Capítulo 3
“No hay tiempo para enamorarse”
Los días pasaron y nunca recibí respuestas. Como cualquier otro adolescente me aferré a sus recuerdos para así recordarla, y en mi corazón siempre había un deseo inmenso de volverla abrazar. Ya me había dado cuenta de que se había ido y lo comenzaba a sentir cada vez más fuerte. Comencé a extrañarla demasiado al punto hasta de un día llorar, cuando en la Biblia que me había regalado, encontré subrayado el versículo que se encuentra en Juan 15:13:
"Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos."
Entonces recordé el día en que crucé la calle sin mirar y ella me salvó la vida como en las películas, arrojándose sobre mí y cayendo ambos a un costado de la calle.
La amaba mucho. Algunos de nuestros compañeros del aula decían que los dos estábamos enamorados, pero en realidad no era así. El amor que sentía por ella no era ese tipo de amor que sienten los que se enamoraran. Lo que sentía por ella no lo podría describir en una libreta. Era algo tan lindo que me encantaba despertar en las mañanas porque sabía que la volvería a ver. Estar cerca de ella, escucharla hablar, caminar a su lado, mirar en la misma dirección; cada pequeño detalle a su lado era especial.
Un día crecí y de adolescente me convertí en un joven líder en mi iglesia. Los cargos en la iglesia y las nuevas responsabilidades poco a poco me fueron apagando ese lindo recuerdo que aún conservaba de ella. De vez en cuando abría la Biblia que me había regalado y leía los versículos subrayados, pero eso ya no me era suficiente para mantener vivo su recuerdo.
Ya no tenía quince, ni dieciséis, ni diecisiete años, ya tenía veinticinco años. Hacía más de diez años que ella se había ido. Mi vida con veinticinco años ya no estaba llena de aventuras como cuando estaba ella. Ahora mi vida era un desafío que cada día debía enfrentar.
Mis abuelos enfermaron y tuve que venir a la granja a cuidarlos. Hace apenas un año murió mi abuela. A mi abuelo su muerte le golpeó mucho. No quiere hablar y hay días que no quiere comer. Yo me hago cargo de él y de la granja al mismo tiempo. Lo hago lo mejor que puedo. Soy lo único que le queda a mi abuelo, ya que mis padres y mi hermano se fueron a vivir a otro país.
Además de todo eso sirvo en la iglesia cada día que haya programación, pues soy el director de los jóvenes.
Mis días están calculados y planificados milimétricamente para cada minuto del día. En mi vida no hay tiempo para el amor y mucho menos para buscar a alguien que ya dejó de existir en mi mente y corazón. Ya no hay espacio para las aventuras.