Bajo la lluvia florece la Fe

Capítulo 11: ¿Por qué sonríes cuando llueve?

—Señor, no se trata de mí sino de ti. A ti sea toda la gloria hoy Dios, que tu Espíritu Santo toque cada corazón que va a escuchar tu palabra hoy. En el nombre de Jesús. Amén.
Gero estaba en el fondo de la iglesia orando de rodillas. Cuando termina y se levanta alguien lo toca por la espalda:
—Predicador, vamos a orar para comenzar el culto— le dice la joven que dirigía el culto esa noche.
Los dos juntos van hacia la parte de atrás de la capilla.
—Bien, ya todos están aquí. Damos el orden y después oramos.
—Falta la parte especial—dice un joven de pelo rizado.
—No se preocupen, ella llegará a tiempo— Dice la joven que dirige— Primero el servicio de canto. Luego la bienvenida. Después un momento de oración. Sección sorpresa. Parte especial. Coro tema y luego entra usted predicador. ¿Le gusta así o quiere hacer algún cambio? —Le pregunta a Gero.
—Solo me preocupa que no llegue a tiempo, como dice, la joven de la parte especial— responde Gero.
—No se preocupe. Ella va a llegar, se lo aseguro. Bueno, si no hay más nada oramos para comenzar, que solo falta un minuto.
Después de orar el culto comenzó al instante. Todo iba bien hasta que llegó la parte especial, Gero estaba nervioso porque no sabía si llegaría la muchacha que cantaría la parte especial. Sin embargo, al momento en que llegó la parte especial sintió una voz cálida y dulce que decía:
—Esta canción que les cantare ahora es mi canción favorita desde niña, espero que puedan meditar en su letra y quizás también se convierta en su canción favorita. La canción se llama...
Gero escuchaba desde atrás de la plataforma todo. Esa voz tan dulce y melodiosa le encantaba. Era como si esa voz la hubiera escuchado antes. Era como si esa voz le hablara directo al corazón.
—Creo en Dios...
—Mi canción favorita, tengo que escucharla— dijo Gero asomándose por una puerta que había en el lateral de la plataforma, desde donde veía a la que cantaba de costado.
Desde sus ojos, Gero veía solo el pelo de la joven que le ocultaba las orejas. Su pelo era color miel. Ella era la joven que había visto el día antes por la ventana del comedor. Su corazón se aceleró y con miedo en su interior dijo:
—¿Por qué me está pasando esto a mí?
La joven termino de cantar y salió por la puerta que estaba en sentido contrario a donde estaba Gero. Cuando salió sus amigas la recibieron. Mientras del otro lado, en la puerta del frente, estaba Gero mirándola medio hipnotizado.
—Mel, siempre cantas lindo, pero hoy fue maravilloso.
—Toda la Gloria sea para Dios— dijo Melody.
—Cierto, pero cantaste tan bien que el predicador no ha dejado de mirar para acá desde que bajaste, y cuando cantabas sus ojos le brillaban, que yo lo veía desde aquí— Dice su otra amiga.
En ese momento Melody se gira para ver hacia donde está el predicador, y cuando lo ve algo en su interior se encendió. Algunos dicen que es un soplo, pero realmente es el amor.
—¿Será él? —se dijo a sí misma— No, no puede ser él, vive a kilómetros de aquí. El ya ni me recuerda. No, definitivamente él no es.
Cuando Gero vio que ella se quedó mirándolo, apartó la mirada.
—Qué pena. ¿Qué va a pensar la gente ahora de mí? ¿que vine a buscar novia a este lugar? Señor, vine a predicar tu palabra, quítame esa distracción del medio.
En ese momento le hacen la seña y entra.
—Buenas noches, familia de Dios. Dios les bendiga hoy y siempre. Es un placer para mi estar invitado a compartir la palabra de Dios con ustedes a lo largo de esta semana. Mi nombre es Gerónimo, pero me pueden decir Gero...
Melody, sentada en uno de los últimos bancos sentía en su pecho una agitación tan fuerte como nunca antes había sentido.
—Realmente es él, Señor, y ahora ¿qué debo hacer? Tanto tiempo esperando por este momento y no sé qué hacer. —Los sentimientos encontrados de Melody no la dejaban escuchar las palabras que Dios decía a través de Gero, hasta que...
—Bueno, para terminar, quiero que, si sientes en tu corazón el deseo de creer en Dios y de seguirle, te invito a que a medida que escuches la canción que va cantar la joven que ahorita cantó, te pongas en pie y vengas aquí adelante para orar por ti.
En ese momento Melody se levantó y fue hacia adelante para cantar. En ese mismo momento Gero estaba tembloroso y en su mente se preguntaba:
—¿Por qué me mandaste a poner a esa joven a cantar?
Gero decidió darle su micrófono porque el que ella fue a tomar no se escuchaba. En ese momento se rozaron sus manos. Se miraron a los ojos y fue como si el tiempo se detuviera en ese instante. Como si de nuevo volvían a ser niños y se hubiesen mirado por primera vez. Gero no sabía que era ella, sin embargo, sentía en su corazón el amor que solo supo sentir cuando ella estuvo a su lado. Ella sabía que era él, así que para ella no era algo nuevo ni sospechoso. Era algo real que volvía a su vida.
Volvió a cantar y se levantaron todos en la sala. Gero oró, y cuando lo hizo Melody salió de prisa por una de las puertas laterales. Él la vio irse, y aunque no podía seguirla, en su corazón el deseo más grande era ese.
—Sus ojos eran cafés... —Se dice por dentro mientras toma su Biblia y se dirige a la puerta para saludar a las personas cuando salen.
Cuando saludó a la última, miró hacia la plataforma y allí estaba ella hablando con una niña. Él se apresuró para ir a hasta donde ella estaba, pero en el medio de la capilla alguien le dijo:
—Predicador.
Y se detuvo a conversar con una señora que quería contarle su vida en ese momento. Como primero está Dios antes que sus curiosidades, Gero la atendió cortésmente. Pero cuando acabó de hablar la señora, y miró para la plataforma, ella ya no estaba ahí.
Medio triste, pero con la esperanza de verla al otro día, se dirigió a su cuarto. Antes de llegar alguien lo volvió a llamar:
—Gero, ven acá un momento.
Gero lo atendió; y en un instante sintió un aire fresco combinado con dulzura, que le tentaba a mirar hacia otro lado. Cuando miró, la vio a ella que iba con sus amigas… Esta vez no la dejaría ir.
—Pastor, usted me va a entender. Disculpe, pero necesito hablar con aquella joven.
El pastor se ríe y le hace una seña de que vaya. Gero sale de prisa, las alcanza y sin que ellas sepan que está detrás, dice:
—¿Sabes? Esa también es mi canción favorita.
Melody al escuchar su voz se torna nerviosa, pero no lo demuestra, y no sabe si mirar atrás o seguir por miedo a qué pase después. Sus amigas sonríen y se van, dejándola sola. Ella se gira y responde:
—Nunca lo imaginé.
—Tus ojos son cafés… Son muy lindos, se parecen a unos ojos que conocí hace mucho tiempo.
—¿Y qué le pasó a la dueña de esos ojos? —le dice Melody sonriendo, pensando que ya él sabe que es ella.
—Bueno, un día se fue y nunca más la volví a ver. Ella era como mi hermana; nunca había querido a nadie como la quise a ella.
—Qué curioso. Yo una vez tuve un amigo que me quería también como una hermana— Dice Melody pensativa, siguiéndole el juego sin saber que él no sabe que es ella.
—Pero bueno, no vengo a contarte mi vida—le dice Gero sonriendo con timidez— Solo quería darte las gracias por tu canción en esta noche— en su mente estaba frustrado porque quería decir más, pero su timidez y desconfianza lo frenó.
—Estamos para servir hermano, no para ser servidos— Dice ella poniendo su mano en la frente como los militares.
A Gero esto lo deja confundió, porque Melody hacía lo mismo.
—Disculpa, pero debo decirte algo, que, si no te lo digo hoy, mañana no te lo diré. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? ¿Acaso me estas jugando una broma? Tus ojos, tu olor, tu sonrisa, tu voz… Todo me recuerda a la chica que te conté. Todo en ti es como verla a ella. Acaso.... ¿acaso tú… eres Melody?
—Gero, por supuesto que soy yo— cuando dice esto se lanza hacia él y lo abraza como mismo lo hizo hace diez años atrás.
Gero incrédulo dudaba, pero ese abrazo le rompió las cadenas de cualquier duda y se dio cuenta de que su viaje había acabado. Viajó en busca del amor, y el amor lo estaba abrazando. La semana fue de bendición, cada día Gero predicaba y Melody cantaba una canción diferente. Después de cada culto, los dos se quedaban hasta tarde contándole el uno al otro como habían sido sus vidas en los últimos diez años y todo lo que habían hecho cuando eran niños, reviviendo momentos agradables cargados de muchas risas y alegrías.
Hasta que llegó el último día, y Gero debía irse. Después de alistar su moto con todo, Melody se acercó a él y le dijo:
—Pues bueno, yo estaré aquí por unos años más. Así que si quieres volver a verme sabes dónde encontrarme.
—Espera, antes de irme respóndeme: ¿Por qué sonríes cuando llueve?
Ella lo abrazó bien fuerte y le dijo:
—Si vuelves, algún día te diré el porqué.
Gero sonrió con esperanza de encontrar esa repuesta, y se fue. Mientras Melody lo veía irse se dio la vuelta, sonrió y en su cara se notaba una alegría que solo tienen las personas enamoradas...




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