Han pasado tres días desde el inicio del nuevo año. El calendario marcaba el 3 de enero. El Palacio Real continuaba funcionando con aparente normalidad, pero bajo la superficie la tensión crecía lentamente. El Reino de Min seguía alojado dentro del palacio como parte de las negociaciones diplomáticas que precedían al compromiso oficial anunciado por el rey. Nadie dentro del palacio tenía margen para bajar la guardia. Do-yun iniciaba su jornada antes que la mayoría del personal. Recorría los pasillos con documentos en mano, cumpliendo sus tareas asignadas sin llamar la atención. Su presencia seguía siendo discreta dentro del palacio. Pero su atención ya no estaba en la rutina. Estaba en lo que había descubierto semanas atrás. Y en lo que aún faltaba por descubrir. En otro sector del palacio, Seo Ha-jun asistía a reuniones formales con miembros de la corte y representantes del Reino de Min. Las conversaciones giraban en torno a alianzas, estabilidad y el futuro compromiso político anunciado por el rey. Ha-jun escuchaba en silencio la mayor parte del tiempo. Respondía cuando era necesario, pero su expresión no revelaba demasiado. En los jardines interiores, Ji-ah organizaba tareas con la precisión de siempre. Sin embargo, de vez en cuando desviaba la mirada hacia ciertos movimientos dentro del palacio. Había notado cambios en los últimos días. No solo en la seguridad, sino también en el comportamiento de Ha-jun y Han Do. Aun así, permanecía en silencio. Observaba. En la zona de entrenamiento, Yun Seong-min supervisaba el relevo de la guardia. —Duplicad la vigilancia en los accesos norte y este. El Reino de Min aún no ha mostrado intenciones claras de retirarse. Uno de los soldados dudó antes de preguntar. —Capitán... ¿cree que representan una amenaza? Seong-min permaneció unos segundos en silencio antes de responder. —En este palacio... todo puede convertirse en una amenaza. Mientras tanto, en una sala privada del palacio, el rey Seo Jin-woo revisaba informes diplomáticos junto a la reina Han So-ra. La reina habló con calma. —El Reino de Min prolonga su estancia más de lo esperado. El rey no apartó la vista de los documentos. —Es parte del proceso. Han So-ra lo observó fijamente. —¿O parte de vuestro plan? Seo Jin-woo cerró el informe con tranquilidad. —Ambas cosas pueden ser verdad. El silencio permaneció unos segundos entre los dos. La reina decidió no insistir. El rey dejó el documento sobre la mesa y habló con un tono más firme. —Necesito algo más. Un sirviente que no despierte sospechas. Alguien cercano al príncipe heredero. La reina frunció ligeramente el ceño. —¿Para qué propósito? El rey respondió sin vacilar. —El Reino de Min ha traído consigo demasiadas miradas al palacio. Y Ha-jun está siendo observado más de lo necesario. Quiero un sirviente excepcional a su servicio. Uno que sea transferido fuera de su entorno directo. La reina mantuvo la mirada sobre él. —¿Transferido? El rey asintió lentamente. —Al nuevo establecimiento del reino aliado. Un restaurante elegante recién inaugurado bajo supervisión diplomática. Allí trabajará como personal de confianza. Ya no dependerá de órdenes directas dentro del palacio. Será una transición controlada... y útil. En los archivos reales, Do-yun pasó frente al acceso restringido. Se detuvo apenas un instante. Las medidas de seguridad habían aumentado. Ya no parecía una casualidad. Alguien había modificado todo el sistema. —Me están observando... —murmuró para sí antes de continuar caminando. En otro punto del palacio, Ha-jun terminó una reunión y salió solo hacia un pasillo lateral. Se detuvo frente a una ventana y observó la nieve caer lentamente sobre la ciudad. El peso de las decisiones recientes no desaparecía. Solo cambiaba de forma. El resto del día transcurrió sin incidentes visibles. Pero dentro del palacio cada movimiento era registrado. Cada conversación era evaluada. Y cada decisión ya estaba siendo preparada por alguien más. En el ala del príncipe heredero, Ha-jun recibió un documento oficial. No contenía ninguna explicación adicional. Solo una orden sellada con la autoridad del rey. Han Do sería trasladado fuera del servicio interno del palacio. Su nuevo destino sería un establecimiento diplomático del reino aliado, recientemente inaugurado bajo supervisión política. Ha-jun leyó la orden una vez. Después la dejó lentamente sobre la mesa. Su expresión cambió de inmediato. Sus manos se cerraron con fuerza. —...Así que ya está decidido. Su voz apenas fue un susurro, cargado de frustración. Quería oponerse. Quería impedirlo. Pero sabía que enfrentarse directamente a una decisión del rey solo empeoraría la situación. Dentro del palacio, las decisiones importantes casi nunca se discutían con él. Simplemente se imponían. Minutos después, en los pasillos exteriores, un oficial encontró a Do-yun. —Han Do. Habéis sido asignado a servicio externo. Partiréis en breve. No hubo explicaciones. No hubo contexto. Solo la orden. Do-yun escuchó atentamente cada palabra. Comprendió de inmediato que no se trataba de un ascenso ni de un castigo evidente. Era un movimiento calculado. Una nueva posición dentro del tablero. Bajó ligeramente la cabeza. —Entendido. No mostró oposición. Pero en su interior comprendió que obtener información sería mucho más difícil. Y mantenerse cerca de Ha-jun dejaría de ser posible. Aun así, fuera del palacio ya no vivirían bajo las mismas reglas. Podrían verse como dos personas normales... si el destino se los permitía. Desde el patio interior, Ji-ah observó el movimiento de documentos entre los guardias, los cambios de turno y las nuevas rutas de vigilancia. Cuando alcanzó a Do-yun, habló en voz baja. —Esto no parece normal... Do-yun siguió caminando sin detenerse. —En este lugar... pocas cosas lo son. Ji-ah apretó los labios. Quiso decir algo más, pero comprendió que aquel no era el momento. En la zona de entrenamiento, Yun Seong-min revisó la orden de traslado. No mostró ninguna reacción. Solo devolvió el documento y continuó con sus responsabilidades. En el despacho de la reina Han So-ra, la reina no ocultaba su preocupación. —Ha-jun no recibirá bien esta decisión. El rey respondió con absoluta calma. —Estoy ajustando el equilibrio interno del palacio. La reina lo observó fijamente. Seo Jin-woo cerró el documento con tranquilidad. —Es necesario. En otro pasillo del palacio, Ha-jun caminaba completamente solo. La orden seguía entre sus manos. Sus ojos permanecían fijos en el papel, aunque hacía rato había dejado de leerlo. Sentía rabia. Una impotencia que apenas conseguía ocultar. Al llegar frente a una ventana, se detuvo. Durante un instante permaneció inmóvil, como si esperara que Han Do apareciera una vez más por aquel corredor, con una excusa cualquiera para acercarse. Incluso imaginó, por un segundo, que volvería a despedirse con aquel beso que compartieron lejos del palacio. Pero el pasillo permaneció vacío. El silencio fue la única respuesta. Ha-jun cerró lentamente los ojos. No dijo una sola palabra. Sin embargo, su mirada se endureció poco a poco. En el ala exterior, Do-yun guardó sus pocas pertenencias. Lo hizo sin ceremonia. Sin despedidas. Sin mirar atrás. Mientras tanto, el palacio continuaba funcionando como si nada hubiera ocurrido. Los guardias seguían cambiando turnos. Los sirvientes obedecían órdenes. Los ministros recorrían los pasillos con absoluta normalidad. Todo seguía igual. Excepto el lugar que él ocupaba dentro de aquel sistema. En la sala del trono, Seo Jin-woo permanecía frente al gran mapa del reino. Su dedo recorrió lentamente una de las rutas principales antes de detenerse. —Cuando una variable comienza a alterar el entorno cercano del heredero... —hizo una breve pausa—...se redefine su posición. Sus dedos descansaron sobre la mesa. —Sin excepciones. El Palacio Real permanecía envuelto en una calma aparente. Pero bajo esa tranquilidad... una pieza importante del tablero acababa de ser desplazada. Fin del Capítulo 20.
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Editado: 25.08.2026