Bajo la corona de sangre

Capitulo 26: Encuentros

10 de enero. La nieve seguía cubriendo las montañas que rodeaban el refugio rebelde. El amanecer apenas comenzaba a iluminar el bosque. Dentro de la casa de la familia Kang... El calor de la chimenea hacía olvidar, aunque solo fuera por un momento, el frío del exterior. En una de las habitaciones... Seo Ha-jun permanecía profundamente dormido. Kang Do-yun lo abrazaba con suavidad desde atrás. Desde que ambos habían llegado al refugio... Compartían la misma habitación. Y, casi sin darse cuenta... También habían convertido aquellas tranquilas mañanas en parte de su nueva rutina. Muy lejos habían quedado los días en que uno era un príncipe heredero y el otro un sirviente infiltrado. Ahora... Solo eran dos jóvenes que habían encontrado un lugar donde podían descansar sin miedo. Los primeros rayos del sol atravesaron la pequeña ventana. Ha-jun abrió lentamente los ojos. Sintió el brazo de Do-yun rodeando su cintura. Una leve sonrisa apareció en su rostro. Con cuidado, acarició la mano que lo sujetaba. Do-yun abrió los ojos unos segundos después. Al verlo despierto... Sonrió. —Buenos días. —Buenos días. Respondió Ha-jun. Durante unos instantes permanecieron observándose en silencio. Era un silencio tranquilo. Uno que ninguno de los dos quería romper. Finalmente... Do-yun habló. —Hoy es diez de enero. Ha-jun asintió. —Sí. —Entonces faltan tres días para mi cumpleaños. Ha-jun parpadeó con sorpresa. —¿Tu cumpleaños es el trece? —Así es. El antiguo príncipe sonrió. —Entonces será el primer cumpleaños que pueda pasar contigo. Do-yun sostuvo su mirada. —Espero que también sea el primero de muchos. Ha-jun acercó lentamente su rostro. Depositó un pequeño beso sobre los labios de Do-yun. Breve. Suave. Como un simple "buenos días". Cuando se separaron... Do-yun dejó escapar una pequeña risa. —Creo que ya recibí un regalo antes de tiempo. Ha-jun sonrió sin responder. En ese momento... Una voz se escuchó desde el otro lado de la puerta. —¡Hermano! ¡Ha-jun! ¡Mamá dice que el desayuno ya está listo! Era Kang Ha-eun. Los dos se miraron. Y no pudieron evitar reír. —Será mejor bajar. Dijo Ha-jun. Do-yun asintió. Ambos se vistieron y salieron de la habitación. El desayuno ya estaba servido. Kang Mi-young terminaba de colocar los últimos platos sobre la mesa. Al verlos entrar... Les dedicó una cálida sonrisa. —Buenos días. —Buenos días, madre. Respondió Do-yun. Ha-jun hizo una ligera inclinación de cabeza. —Buenos días. Ha-eun comenzó a comer apenas todos estuvieron sentados. Pero apenas unos segundos después... Volvió a mirar a su hermano. —Solo faltan tres días. Do-yun sonrió. —Parece que llevas la cuenta mejor que yo. —¡Claro! Voy a preparar algo especial. Mi-young soltó una pequeña risa. —Desde que comenzó enero no habla de otra cosa. La niña infló ligeramente las mejillas. —Porque los cumpleaños solo llegan una vez al año. Do-yun revolvió con cariño el cabello de su hermana. —Con estar todos juntos ya será suficiente para mí. Mi-young observó la escena en silencio. Aquel hogar volvía a sentirse completo. Incluso Ha-jun... Quien apenas unas semanas atrás vivía rodeado de protocolos y sirvientes... Comenzaba a sentirse parte de aquella familia. Mientras continuaban desayunando... Ha-jun dejó lentamente el cuenco sobre la mesa. Permaneció unos segundos pensativo. Hasta que habló. —Hay algo que quería comentarles. Todos levantaron la vista. —He decidido buscar trabajo. El silencio se apoderó de la mesa. Do-yun fue el primero en reaccionar. —¿Trabajo? Ha-jun asintió con tranquilidad. —No quiero quedarme sin hacer nada mientras todos trabajan para mantener este lugar. Quiero aportar igual que los demás. Mi-young sonrió con amabilidad. —No estás obligado a hacerlo. Eres parte de esta familia. Ha-jun negó lentamente. —Precisamente por eso quiero hacerlo. No deseo ser una carga para nadie. Do-yun comprendía perfectamente aquella forma de pensar. Después de todo... Él habría dicho exactamente lo mismo. —¿Qué clase de trabajo piensas buscar? Preguntó. —Algo sencillo. Ayudar a comerciantes. Transportar mercancías. Lo que encuentre cerca de las aldeas. Do-yun frunció ligeramente el ceño. —Puede ser peligroso. Todavía existe la posibilidad de que alguien te reconozca. Ha-jun asintió. —También pensé en eso. Por esa razón utilizaré otro nombre. Ha-eun lo miró con curiosidad. —¿Cuál? —Ja-nuk. Respondió Ha-jun. —Mientras esté fuera del refugio, nadie sabrá quién soy realmente. Solo conocerán a Ja-nuk. Mi-young permaneció pensativa unos instantes. Finalmente sonrió. —Mientras tengas cuidado... No me opondré. Pero prométeme que siempre regresarás antes del anochecer. —Lo prometo. Do-yun observó a Ha-jun durante unos segundos. Después sonrió. —Entonces espero que Ja-nuk tenga tanta suerte encontrando trabajo como Seo Ha-jun entrenaba todos los días con la espada. Todos soltaron una pequeña risa. Incluso Ha-jun. Y, por un momento... La guerra. La rebelión. Y el peso de la corona... Parecieron quedar muy lejos. Sin que nadie más lo supiera... Ha-jun tenía un motivo más para buscar trabajo. Dentro de tres días... Do-yun cumpliría veinte años. Y quería regalarle algo. No como un príncipe. Sino como Ja-nuk... Un joven común que deseaba hacer sonreír a la persona que amaba. La tarde llegó lentamente al refugio rebelde. El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, tiñendo la nieve de un tenue color anaranjado. Frente a la casa de la familia Kang... Seo Ha-jun terminaba de ajustar la sencilla capa de viajero que Kang Mi-young le había prestado. Las elegantes vestimentas del antiguo príncipe habían quedado atrás. Ahora vestía como cualquier joven de las aldeas cercanas. Do-yun salió de la casa. Lo observó de arriba abajo. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. —Te ves diferente. Ha-jun sonrió. —Supongo que ese era el objetivo. —Ahora sí pareces un comerciante. —Espero que los demás también lo crean. Do-yun dio un paso hacia él. Acomodó ligeramente el cuello de su capa. —Ten cuidado. No todos olvidaron el rostro del antiguo príncipe heredero. Ha-jun asintió. —Lo tendré. Hubo un breve silencio. —Entonces... ¿Ya no debo llamarte Seo Ha-jun? Preguntó Do-yun con una pequeña sonrisa. Ha-jun negó suavemente. —Solo mientras esté fuera del refugio. Desde hoy... Seré Ja-nuk. Do-yun soltó una pequeña risa. —Bien. Buena suerte, Ja-nuk. Antes de marcharse... Ha-jun tomó suavemente el rostro de Do-yun entre sus manos. Depositó un breve beso sobre sus labios. —Volveré antes del anochecer. —Te estaré esperando. Ha-jun sonrió por última vez. Luego emprendió el camino hacia la aldea. Sin que Do-yun lo supiera... Ya había decidido cuál sería el primer uso del dinero que ganara. Poco después... Do-yun también abandonó la casa. Se dirigió hacia una de las construcciones ocultas entre los árboles. Aquel lugar servía como punto de reunión de la rebelión. Al entrar... Baek Hyun-soo levantó la vista. —Has llegado. —¿Ha venido algún mensajero? Preguntó Do-yun. El líder negó lentamente. —Todavía no. Do-yun observó el mapa extendido sobre la mesa. —Han pasado varios días... Ji-ah debería haber conseguido algo. —Paciencia. Respondió Hyun-soo. —Si se apresura, solo conseguirá levantar sospechas. Do-yun asintió. Sabía que tenía razón. Pero la incertidumbre comenzaba a inquietarlo. Mientras tanto... En el Palacio Real... Lady Eun Ji-ah caminaba por uno de los largos pasillos de los archivos. Sostenía varios documentos entre sus manos. A simple vista... Parecía cumplir con sus tareas habituales. Pero cada vez que encontraba un registro relacionado con órdenes militares, movimientos diplomáticos o decretos reales... Memorizaba cuidadosamente su contenido. Al doblar un corredor... Una voz conocida la detuvo. —Lady Ji-ah. Ella levantó la vista. Yun Seong-min. El jefe de seguridad llevaba varios pergaminos bajo el brazo. Esperó a que los sirvientes cercanos se alejaran antes de hablar. —¿Encontraste algo? Ji-ah asintió apenas. —Más de lo que esperaba. Caminaron juntos por el corredor. Sin llamar la atención. —El rey ha ordenado mover parte de la Guardia Real hacia la frontera oriental. No existe ninguna amenaza oficial. Sin embargo... Lo ha clasificado como información confidencial. Seong-min frunció ligeramente el ceño. —Eso no tiene sentido. —Hay más. Ji-ah bajó la voz. —También encontré registros de reuniones privadas con enviados del Reino de Min. Pero ninguna quedó registrada oficialmente. Seong-min comprendió inmediatamente. Aquello significaba que el rey ocultaba deliberadamente parte de la información. Durante unos segundos... Ambos permanecieron en silencio. Finalmente fue Seong-min quien habló. —Han Do... No. Do-yun tenía razón. Ji-ah lo miró. —Empiezo a creer lo mismo. Sus pasos se hicieron más lentos. Sin darse cuenta... La distancia entre ambos había desaparecido. Se conocían desde hacía años. Habían trabajado juntos incontables veces. Pero nunca habían compartido un secreto de semejante magnitud. —Gracias. Dijo Seong-min de repente. Ji-ah lo observó confundida. —¿Por qué? —Porque podría enfrentar esto solo... Pero me alegra no tener que hacerlo. Ji-ah desvió ligeramente la mirada. Una leve sonrisa apareció en sus labios. —No te acostumbres. Seong-min dejó escapar una pequeña risa. —Lo intentaré. Ambos continuaron caminando. Como si solo hablaran de asuntos rutinarios. Mientras seguían reuniendo, poco a poco... Las piezas de la conspiración. Al mismo tiempo... En el salón privado del rey. Seo Jin-woo observaba un gran mapa extendido sobre la mesa. Frente a él... Dos ministros aguardaban en silencio. El rey habló sin levantar la vista. —El Reino de Min continúa creyendo en nuestra propuesta de alianza. Uno de los ministros inclinó la cabeza. —Sí, Su Majestad. —Perfecto. Entonces continuaremos alimentando esa confianza. Sus dedos se detuvieron sobre el nombre del nuevo heredero. Seo Min-jae. —Ha llegado el momento de preparar un nuevo compromiso matrimonial. Uno de los ministros preguntó con cautela. —¿Con la princesa Min Seo-ah? El rey asintió. —El reino creerá que buscamos fortalecer la paz. Pero ese matrimonio solo será una herramienta más. Cuando llegue el momento... El Reino de Min ya no tendrá posibilidad de rechazar nuestras decisiones. Una fría sonrisa apareció en el rostro del monarca. Todo avanzaba exactamente como lo había planeado. Sin embargo... Muy cerca del salón... Oculta tras una columna de piedra... Lady Eun Ji-ah había escuchado cada una de aquellas palabras. Su respiración se aceleró. Apretó con fuerza los documentos que llevaba entre las manos. Ahora ya no tenía dudas. El rey no buscaba una alianza. Estaba preparando una traición. Y aquella información... Podía cambiar el destino de los dos reinos. Fin del Capítulo 26.




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