Bajo la corona de sangre

Capitulo 22: Desequilibrio

El palacio seguía funcionando como si nada hubiera ocurrido. Pero Ha-jun no. En la sala del príncipe heredero... Ha-jun permanecía de pie frente a su escritorio, completamente inmóvil. Las lágrimas recorrían su rostro mientras intentaba asimilar todo lo que había escuchado. Estaba confundido, asustado y profundamente perturbado. Las palabras de Do-yun no dejaban de repetirse en su mente, una y otra vez. Por primera vez, Ha-jun no sabía qué pensar. Si lo que Do-yun había dicho era verdad, entonces nada de lo que creía conocer sobre su familia, su padre y su propia posición en el reino podía darse por seguro. —No puede ser... Su voz salió entrecortada. Ha-jun se llevó una mano al pecho, intentando calmar la respiración mientras las lágrimas continuaban cayendo. —¿Por qué...? No encontraba una respuesta. Y, por primera vez, el palacio que siempre había considerado su hogar comenzó a sentirse como un lugar desconocido. En los pasillos exteriores... Ji-ah pasó cerca de la entrada de la sala del príncipe. Se detuvo un instante. No entró. Pero sintió algo distinto. La atmósfera dentro de esa habitación no era la misma de siempre. —El rey tiene un hijo menor... Aquella frase seguía resonando en la mente del príncipe. Ha-jun apretó ligeramente el borde del escritorio. Sus nudillos palidecieron mientras intentaba contener la mezcla de rabia, miedo y confusión que se había apoderado de él. Su expresión se endureció. —Te odio, Han-do... Al menos, si ese es realmente tu nombre. Las lágrimas volvieron a deslizarse por su rostro. Después bajó la mirada. —Y te odio a ti también, padre... Su voz tembló. —Si todo lo que escuché es verdad... entonces no puedo seguir aquí. Ha-jun respiró profundamente, intentando recuperar la calma. —Creo que debo abandonar mi cargo como príncipe heredero cuanto antes. Lo dijo en un murmullo, pero aquella decisión comenzaba a tomar forma en su mente. Por primera vez, Ha-jun ya no quería luchar por un trono en el que ni siquiera estaba seguro de tener un lugar. —Su Alteza no ha salido en horas… Murmuró uno de los sirvientes. Ji-ah no respondió. Solo observó la puerta cerrada. En la zona de guardias... Yun Seong-min revisaba reportes habituales. Nada había sido registrado como incidente. En la sala del príncipe heredero... Ha-jun finalmente se movió. Abrió el informe del establecimiento diplomático. Lo leyó otra vez. Más lento. Más atento. Cada línea parecía distinta ahora. No por el contenido. Sino por lo que implicaba. —Todo esto está conectado… Murmuró. En el restaurante diplomático... Do-yun continuaba trabajando. Pero su ritmo era distinto. Más deprimido.. Menos apasionado. Y eso lo noto el jefe de ese lugar.. Do-yun se detuvo en medio del pasillo. Permaneció inmóvil durante unos segundos antes de dirigir la mirada hacia el área principal de servicio. Su expresión estaba vacía, pero sus ojos aún reflejaban el dolor de lo ocurrido. —Ya lo dije... Bajó la mirada. —Y cambié todo. Sus manos temblaron ligeramente. Entonces, una voz comenzó a resonar en su propia mente. —¿Realmente crees que eras el indicado para esta misión, Do-yun? Do-yun cerró los ojos con fuerza. —¿Realmente crees que podías hacerlo? La voz continuó, cada vez más insistente. —Te enviaron para cumplir una misión, no para enamorarte. Do-yun se llevó una mano al rostro. —Cállate... Pero aquella voz no desaparecía. —Míralo ahora. Lo perdiste. Do-yun apretó los dientes mientras intentaba contener las lágrimas. —Yo solo quería protegerlo... Su voz se quebró. —Entonces... ¿por qué siento que fui yo quien terminó destruyéndolo todo? Apretó los labios. Y siguió caminando. En la sala del trono... El rey Seo Jin-woo permanecía frente al gran mapa del reino, observando con atención cada una de las marcas señaladas sobre él. El punto correspondiente al establecimiento diplomático seguía marcado. Sin embargo, ahora había algo más que había captado su atención: el movimiento del príncipe heredero después de su regreso. La puerta de la sala se abrió de golpe. Ha-jun entró con el rostro empapado en lágrimas y una expresión cargada de rabia. —¡PADRE! El rey levantó lentamente la mirada. Su reacción fue inmediata. —Háblame con un tono más respetuoso. Te recuerdo que soy mayor que tú. Ha-jun apretó los puños. Por un momento intentó mantenerse firme, pero las lágrimas volvieron a caer por su rostro. Finalmente, se arrodilló frente al trono. —¿Por qué...? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué tenías que arruinarme la vida? Bajó la cabeza. —Yo fui un buen hijo... ¿Por qué? El rey lo observó con frialdad. —¿Buen hijo? Se levantó lentamente de su asiento. —Un parásito como tú jamás merecería heredar este reino. Ha-jun levantó la mirada, sorprendido. —¿Qué...? —¿Te gustan los hombres? —continuó el rey—. Te besaste con uno y ahora pretendes culparme por lo que eres. Su expresión se endureció. —Preferiría tener otro hijo antes que un inútil como tú. Ha-jun permaneció en silencio durante unos segundos. Luego, su expresión cambió. La tristeza desapareció de su rostro y fue reemplazada por una furia contenida. —¿Preferirías? Se puso lentamente de pie. —Ya tienes otro. El rey se quedó inmóvil. —¿Por qué no me quitas el título de príncipe heredero y se lo entregas a él? Después de todo, según tú, solo soy un parásito en este lugar. Los ojos del rey se abrieron ligeramente. —¿Cómo lo sabes? Ha-jun soltó una pequeña risa amarga entre las lágrimas. —Un espía que me tiene completamente loco me lo contó. Hizo una pausa. —Y, aunque todavía no entiendo por qué ese hombre consigue volverme loco de esta manera... sé algo con certeza. Lo miró directamente a los ojos. —Prefiero estar lejos de ti antes que seguir viviendo bajo el mismo techo. El rey entrecerró los ojos. —Oh... Han-do. Una sonrisa fría apareció en su rostro. —Lo sabía. Ese chico nunca me dio buenas vibras. Ha-jun sintió un escalofrío. Entonces el rey habló con absoluta frialdad: —Desde este momento, dejarás de ser el príncipe heredero. Ha-jun apretó los dientes. —Y Han-do será condenado a muerte. —¡No! Ha-jun dio un paso hacia adelante. —Han-do no tiene la culpa de que tú seas un padre horrible, cegado por tus propios pensamientos inútiles. Su voz temblaba de rabia. —Yo lo amo. El rey permaneció en silencio. —Y tú no vas a quitarme el derecho de amarlo. Ha-jun respiró profundamente. —Desde este momento me iré del palacio. Me alejaré de este reino y viviré lejos de aquí junto a Han-do. El rey soltó una risa baja. Ha-jun lo observó con desconfianza. Lo que el rey no sabía era que Ha-jun ya había pensado en esa posibilidad. Antes de entrar en la sala del trono, había enviado un mensaje secreto a Do-yun. «Vete. Ahora. No regreses al palacio. Aléjate todo lo que puedas.» Do-yun ya debía estar huyendo. El rey, sin embargo, continuaba sonriendo. Creía haber ganado. Sabía que Ha-jun tendría que abandonar el palacio para buscar a Han-do y, según sus cálculos, eso terminaría llevando a ambos directamente hacia sus manos. Pero el rey había cometido un error. Había subestimado a su propio hijo. Y, esta vez, Ha-jun no pensaba regresar. El rey apoyó lentamente los dedos sobre la mesa. Su mirada permaneció fija en Ha-jun. —Lárgate de aquí. Ha-jun levantó la mirada. —Diré que has recibido una misión lejos de la capital. Te irás solo, sin guardaespaldas. El rey hizo una breve pausa. —Y mientras estés fuera, ordenaré que asesinen a Han-do. Ha-jun sintió que el corazón se le detenía. Sabía que no tenía otra opción. Si se quedaba, Do-yun moriría. Sin decir una palabra más, Ha-jun se dio la vuelta y abandonó la sala del trono. Cada paso que daba por aquel pasillo parecía pesarle más que el anterior. Pero había algo que le dolía incluso más que alejarse de Han-do. Si abandonaba el palacio, también estaría renunciando a aquello por lo que había luchado durante tantos años. Su sueño de convertirse en un rey diferente. Un rey capaz de cambiar el mundo. Un rey que pudiera construir un lugar mejor para todos, sin importar su posición, su origen o su condición. Ha-jun cerró los ojos por un instante. —¿De qué sirve un trono... si para conservarlo tengo que perderlo todo? Y, por primera vez en días... el sistema del palacio y el plan del rey habían funcionado. Ha-jun había sido obligado a abandonar el lugar que algún día esperaba transformar. Y el rey, por el momento, había conseguido exactamente lo que quería. Un nuevo día comenzó en la capital. La ciudad seguía su flujo habitual, pero bajo una tensión invisible. En las calles principales... El anuncio oficial ya había sido difundido: “El príncipe heredero se encuentra en misión especial fuera del palacio.” Los rumores ya deformaban la verdad. Pero nadie conocía su rostro en movimiento ese día. En una avenida secundaria de la capital... Do-yun caminaba entre la multitud. Sin identidad de infiltración. Sin misión, solo como un ciudadano más. Se detuvo. El ambiente cambió. Tres presencias se movían cerca. No eran guardias comunes. Eran entrenadas. En otro punto de la calle... Un hombre con capa oscura avanzaba entre la gente. Su rostro no era visible. Ni su postura lo delataba. Para la mayoría, era solo un viajero más. Pero Do-yun ya sabía que era Ha-jun, por qué el le había dicho que sería un hombre encapuchado. Ha-jun. Oculto bajo su identidad de misión. El susurro a Do-yun que tenían que irse. Las tres figuras enviadas por el rey ya se encontraban en la capital. Moviéndose en silencio. Buscando una señal. Do-yun notó primero el peligro. —Están aquí… Murmuró. En la multitud... Do-yun dio un paso hacia una calle lateral. Ha-jun lo siguió. El ruido del mercado se volvió lejano. Ya estaban llegando a su casa. En el cruce de callejones... Do-yun se detuvo. La figura con capa también. Silencio. Do-yun habló primero. —Creo que ya estamos a salvo. Ha-jun no respondió de inmediato. Luego bajó ligeramente la cabeza. —Si, creo. —Bueno, sigamos caminando. Será un viaje un poco largo. Después de un rato, Do-yun se detuvo y retrocedió un paso. Miró a Ha-jun con cierta preocupación antes de hablar. —Cuando lleguemos, yo tocaré la puerta. Tú entrarás como Ha-jun, no como el príncipe heredero, ¿de acuerdo? Ha-jun asintió. —Les pediré que no digan nada y después les explicaré toda la situación a mi madre. Confía en mí. —De acuerdo —respondió Ha-jun. Ambos continuaron su camino, sin saber que, mientras ellos se alejaban del palacio, el rey ya había comenzado a ejecutar su siguiente movimiento. En el reino... El rey Seo Jin-woo se puso en contacto con uno de los reinos aliados. —Lamento informarles que el príncipe Ha-jun ha sido enviado a una misión lejos de la capital. Además, ya no ocupará el puesto de príncipe heredero. Los representantes del reino aliado intercambiaron miradas. —¿Y quién ocupará su lugar? El rey sonrió. —Mi hijo mayor. Aquella afirmación era una mentira. El supuesto hijo mayor no era más que una identidad inventada por el rey para ocultar la existencia de su verdadero hijo menor. —Durante años estuvo realizando una misión secreta fuera del reino —explicó—. Por esa razón, su existencia nunca fue anunciada públicamente. El reino aliado aceptó la explicación. Poco después, ambas partes llegaron a un nuevo acuerdo. El supuesto hijo mayor del rey contraería matrimonio con la princesa del reino aliado en febrero. Sin embargo, el matrimonio jamás había sido el verdadero objetivo de Seo Jin-woo. Su intención era mucho más ambiciosa. Pretendía destruir el reino aliado y apoderarse de sus territorios. Mientras tanto, en la capital, el rey presentó oficialmente al supuesto nuevo príncipe heredero. La noticia se extendió rápidamente por todo el reino. La mayoría aceptó al nuevo heredero sin cuestionar su origen. Y así comenzó una nueva era. Una era en la que Seo Ha-jun ya no era el príncipe heredero. Para el reino, había dejado de ser parte de la familia real. Y, para Ha-jun, su familia parecía haber desaparecido por completo. Ya no tenía un título. Ya no tenía un lugar en el palacio. Ya no podía confiar en su padre. Solo le quedaba una persona. Do-yun. La única persona que amaba y en quien todavía podía confiar. Mientras tanto, dentro del palacio, la madre de Ha-jun permanecía preocupada por la desaparición de su hijo. Sin embargo, había algo que ella sabía y que jamás se había atrevido a revelar. Aquel supuesto nuevo heredero no era realmente el hijo que ella había tenido. Ella conocía una parte de la verdad. Sabía que Seo Jin-woo había tenido otro encuentro con otra mujer y que, desde entonces, había mantenido aquella existencia en secreto. Pero nunca imaginó que ese secreto terminaría cambiando por completo el destino de Ha-jun. Fin del Capítulo 22




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