Los días eran cálidos y a la vez fríos cuando ella estaba presente.
Recuerdo cuando la conocí. Fue un 18 de febrero; ese día cumplía siete años de edad. Mi papá me dio más de un regalo cuando desperté, pero sin duda el mayor de los regalos vino de parte de Dios.
El día de mi cumple estaba ansioso por ver lo que mis compañeros me regalarían cuando estuviera en el aula. Entonces me preparé, y en medio de una pequeña llovizna mi mamá me llevó bajo su paraguas a la escuela, que estaba a unos pocos metros de casa. Cuando entre en el aula solo estaban allí mis dos mejores amigos; los cuales, cuando me vieron, corrieron hacia mí con sus regalos. Después de unos minutos la pequeña llovizna se convirtió en un intenso aguacero y nadie más vino al aula. Cuando faltaban pocos minutos para irnos me sentí triste, pues no había recibido más regalos. Entonces mis amigos me animaron a abrir sus regalos, y para mi sorpresa eran dos autos pequeños de juguete Hot Wheels. Ese tipo de autos de juguete me encantaban, porque a esa edad los comenzaba a coleccionar. Mi ánimo cambió y minutos después mi mamá me pasó a recoger. La escuela a la que yo asistía no era tan grande. Yo estaba en el segundo grado; y conocía a todos hasta sexto grado porque mi hermano mayor estaba en quinto grado, y era el más popular de toda la escuela. Esto debido a su inteligencia y a su habilidad en los deportes. También porque era muy sociable. Yo no era como mi hermano; no era tan sociable ni era bueno en los deportes. Lo único que compartíamos era la inteligencia.
Ese día, ya cuando me iba de clase, mi mamá me llevaba de la mano; y en un despiste mientras ella abría el paraguas, miré hacia el aula de tercer grado y vi a una niña que nunca antes había visto. Era de ojos cafés y pelo corto como Dora la Exploradora. En ese instante ella me miró y comenzó a sonreír, lo que me llamó mucho la atención:
—¿Quién podría estar feliz en medio de un día tan lluvioso? — Pensé. Yo estaba feliz porque era mi cumpleaños, pero de seguro no era el cumpleaños de ella, entonces:
¿Le gustaba la lluvia?
Mi mamá me aló por el brazo y nos fuimos a casa. Cuando llegamos corrí y acomodé mis nuevos Hot Wheels en una pequeña mesita que tenía en mi cuarto, dedicada a este tipo de juguetes especialmente. Como era un día lluvioso no pude salir a jugar, y como era viernes al otro día no tendría escuela. Así que no podría descubrir quién era esa niña con pinta de Dora la Exploradora.
Al otro día debía viajar a la casa de mis abuelos con mis padres, como cada fin de semana. A mi hermano le encantaba ir, pero a mí no tanto, porque el viaje era en autobús dos horas y siempre me mareaba. Cuando estábamos en la casa de mis abuelos era diferente, porque ellos tenían muchos animales con los cuales jugaba y me divertía. Además, siempre que iba mi abuelo me regalaba un cuento que nunca había escuchado, y mi abuela nos hacía pasteles de frutas que ellos mismos cosechaban. Los fines de semana sin duda eran lo mejor de mi infancia.
Cuando el lunes entré al aula lo primero que hizo la maestra fue decir:
—El viernes fue tu cumpleaños, Gero. Como la mayoría no pudimos estar aquí, hoy te cantaremos feliz cumpleaños...
La maestra me hizo ponerme en frente y todos mis compañeros me cantaron feliz cumpleaños. Entonces comenzaron las clases. A mediados del segundo turno a la maestra la llamaron, ella salió fuera del aula y luego de unos minutos entró sonriendo.
—Bien les tengo una noticia que les va a encantar… Ven, pasa para que todos te conozcan—dice mirando hacia la puerta.
La niña parecida a Dora la Exploradora entró al aula, mirando hacia abajo y caminando lentamente. Cuando llegó al lado de la maestra levantó la mirada hacia nosotros.
—Bien, ella es Melody y será su nueva compañera de clases. Ella vino el viernes, pero a al no haber tantos estudiantes se quedó con su hermano en el aula de tercero.
Era ella la chica de ojos cafés que sonreía en medio de la lluvia. Ahora tendría la oportunidad de preguntarle si le gustaba la lluvia.
—Bueno Melody, siente bienvenida y espero que puedas muy rápido hacer amigos. —le dijo la profesora mientras la guiaba a la última mesa del salón.
Recuerdo que miré hacia atrás, y cuando la estaba viendo ella me miró. Rápido aparté la mirada porque me daba pena. Cuando terminaron las clases ese día, para mi sorpresa, la chica de ojos cafés se había mudado a mi barrio, justamente a la casa que estaba detrás de la mía y solo nos separaba una pequeña cerca que hasta mi perro podía saltar...
Al pasar el tiempo nos fuimos conociendo y nos convertimos en los mejores amigos. Vivíamos cada día una aventura diferente al jugar. Ella era especialista sorprendiéndome al narrar historias del pueblo en el que antes vivía. De todas las historias que me narraba las que más me impactaban eran las de unos héroes que yo no conocía: Héroes de la Fe, como los llamaba ella. Los días avanzaron. Fuimos creciendo y nuestra relación de amistad era sin igual; nos queríamos como si fuésemos hermanos. Gracias a ella pude conocer a Dios… pero todo un día tiene que acabar.