Bajo la corona de sangre

Capitulo 25: Heredero oculto

La noche volvía a envolver el Palacio Real. Habían transcurrido varios días desde que el rey anunciara ante la nobleza la existencia de un nuevo príncipe heredero. Poco a poco... Los rumores sobre Seo Ha-jun comenzaban a desvanecerse. Y un nuevo nombre ocupaba lentamente su lugar. En el ala que durante años había pertenecido al príncipe heredero... Un joven permanecía inmóvil frente a una ventana. Observaba en silencio los jardines iluminados por la luz de la luna. Vestía las túnicas reservadas a la familia real. Aún no terminaba de sentirse cómodo con ellas. Su nombre era Seo Min-jae. El hijo menor del rey Seo Jin-woo. El príncipe cuya existencia había permanecido oculta desde su nacimiento. Unos golpes suaves resonaron en la puerta. —Adelante. La puerta se abrió lentamente. El rey entró en la habitación. Los sirvientes hicieron una profunda reverencia antes de retirarse en absoluto silencio. Cuando la puerta volvió a cerrarse, solo quedaron padre e hijo. Seo Jin-woo recorrió la estancia con la mirada. Nada había cambiado. Los mismos muebles. Los mismos estantes. La misma distribución. Aquella habitación seguía siendo la del antiguo príncipe heredero. Lo único diferente era la persona que ahora la habitaba. —¿Te has adaptado al palacio? preguntó el rey. Min-jae guardó silencio unos instantes antes de responder. —Todavía no. Bajó la vista. —Han pasado varios días desde mi llegada... pero todo sigue resultándome extraño. Hizo una breve pausa. —Viví toda mi vida lejos de este lugar. Ahora debo aprender sus normas, sus costumbres... y el papel que esperan que desempeñe. Seo Jin-woo permaneció en silencio. Min-jae respiró profundamente. —Padre... Hay algo que llevo preguntándome desde que llegué. El rey dirigió su mirada hacia él. —Habla. —¿Por qué tuve que vivir oculto durante tantos años? La habitación quedó completamente en silencio. Seo Jin-woo caminó hasta la ventana. La madrugada apenas comenzaba a iluminar las montañas que rodeaban el refugio rebelde. El campamento permanecía en silencio. Solo algunos centinelas recorrían el perímetro mientras el resto de los rebeldes descansaba. Dentro de una pequeña cabaña... Kang Do-yun terminaba de prepararse. Sobre la mesa descansaba un pequeño pergamino sellado con cera negra. No contenía nombres. No mencionaba a la rebelión. Solo una serie de frases y símbolos que Lady Eun Ji-ah sabría interpretar. Do-yun bajo la mirada. Pero claramente sabía que hacer. Después abandonó la cabaña. Cuando Do-yun salió al exterior... Seo Ha-jun ya lo esperaba. El antiguo príncipe vestía ropa sencilla. Muy distinta a las túnicas reales que había llevado toda su vida. Durante unos instantes... Los dos comprendían el riesgo de aquella misión. Ha-jun rompió el silencio. —¿Estás listo? —Sí. —Mi padre habrá reforzado la vigilancia en toda la capital. —Precisamente por eso debo moverme antes de que imagine nuestro siguiente paso. Ha-jun bajó la mirada unos segundos. —Sigo odiando dejar que vayas solo. Do-yun sonrió con suavidad. —No vas a dejarme ir. Voy porque ambos elegimos este camino. Ha-jun levantó la vista. Sus ojos reflejaban preocupación. Pero también confianza. —Regresa. Eso es todo lo que te pido. Do-yun dio un paso hacia él. Tomó con delicadeza su rostro entre las manos. —Volveré. Ha-jun sostuvo una de sus manos. —Promételo. —Lo prometo. Sin añadir una palabra más... Do-yun unió sus labios con los de Ha-jun. Fue un beso breve. Sereno. Una promesa silenciosa de que aquel no sería su último encuentro. Al separarse, ambos permanecieron unos segundos con la frente apoyada. Después... Do-yun dio media vuelta. Y comenzó a descender por el sendero que conducía hacia la capital. Ha-jun permaneció inmóvil hasta que su figura desapareció entre los árboles. Solo entonces regresó lentamente al refugio. Varias horas después... Do-yun llegó a las afueras de la capital. Ya no llevaba la ropa que había utilizado como sirviente del palacio. Aquella identidad había muerto. En su lugar vestía como un comerciante itinerante. Una carga de telas colgaba sobre uno de sus hombros. Su cabello estaba recogido de una forma distinta y una ligera barba postiza modificaba parte de su rostro. Nadie prestó atención cuando atravesó la puerta principal de la ciudad. Era un hombre más entre decenas de viajeros. Exactamente lo que necesitaba. El punto de encuentro había sido elegido con cuidado. Una pequeña tienda de incienso situada a pocas calles del Palacio Real. Ji-ah acudía allí con frecuencia para comprar hierbas aromáticas destinadas a los aposentos reales. Do-yun esperó pacientemente. Hasta que la vio aparecer. Ella entró en la tienda sin notar su presencia. Solo cuando pasó a su lado... Él habló en voz baja. —Lady Ji-ah. La joven se detuvo apenas un instante. Reconoció la voz antes que el rostro. Giró con discreción. Sus ojos se encontraron con los de Do-yun. No mostró sorpresa. Solo alivio. —Llegaste antes de lo previsto. —Era necesario. Ji-ah observó rápidamente los alrededores. No había nadie prestándoles atención. Do-yun aprovechó ese instante para deslizar el pequeño pergamino entre los pliegues de la manga de la joven. —Memorízalo y destrúyelo. Ella asintió. —¿Qué debo hacer? —Busca a Yun Seong-min. Nadie más. Explícale que la rebelión no busca una guerra. Necesitamos pruebas. Órdenes firmadas. Registros del Consejo. Todo lo que demuestre cómo el rey ha manipulado el reino desde las sombras. Ji-ah respiró lentamente. —Será difícil. —Lo sé. —Pero lo conseguiré. Do-yun inclinó ligeramente la cabeza. —Confiamos en ti. Sin esperar una respuesta... Se alejó mezclándose entre la multitud. Ji-ah permaneció inmóvil unos segundos. Después regresó al palacio ocultando el pergamino entre sus ropas. La noche volvió a caer sobre el Palacio Real. Los pasillos permanecían silenciosos. Las antorchas iluminaban débilmente los corredores. Ji-ah caminaba de regreso a sus aposentos cuando unas voces procedentes de una sala cercana llamaron su atención. Se detuvo. La puerta estaba apenas entreabierta. Con cuidado... Se acercó lo suficiente para escuchar. En el interior se encontraba Seo Jin-woo acompañado por dos altos funcionarios. Uno de ellos desplegó un mapa sobre la mesa. El rey señaló lentamente el territorio del Reino de Min. —Ha llegado el momento de ejecutar la siguiente fase. Uno de los funcionarios dudó. —Majestad... si el Reino de Min descubre nuestras verdaderas intenciones... Seo Jin-woo no apartó la vista del mapa. —No las descubrirán. Creerán que seguimos negociando una alianza. Mientras tanto... Prepararemos el golpe definitivo. Ji-ah sintió cómo su respiración se detenía. El rey... No pretendía mantener la paz. Estaba utilizando la alianza como una trampa. Retrocedió un paso lentamente. Sin hacer el menor ruido. Apretó con fuerza el pergamino oculto entre su manga. Aquella información podía convertirse en la primera prueba capaz de derrumbar el sistema de Seo Jin-woo. Y debía llegar cuanto antes a manos de la rebelión. Fin del capítulo 25.




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