. Condes. Duques. Generales. Ministros. Mercaderes influyentes. Todos descendían elegantemente vestidos mientras los soldados anunciaban sus nombres. Poco después... La delegación del Reino de Min atravesó la entrada principal. El rey Min Seong-hwan. La reina Yoon Hye-jin. El príncipe heredero Min Jae-hyun. Y la princesa Min Seo-ah. Su llegada llamó inmediatamente la atención de todos los presentes. Los rumores sobre un futuro matrimonio entre ambos reinos seguían creciendo. Aunque nadie conocía las verdaderas intenciones que se ocultaban detrás de aquella alianza. Ji-ah caminaba de un lado a otro supervisándolo todo. —Las habitaciones del ala este ya están listas. —Las flores del salón principal también. —Que nadie olvide revisar la mesa de los invitados reales. Los sirvientes respondieron rápidamente antes de continuar trabajando. Ji-ah respiró profundamente. Nunca había visto tanta preparación para una sola noche. Muy cerca de allí... Yun Seong-min daba instrucciones a los soldados. —Quiero vigilancia permanente en cada entrada. —Nadie permanece solo en los jardines. —Duplicad las patrullas exteriores. Los guardias inclinaron la cabeza. —¡Sí, capitán! Do-yun ayudaba discretamente con la organización. Transportaba documentos. Verificaba listas. Guiaba a algunos sirvientes que se habían perdido entre tantos preparativos. Desde fuera... Parecía otro trabajador más. Pero su mente seguía observándolo todo. Cada guardia nuevo. Cada puerta cerrada. Cada rostro desconocido. Nada escapaba a sus ojos. Mientras cruzaba uno de los corredores principales... Escuchó a dos nobles conversar. —He oído que el compromiso entre ambos reinos será anunciado muy pronto. —Será una alianza histórica. —Nadie se atreverá a enfrentarse al Reino de Seo después de eso. Do-yun continuó caminando sin intervenir. Pero aquellas palabras hicieron que recordara los documentos secretos descubiertos semanas atrás. "...No será una alianza." Pensó. "Será el comienzo de algo mucho peor." En el patio central... Seo Ha-jun recibía personalmente a cada invitado. Su porte seguía siendo impecable. Su educación, intachable. Sonreía cuando debía hacerlo. Conversaba con cortesía. Pero quienes lo conocían desde niño notaban una diferencia. Había madurado. Sus ojos transmitían más peso que antes. Como si durante aquellas cuatro semanas hubiera comprendido que cargar la corona significaba mucho más que gobernar. Desde uno de los balcones superiores... El rey Seo Jin-woo observaba toda la escena. Un ministro permanecía detrás de él. —Majestad... Todos los invitados importantes ya han llegado. El rey mantuvo la vista fija en el patio. —¿Y la seguridad? —Está preparada exactamente como ordenó. Un breve silencio llenó el lugar. Los ojos del rey recorrieron lentamente el jardín. Se detuvieron unos segundos sobre Ha-jun. Después... Sobre Do-yun. Una casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro. —Perfecto... Murmuró. —Que comience la última noche del año. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas... Miles de luces iluminaron el Palacio Real. Las puertas del gran salón se abrieron lentamente. La música empezó a sonar. Y uno a uno... Los invitados comenzaron a entrar. La celebración del 31 de diciembre acababa de comenzar. La música llenaba el gran salón. Las conversaciones entre nobles se mezclaban con el sonido de las copas y las risas educadas. Todo parecía tranquilo. Exactamente como debía verse una celebración organizada por la Familia Real. Pero bajo aquella apariencia... Cada persona escondía un objetivo distinto. El rey Seo Jin-woo ocupaba el lugar más alto de la mesa principal. A su derecha se encontraba la familia real del Reino de Min. A su izquierda... La madre de Ha-jun. Seo Ha-jun mantenía la postura perfecta. Respondía con educación a cada noble que se acercaba a saludarlo. Sin embargo, de vez en cuando, sus ojos recorrían el salón. Como si estuviera buscando a alguien. Do-yun permanecía cerca de los sirvientes. Ayudaba con el servicio del banquete. Llenaba copas. Retiraba platos. Observaba. Siempre observaba. Aquellas semanas le habían enseñado que el verdadero peligro casi nunca hacía ruido. Ji-ah pasó junto a él llevando una bandeja. —Todo está saliendo mejor de lo que esperaba. Do-yun sonrió ligeramente. —Eso espero. Ji-ah lo miró durante un instante. Solo ella conocía la verdad que ambos compartían. Pero ninguno podía demostrarla. Todavía. En otra parte del salón... Min Seo-ah conversaba con Ha-jun. —La nieve hace que vuestro reino sea muy hermoso. Ha-jun sonrió con cortesía. —Me alegra que os guste. —Espero que podamos volver a recorrer los jardines antes de regresar. —Será un placer acompañaros. Las palabras eran amables. Pero ambos sabían que estaban siendo observados por decenas de nobles. Todo debía parecer perfecto. Desde el extremo del salón... El rey contemplaba aquella conversación sin cambiar su expresión. Uno de sus ministros se inclinó discretamente. —Majestad... Los nobles parecen satisfechos con la celebración. —Que sigan creyéndolo. Respondió el rey con tranquilidad. La cena continuó durante varias horas. Hubo música. Bailes. Brindis. Y discursos sobre prosperidad y paz. Cuando el reloj se acercaba a la medianoche... Muchos invitados comenzaron a salir hacia la terraza principal para observar los fuegos artificiales preparados para recibir el nuevo año. El gran salón empezó a vaciarse. Ha-jun permaneció unos segundos inmóvil. Luego buscó con la mirada entre los pocos sirvientes que seguían trabajando. Encontró a Do-yun. —Han Do. Do-yun levantó la cabeza. —¿Sí, Su Alteza? Ha-jun habló con un tono más bajo de lo habitual. —Ven conmigo. Necesito hablar contigo. A solas. Do-yun dudó apenas un instante. Luego inclinó la cabeza. —Como ordene. Ambos abandonaron discretamente el salón. Nadie pareció prestarles demasiada atención. Todos estaban pendientes del inicio del nuevo año. Caminaron hasta uno de los balcones laterales del palacio. Desde allí podía verse toda la capital iluminada. Los copos de nieve descendían lentamente. El viento era frío. Pero el silencio entre ambos lo era aún más. Durante unos segundos... Ninguno habló. Finalmente... Ha-jun rompió el silencio. —Últimamente... Has cambiado. Do-yun bajó la mirada. —¿He cometido algún error? —No. Precisamente eso me preocupa. Siempre estás atento. Siempre apareces cuando alguien necesita ayuda. Pero siento que cargas con algo tú solo. Do-yun guardó silencio. No podía responder. No sin poner en riesgo todo. Ha-jun dio un paso hacia él. —No tienes que decirme qué ocurre. Pero... No quiero seguir viendo cómo enfrentas todo tú solo. Las palabras sorprendieron a Do-yun. Nadie le había dicho algo así en mucho tiempo. Las campanas comenzaron a sonar a lo lejos. Doce campanadas. El nuevo año había llegado. Desde la ciudad comenzaron a escucharse vítores. Los primeros fuegos artificiales iluminaron el cielo nocturno. Los colores se reflejaron sobre la nieve. Ha-jun sonrió con sinceridad. Una sonrisa distinta. Más cálida. —Feliz Año Nuevo, Han Do. Do-yun levantó lentamente la vista. Sus ojos se encontraron. No había príncipes. No había guardias. No había reinos. Solo dos personas compartiendo un instante de calma. Ha-jun levantó una mano con cuidado. La apoyó suavemente sobre la mejilla de Do-yun. Como si quisiera comprobar que realmente estaba allí. Do-yun no retrocedió. Solo cerró los ojos por un instante. Y, llevado por aquel momento que ninguno de los dos entendía por completo... Ha-jun acortó la poca distancia que los separaba. Sus labios se encontraron en un beso increíblemente largo. Suave. Lleno de dudas. De alivio. Y de sentimientos que ninguno era capaz de poner en palabras. Cuando ambos se separaron... Ninguno habló. Solo permanecieron mirándose mientras los fuegos artificiales seguían iluminando el cielo. Fin del Capítulo 18.



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En el texto hay: amor lgbt, social, opuestos se atraen

Editado: 01.08.2026

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