Bajo la lluvia florece la Fe

Capítulo 7: Un amigo

—Después de tanto tiempo— sonrió. Luego miro hacia la cama de su abuelo y lo ve durmiendo. Entonces le pregunta, aun sabiendo que no le iba a responder:
—¿Y ahora qué hago abuelo? —volvió a sonreír.
Se levantó eufórico queriendo gritar y celebrar, pero sabía que no lo podía hacer por la condición de su abuelo. Aunque un pensamiento mal acomodado lo hizo volver a sentarse.
—Es verdad, solo sé que no se olvidó de mi por esta carta, pero no me dice ni siquiera donde está hoy en día. ¿Cómo la voy a encontrar?
Miles de planes e ideas pasaron por su mente, pero todas se desbarataban al momento por la sencilla razón de que su abuelo estaba en el hospital y él era el único que estaba para cuidarlo.
Gracias a un milagro de Dios su abuelo asombrosamente fue dado de alta una semana después, dado que no se le encontró ninguna enfermedad y el desmayo que había tenido anteriormente había sido causado por no haber desayunado ese día. Cuando se aseguró de que su abuelo estaba bien, le comentó lo sucedido con la carta y le pidió permiso para ir a buscar a Melody. Su abuelo sin problemas aceptó, pero le dijo que no se podía llevar la camioneta de la finca, que si quería irse debía ir en moto.
—¿A dónde la vas a buscar? —le pregunta su abuelo.
—Ciertamente no sé, pero confío en Dios, quien es mi guía y protector.
Dicho esto, se colocó el casco y arranco la vieja moto del abuelo. La cual era una Jawa 350. Sin rumbo, pero con la dirección de Dios, cuatro horas después llegó a un pueblo llamado Arautos do Rey. Allí alquiló un cuarto y pasó la noche. A la media noche sintió un ruido, y cuando miró por la ventana era un bandido que estaba intentando llevarse su moto. Así que sin pensarlo bajo corriendo, y cuando salió ya el bandido había escapado. Aunque no se pudo llevar la moto, le dañó el timón y por lo tanto no aceleraba. Esto molesto a Gero, pues sabía que esto lo atrasaría en su viaje… ¿Cómo sabía eso si ni siquiera sabía dónde iba?
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” (Romanos 8:28)
Al otro día, para su suerte, frente al motel había un taller de mecánica especializada en motos.
—Buenas. Necesito que me ayuden con esta moto.
—Oh amigo, esa es una señora moto; aunque dañada, vieja y sin colores. Tienes en tus manos un diamante en bruto. ¿La vendes?
—No la vendo. Me la regaló mi abuelo para un viaje que estoy emprendiendo.
—¿A dónde vas? — le pregunta el mecánico.
—Aún no lo sé, pero Dios me lo dirá—respondió Gero con convicción.
—Dime, ¿qué tiene tu moto?
Gero le explica lo que sucedió la noche anterior y lo que le había ocurrido.
—Ese arreglo cuesta unos 95000 pesos.
Gero se sorprendió mucho. Era un dinero que no tenía a la mano y el mecánico no aceptaba transferencias. Triste decidió marcharse.
—Si no tienes dinero podemos llegar a un acuerdo. Veo que eres cristiano, y necesito a alguien serio conmigo aquí por lo menos dos semanas, hasta que venga mi hijo, que fue a la capital a buscar piezas de repuesto.
Gero no sabía qué hacer. Entonces oró y Dios le mostró que debía quedarse allí. Entonces dijo:
—Me quedaré contigo trabajando para ti y arreglas mi moto, pero no solo eso. Lo que gane aparte, lo utilizaremos para pintarla y convertirla en el diamante que dices que es.
—Eres más inteligente de lo que parece para mi será un placer. —Sonríe el mecánico.
Así pasaron los días. Gero y el mecánico se hacían grandes amigos. Dios era el centro de casi todos sus temas de conversación. Cada día Gero iba entendiendo el por qué Dios le había dejado que se quedara allí.
Cuando solo faltaban dos días para que llegara el hijo del mecánico, Gero estaba sentado afuera del taller tomando un aire del trabajo.
—Mira lo que te tengo, Gero —El mecánico venía conduciendo la moto de Gero, la cual parecía nuevecita, acabada de sacar de la caja. La había pintado de color verde en continuación con negro y le había cambiado todos los detalles del timón y puesto unos nuevos.
—Waooo! ¿Esa es mi moto? — pregunta Gero como niño pequeño.
—Pues claro, cógela y da una vuelta.
Sin pensarlo se montó y la arrancó. El mecánico lo veía alejarse y sonreía, pues en el poco tiempo que habían estado juntos le había agarrado un cariño como si fuera su hijo. Cuando Gero regresó de la vuelta de prueba le dijo:
—Bueno, ya tienes tu moto y puedes continuar tu viaje.
—De ninguna manera. Aún me quedan unos días para cumplir las dos semanas. Me quedaré hasta que llegue tu hijo.
Esa idea agradó al mecánico y Gero cumplió su palabra quedándose, hasta que llegó el hijo del mecánico cuatro días después.




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