Esta misma noche hablé con mamá, no tuve el valor de preguntarle sobre lo que pasó exactamente con Sophia. Simplemente hablamos de cómo me estaba yendo. De mis nuevos amigos. De la residencia. De la cafetería. No quise preocuparla, así que no le conté lo de hoy en el pasillo al salir del discurso de bienvenida. Pero algo me llamó la atención mientras hablaba con ella. Dijo algo raro... “Cuando te vas de casa, empiezas a recordar cosas que estaban guardadas”. Como si supiera que yo no estaba tan bien emocionalmente.
Mamá siempre sabe lo que me pasa sin que yo le cuente. Pero de lo que estaba segura era de que le contaría a Daniel lo que pasó en el pasillo al salir del discurso de bienvenida. Él me entendería. No sé cuándo lo haré. Tal vez cuando me sienta mejor.
La primera semana en la residencia no fue horrible. Eso ya decía mucho.
Me gusta no sentirme la chica que sobra.
Me gusta bajar al comedor y no sentirme sola.
Es raro.
Pero... se siente bien.
Dana ya está dormida.
Respira profundo, abrazando su almohada como si estuviera defendiendo un territorio.
La lámpara de su lado está apagada. La mía también.
La habitación está oscura, excepto por la luna que entra por la ventana.
No puedo dormir.
No porque esté mal.
Solo... tengo la cabeza llena.
Miro el techo.
Luego me doy vuelta.
Después me rindo y me siento en la cama.
La luna está enorme.
Blanca. Callada.
Ella decía que la luna era chismosa.
Que veía todo.
—No mires tanto —murmuro.
Mi celular vibra en la mesita.
Me sobresalto.
Miro a Dana.
Ni se mueve.
Agarro el celular.
Un mensaje.
Liam: Estoy afuera.
Me quedo quieta.
La residencia femenina tiene normas claras.
Después de las once, nadie entra. Después de las once, nadie sale.
Miro la hora: 00:17.
Mi corazón empieza a latir más fuerte.
No por miedo.
Por impulso.
Corro apenas la cortina.
Ahí está.
En la entrada.
Apoyado contra la reja como si no estuviera rompiendo indirectamente todas las reglas posibles.
Me llega otro mensaje.
Liam: No te asustes. Solo… pensé que no estabas durmiendo.
Aprieto el celular.
¿Cómo sabe?
Miro a Dana.
Sigue dormida.
Es mala idea.
Muy mala idea.
Sophia decía que la luna veía todo. Bueno. Que mire esto.
Me pongo la campera despacio.
Agarro las zapatillas.
Camino hasta la puerta sin hacer ruido.
El pasillo está oscuro.
Las luces de emergencia iluminan apenas las paredes.
La puerta principal está cerrada con llave, obviamente.
Pero hay una salida lateral que las chicas usan cuando bajan la basura.
No debería estar abierta. No debería.
La empujo.
Cede.
Mi corazón ahora sí está descontrolado.
Salgo.
El aire frío me golpea la cara.
Liam levanta la cabeza apenas cierro la puerta detrás de mí.
—Sabía que bajarías.
—Eso suena muy manipulador.
Sonríe.
—Eso suena a que tenía razón.
Camino hasta la reja.
—¿Estás loco?
—Un poco.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
No incómodos.
Solo… conscientes.
—No puedes estar acá —le digo.
—No estoy adentro.
Técnicamente cierto.
Cruzo los brazos
—¿Qué haces acá, Liam?
Esta vez no responde con algo ingenioso.
—No podías dormir.
No es pregunta.
—¿Me estás espiando ahora?
—Te conozco un poco.
Eso me desarma más que cualquier declaración exagerada.
Miro hacia atrás.
La residencia está en silencio.
Si alguien abre una ventana ahora, estoy muerta.
—Hablé con mi mamá —digo sin planearlo.
Él espera.
—Dijo algo raro. Como si cuando te vas de casa empiezas a recordar cosas que estaban guardadas.
El viento mueve un poco mi pelo.
—¿Y eso te asusta? —pregunta.
—No sé.
Eso es lo peor. No saber.
—Ellie…
Dice mi nombre más bajo.
—¿Te acuerdas de esos días antes de que se enfermara?
La pregunta me cae como una piedra.
—No.
Pero al decirlo, algo se mueve. Un recuerdo suelto.
Una discusión.
La sensación de que yo tenía razón.
Y ella triste.
Mi estómago se aprieta.
—Discutimos —murmuro.
No recuerdo el porque, sé que le dije algo malo, pero tampoco recuerdo lo que le dije.
Solo recuerdo la culpa.
—Ellie. No importa —dice él con cuidado—. Tenían trece años.
“No importa” dice el.
Claro que importa.
Porque si fue lo último que le dije antes de que se enfermara…
Aprieto los puños.
Y en ese momento escucho algo.
Una puerta.
Desde adentro de la residencia.
Liam también lo escucha.
Nos miramos.
—Tienes que entrar —dice.
Mi corazón late tan fuerte que creo que alguien lo va a oír desde el segundo piso.
Corro hacia la puerta lateral.
La empujo. Está cerrada.
No. No, no, no.
Intento otra vez. Nada.
—Ellie —susurra Liam desde la reja—. Respira.
Si me encuentran afuera después de la medianoche me pueden sancionar.
Primera semana y ya expulsada.
Perfecto.
Vuelvo a empujar.
Nada.
Y escucho pasos.
Adentro.
Más cerca.
Liam mira alrededor, pensando rápido.
—La ventana del pasillo —dice—. La de la izquierda. Está entreabierta.
Parpadeo.
—¿Qué?
—La vi cuando vine.
Lo miro como si estuviera completamente loco.
—No voy a trepar una ventana.
Los pasos se acercan más.
—Ellie.
Lo miro.
Miro la ventana.
Miro la puerta.
Miro a Liam.
Y sonrío, nerviosa.
—Si me muero, es tu culpa.
—Anotado.
Y corro hacia la ventana.
La ventana está más alta de lo que parecía desde lejos.
Claro.
Obvio.