La noticia en el celular de Dana no es grande. No es portada. Es una nota chica, perdida en un archivo digital de hace dos años. “Investigación por apuestas ilegales vinculadas a carreras callejeras.” El nombre que aparece en la nota: David Ruiz. Hermano mayor de Mateo. No acusado formalmente. Pero mencionado. Relacionado. Mi corazón late más fuerte.
—Esto no es casualidad —dice Luke.
Liam está leyendo cada línea. Silencioso. Concentrado.
—Las carreras no eran solo por adrenalina —murmura Dana.
—Eran por plata —termino yo.
Y ahí lo veo. Liam levanta la vista lentamente.
—Yo no sabía nada de apuestas.
Lo dice firme. Sin dudar. Le creo. No porque quiera creerle. Si no, porque lo veo. Esto lo está golpeando de verdad.
—¿Mateo sabía? —pregunto.
Silencio.
—Probablemente sí —responde Luke.
Y esa palabra lo cambia todo. Probablemente. Si había dinero apostado… la carrera no era un juego. Era un evento. Planeado. Esperado. Con espectadores. Con interés. Y si alguien apostó fuerte… también pudo haber apostado a que algo saliera mal. Se me enfría el cuerpo.
—¿Y si el accidente no fue solo imprudencia? —dice Dana en voz baja.
Liam aprieta mi mano. No fuerte. Pero firme.
—Mateo perdió el control —dice—. Yo lo vi.
—¿Y si alguien lo empujó? —pregunto.
La frase queda suspendida. No sabemos si fue físico. No sabemos si fue mecánico. No sabemos si fue psicológico. Pero ahora hay un motivo. Y cuando hay dinero… hay intención. La luna está alta. Redonda. Clara. Como si iluminara todo lo que estaba escondido. Luke sigue leyendo.
—Acá dice que la investigación se cerró por falta de pruebas.
—Claro —dice Dana—. Porque el video nunca apareció.
Silencio. El video. Si el video existe… no solo muestra el accidente. Muestra si alguien intervino. Muestra si había otro auto. Otra moto. Otra presencia. Liam respira hondo.
—Entonces no quieren que firme por orgullo.
—Quieren que firme antes de que esto se reabra —digo.
Porque si se reabre… si se demuestra que hubo apuestas… si se demuestra que hubo manipulación… ya no es accidente adolescente. Es delito. Y eso involucra adultos. Adultos con dinero. Adultos con poder. Mi celular vibra. Mensaje nuevo. Sin número. Solo una frase.
—Sigo sin entender como hacen para saber lo que estamos hablando, empiezo a creer que nos tienen hackeados. —Dice Luke.
Dana lo mira seria. Luke levanta las manos en forma de rendición.
—Perdón.
Leemos el mensaje los cuatro. “Las apuestas ya se cobraron.” Se nos hiela la sangre. ¿Ya se cobraron? ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? Miro a Liam. Y lo entiendo. Tal vez la carrera tenía un resultado esperado. Tal vez alguien apostó a que Mateo ganara. O a que Liam perdiera. O peor… a que hubiera un choque. El silencio es espeso. Hasta que Liam dice algo que cambia el rumbo.
—Esa noche… Mateo estaba raro.
—¿Raro cómo? —pregunto.
—Demasiado seguro.
Eso me atraviesa. Demasiado seguro. Como si supiera algo. Como si tuviera respaldo. Como si la carrera no fuera solo entre amigos. La luna ilumina su perfil. Y pienso algo que me asusta. Si Mateo sabía de las apuestas… y el hermano estaba involucrado… y el accidente perjudicó ese plan… entonces alguien perdió dinero. Mucho dinero. Y la gente que pierde mucho… no olvida. Liam suelta mi mano solo para mirarme. Directo.
—No te voy a mentir más si recuerdo algo.
Yo asiento.
—Y yo no me voy a ir.
No lo digo con celos. Lo digo con decisión. Porque esto ya no es Clara. No es pasado romántico. Es algo más grande. Y estamos en el centro. La luna brilla fuerte. Y por primera vez… siento que estamos más cerca de la verdad que del miedo.
***
Despierto con el corazón acelerado. No sé por qué. La luz de la mañana entra por la ventana, suave. Pero algo se siente distinto. Busco el celular en la mesa de noche. Tres notificaciones. Número desconocido. Mi estómago se aprieta. Abro. Un archivo. Sin texto. Sin explicación. Solo un nombre: “night_17_clip.mp4” La sangre me baja a los pies. Lo miro unos segundos. No lo abro todavía. Respiro. Pienso. Después lo toco. El video empieza. Es de noche. La calidad no es perfecta, pero se ve claro. Una carretera. Luces de autos. Se escucha viento. Y motores. Mi corazón late fuerte. Aparecen dos autos. Uno es el de Mateo. El otro… el de Liam. Están alineados. Se escucha una voz a lo lejos. No se entiende qué dice. Después arrancan. La cámara los sigue desde atrás. Moto. Entonces sí. Rook estaba filmando. La imagen tiembla. La carrera avanza. Un minuto. Dos. Se ve a Mateo acelerar más. Se acerca demasiado a Liam. Demasiado. Mi respiración se vuelve superficial. El video corta de golpe. Pantalla negra. Fin. Solo dura un minuto y treinta segundos. No muestra el choque. No muestra qué pasó después. No muestra si había otro vehículo. Nada. Es incompleto. Mi celular vibra. Mensaje. “Lo que falta… es lo que importa.” Se me eriza la piel. Alguien lo tiene completo. Alguien lo está usando por partes. Me levanto de la cama rápido. Le escribo a Liam: Necesito verte. Ahora. Tarda menos de un minuto en responder: ¿Qué pasó? Le mando el video. Cinco segundos después, me llama. Contesto. No saludo.
—Lo viste.
Silencio del otro lado. Se escucha su respiración.
—Sí.
Su voz cambió. No es miedo. Es impacto.
—Eso no muestra todo —dice.
—Lo sé. —Corta justo antes de… No termina la frase. No hace falta.
—Mateo se acerca mucho a tu auto —digo.
—Sí.
—¿Te estaba empujando? Silencio. Más largo esta vez.
—No lo recuerdo así.
Eso no me tranquiliza. Porque no dijo no. Dijo no lo recuerdo así.
—Ellie…
—¿Qué?
—Yo no sabía nada de apuestas.
—Te creo.
Y lo hago. Pero eso no cambia que alguien sí sabía. Y que ese alguien tenía interés en el resultado.
—Nos están soltando el video por partes —digo.
—Para que dudemos.