Bajo la lluvia florece la Fe

Capítulo 2: La despedida

El 11 de octubre, 8 años después de haberla conocido, cuando teníamos 15 años; su padre que era pastor fue trasladado, y con él toda su familia.
—Gero, no sabes todo lo que significas para mí. Has sido alguien muy importante en estos últimos 8 años y quiero, antes de irme, que tengas esto— extendió su mano hacia mí y me entregó una bolsa— Necesito que la abras cuando me haya ido.
—Está bien, así lo haré. Melody, tú también has sido alguien muy importante para mí, y le doy gracias a Dios por haberte conocido. Estoy seguro que esta no será una despedida definitiva pues nos volveremos a ver.
Nos dimos un gran abrazo y entre lágrimas ella se fue.
Increíble cómo pasa el tiempo tan rápido cuando estás con una persona que te hace sentir bien... En todos esos años nunca le había preguntado por qué sonreía cuando llovía. Entonces ese momento en que caminaba entre lágrimas hacia el camión de la mudanza le grité:
—¡Espera Melody, aún necesito saber algo!
Ella se dio vuelta y con los ojos llenos de lágrimas me miró...
—¿Por qué sonríes cuando llueve? — le pregunté.
A pesar de quererla, aún no me había enterado del todo de que ya no la tendría cerca cada día para hablar de eso que nos preocupaba o para contarle mis sueños. Aún no me había dado cuenta de que se estaba yendo lejos de mí.
—En la bolsa están las repuestas...
Solo me dijo eso. Montó en el camión de la mudanza, y lo siguiente que vi fue a su padre saludando por la ventanilla a su iglesia; mientras yo, un joven de 15 años, aún no me creía que se fueran.
La bolsa me daba mucha curiosidad, así que cuando ya el camión no se veía en la carretera, corrí a casa. Cuando llegué, entre rápido a mi cuarto y abrí la bolsa mientras estaba sentado en mi cama. En la bolsa había siete objetos: El primero era un lápiz de color verde. El segundo era una semilla de pino. El tercero era una piedra extraña del río que nos habíamos encontrado un día mientras explorábamos. El cuarto era un girasol, nuestra flor favorita. El quinto era una camiseta de nuestro equipo favorito de fútbol. El sexto era una Biblia, y el séptimo objeto que saqué de la bolsa era una libreta.
Cada objeto tenía su significado: en la Biblia me había dejado varios versículos bíblicos subrayados para que los estudiara. Ella me había enseñado a depender de Dios; por eso era importante para ella que yo lo continuase buscando por mi propia cuenta. Lo que más me sorprendió de todo fue la libreta. En la libreta cada página tenía escrita una de nuestras aventuras. Allí estaba escrito el día en que por primera vez nos hablamos:
—¿Me puedes prestar un lápiz de color verde? Es que lo necesito para mí dibujo y no tengo ese color— me dijo con un poquito de timidez.
—Sí, Melody. Mira, toma este lápiz y quédate con él, te lo regalo. Me llamo Gerónimo, pero todos me llaman Gero— le sonreí mientras le daba mi lápiz verde. Ella tomó el lápiz y se fue a su puesto. Logró terminar su dibujo y resultó ser el más lindo de ese día...
En la libreta también estaba el día en que, bajo un pino, me contó por primera vez acerca de su fe. Recuerdo que tomó una semilla de pino y me dijo:
—Dice Jesús que si tuviéramos Fe como un granito de mostaza no hubiera nada imposible para nosotros. No porque seamos poderosos, sino porque el Dios todopoderoso estará de nuestro lado. La semilla de mostaza es mucho más pequeña que está semilla de pino. Con esto te quiero decir que no importa el tamaño de tu Fe, sino en Quien tienes tu Fe. Trata de practicar tu Fe en Dios para que veas como todos tus problemas tendrán solución.
Cuando me dijo eso me asombré, porque la semilla de pino que ella había tomado era la más pequeña que había en todo el lugar; aun así, la semilla de mostaza era más pequeña. Ese día ella me enseñó a orar, y oramos por mi hermano que estaba enfermo.
Todo con cada detalle estaba anotado en la libreta. Estaba el día en que salimos a explorar y nos encontramos esa piedra extraña en el río, y ella me hizo la historia de cuando el pueblo de Israel cruzó el río Jordán y tomaron doce piedras de en medio del río e hicieron una señal que quedara para las futuras generaciones.
El cuarto objeto fue sin duda el que más conmovió mis sentimientos, porque cada objeto anterior a este tenía una historia detrás, pero este girasol en la bolsa era muy especial…
Teníamos 12 años y un espíritu aventurero enorme. Ese día se me ocurrió algo diferente:
—Melody dicen algunas personas que unos kilómetros después de los pinos hay un campo de girasoles— le dije emocionado.
—Está muy lejos para ir. Mi papá nunca me daría permiso para ir hasta allá.
—¿Entonces no iremos? —le pregunté desanimado.
—No podemos ir, pero no te desanimes. Te diré algo que tienen los girasoles que no tienen las demás flores.
—¿Qué es? —le pregunté sin muchos deseos de escuchar su explicación.
—Los girasoles, cuando están en la oscuridad, no se abren; pero cuando sale el sol se abren y siempre están abiertos en dirección a este. Por eso se llaman girasoles, porque giran en torno al sol.
—Wow! Eso no lo sabía. Ahora tengo más ganas de ir al campo de girasoles— le dije sonriendo.
—¿Sabes? Nosotros deberíamos ser girasoles— me dijo emocionada.
—¿Cómo así? —le pregunte confundido.
—Ante la oscuridad de este mundo nos debemos cerrar y abrirnos solo cuando la luz de Jesús venga a nuestras vidas. Apuntar siempre hacia el cielo. No te lo he dicho, pero el girasol es mi flor preferida.
La interrumpí emocionado y le dije: —Y desde ahora la mía también...
Al final de la hoja donde estaba esta historia en la libreta, estaba la siguiente nota:
"Al otro día, aprovechando que fuiste a visitar a tus abuelos, me levanté temprano y fui hacia el campo que me habías dicho, logré entrar y arranqué un girasol. Era el más pequeño de todos, por lo tanto, se marchitó antes de que volvieras".
En el tallo del Girasol había otro pequeño papelito envuelto que decía:
"Gero, ayer fui al campo temprano y busqué este girasol para ti. Recuerda siempre girar en dirección a Jesús".
Ella no dejaba de sorprenderme, y sin duda tales notas y tales narraciones de los momentos que había vivido a mi lado empezaron a tocar mi corazón. Entonces me di de cuenta de que su despedida era cierta. No era un sueño del cual al otro día iba a despertar y la iba encontrar al frente mi patio trasero, invitándome a otra aventura. Se había ido y su despedida eran estos objetos.
Ella sabía cuánto anhelaba tener un pullover de mi equipo favorito de fútbol, y antes de irse cumplió mi sueño. El pullover también tenía un mensaje, pues estaba personalizado con el nombre “Geme”, que era lo combinación de nuestros dos nombres juntos.
También me dejó una nota en la libreta la cual decía:
"Que tu anhelo más grande sea vestir las ropas blancas que Jesús tiene preparadas para ti".
Cada objeto, cada nota en la libreta me hacían darme cuenta de que no era una simple despedida. Había algo más allá, pero no sabía cómo interpretarlo. Así que decidí meditar cada día en cada detalle que me había dejado.
Durante todo el mes que le siguió a su despedida estudié minuciosamente cada versículo bíblico y aprendí más acerca de Dios. De cierto modo crecí en la Fe, y tres meses después decidí entregar mi vida a Cristo por completo. En esos cuatro meses después que se fue, mi vida cambió mucho y quería contarle como ahora la podía entender en muchas cosas que antes eran un poco extrañas para mí, pero había un problema: sus cartas no me llegaban.
Ella me había prometido que cada mes me escribiría una carta, pero pasaron cuatro meses y nunca llegó ninguna. A su padre lo habían traslado a unos 1000 kilómetros de donde yo vivía; así que aunque quisiera no la podía visitar. Un hermano de la iglesia me dio su dirección, y cinco meses después de su despedida pude enviarle una carta contándole lo siguiente:
"En estos cinco meses mi vida ha cambiado por completo. Si lograras verme: ya no me hago esos cortes de cabello extraños, ni digo palabras fuera de lugar. De cierto modo Cristo ha trasformado mucho mi vida y le doy gracias a Dios por haberte utilizado para eso. Ya he estudiado la mitad de los versículos bíblicos que me dejaste señalados. He aprendido mucho en las clases de escuela sabática; y tenías razón, la alimentación sana es lo mejor para el cuerpo. En algunas ocasiones los días se han tornado difíciles, porque no estás aquí para darme ese abrazo de hermana que tanta calma me daba. Tengo fe de que pronto te voy a volver a ver. Casi lo olvido, aún no encuentro la respuesta a mi pregunta: ¿Por qué sonríes en los días de lluvia?"




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