Si alguien hubiera grabado nuestra reunión estratégica esa tarde, pensaría que éramos:
a) Detectives brillantes.
b) Dramáticos innecesarios
c) Cuatro adolescentes con exceso de cafeína y cero supervisión adulta.
Y les aseguro que la opción “a” no es.
Nos instalamos en la mesa más escondida de la biblioteca. La sección “Historia Medieval”. Porque claramente nadie va ahí voluntariamente. Dana abrió la notebook con una solemnidad absurda.
—Bien —dijo—. Tenemos: un video incompleto, un mensaje anónimo, un audio amenazante y una posible conspiración de motociclistas adultos con tiempo libre, osea sin nada que hacer con su vida.
—Suena como martes —respondí.
Luke me tiró una servilleta en la cabeza. Liam estaba más tranquilo hoy. Lo cual, viniendo de él, significa que estaba procesando cosas a velocidad peligrosa.
—Si el equipo de los Halcones estuvo ahí —dijo—, necesitamos confirmar quién de ellos estuvo en la ciudad esa noche.
—¿Y cómo proponés que hagamos eso? —pregunté—. ¿Mandando un mail formal? “Estimados motociclistas sospechosos: ¿podrían confirmar si intentaron arruinar nuestra adolescencia el viernes pasado? Saludos cordiales”.
Luke se rió.
—Podemos revisar sus redes. Dana ya estaba tipeando.
—Ya estoy en eso. Tienen una cuenta oficial. Fotos, carreras legales, patrocinadores, sonrisas blancas de publicidad dental
. —Qué miedo me dan las sonrisas demasiado perfectas —murmuré.
Dana giró la pantalla. Ahí estaban. Cascos negros. Franja blanca. Tal cual.
—¿Ves? —le dijo Luke a Liam—. Te dije que era ese diseño.
—Sí, Sherlock, ganaste una galletita imaginaria —le respondí.
Liam se inclinó más cerca de la pantalla.
—Fíjate las historias destacadas.
Dana abrió una que decía: “Entrenamientos”.
Videos de pista. Motores rugiendo. Gente con chalecos fluorescentes. Todo muy profesional. Muy limpio. Demasiado limpio.
—¿No es raro? —dije—. Si son tan legales y organizados… ¿Qué harían en carreras ilegales?
Luke encogió los hombros.
—Dinero rápido.
—O apuestas privadas —agregó Liam.
Yo levanté la mano.
—O aburrimiento existencial de adultos que deberían tener hobbies más sanos, como jardinería.
Dana amplió una foto grupal.
—Esperen.
Señaló una cara. Un tipo más joven que el resto. No mayor de veinte. Casco en la mano. Franja blanca.
—Ese —dijo Liam—. Es el hermano de Mateo.
Silencio.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—Sí. Lo vi una vez en el taller.
Mi cerebro hizo clic.
—Entonces no era solo un “equipo profesional”.
Era personal. Liam apoyó los codos en la mesa.
—Si el hermano estaba ahí… eso explica por qué Mateo parecía tan confiado.
—Y por qué alguien querría controlar el resultado —dijo Dana.
Yo me recosté en la silla.
—Me encanta cuando las teorías dejan de ser paranoia y empiezan a ser “oh no, es real”.
Luke miró alrededor.
—Igual no tenemos pruebas.
—Tenemos un reflejo pixelado y mi intuición dramática —respondí.
—Tu intuición dramática no es válida en tribunales —dijo Dana.
—Eso es discriminación artística.
Liam sonrió apenas. Progreso.
—Necesitamos hablar con Mateo —dijo.
Se me congeló el alma un segundo.
—¿Hablar de hablar? ¿Tipo conversación con palabras?
—Sí.
—¿Sin gritar?
—Preferentemente.
Suspiré.
—Bueno. Pero si esto termina con alguien acelerando una moto cerca mío, renuncio.
Luke miró el reloj.
—Mateo entrena en la cancha a esta hora.
Dana cerró la notebook.
—Plan simple: vamos, preguntamos, observamos reacciones.
—Me encanta cuando los planes “simples” incluyen potencial agresión —dije mientras me levantaba.
La cancha estaba casi vacía. Mateo estaba solo, pateando al arco como si la pelota le hubiera hecho algo personal. Nos vio. Se tensó apenas. Pero no se fue. Bien. Punto para la civilización.
—¿Qué quieren? —preguntó sin rodeos.
—Charlar —dijo Liam.
Mateo soltó una risa corta.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora.
Me crucé de brazos.
—Prometemos no hacer una asamblea ni nada raro.
Mateo miró a Luke.
—¿Vos también?
—Sí.
Suspiró.
—Cinco minutos.
Avance diplomático. Liam fue directo.
—¿Tu hermano estuvo en la carrera?
La pelota rodó lentamente hasta detenerse. Mateo no respondió enseguida.
—¿Por qué?
—Porque vimos algo —dijo Dana.
Mateo lo miró a Liam fijo.
—¿Qué vieron?
Yo intervine antes de que el silencio se volviera un arma.
—Un casco. Negro. Franja blanca. Muy fashion.
Mateo tragó saliva. Lo vi. No fue grande. Pero fue real.
—Mucha gente usa cascos negros —dijo.
—No con ese diseño —respondió Luke.
Mateo apretó la mandíbula.
—Mi hermano no tiene nada que ver.
—¿Entonces estaba ahí? —pregunté.
Error estratégico. Mateo me miró.
—No dije eso.
—Pero tampoco lo negaste —dijo Dana suavemente.
Silencio. El viento movió las redes del arco. Mateo bajó la mirada un segundo. Después dijo:
—Mi hermano había ido a “ver”.
—¿Ver qué? —preguntó Liam.
—Que no hiciera estupideces.
Yo parpadeé.
—Eso es… sorprendentemente responsable.
Mateo soltó una risa amarga.
—Responsable no. Controlador.
Eso cambió el tono.
—¿Él apostó por vos? —preguntó Luke.
Mateo dudó.
—No directamente.
—¿Pero alguien del equipo sí? —insistí.
Mateo levantó la cabeza.
—Ustedes no entienden cómo funciona eso.
—Explícanos —dije.
Me miró. No con odio. Con cansancio.
—Cuando hay plata de verdad… nadie quiere perder.
—Eso ya lo notamos —murmuré.
Mateo pateó la pelota lejos.
—Mi hermano quería que yo dejara de correr. Dijo que si me lastimaba, no iba a tener futuro en nada.
—Entonces… ¿por qué estaba ahí? —preguntó Liam.