Bajo La Luna

Los mejores detectives

—“La moto equivocada” —repetí por quinta vez.

Estábamos en el pasillo que conecta los talleres con el gimnasio. El lugar perfecto para que nadie escuche…excepto literalmente todo el mundo.

—O sea —dijo Luke—, ¿qué significa eso? ¿Que había dos? ¿Tres? ¿Una flota?

—No creo que fuera desfile temático —respondió Dana.

Liam caminaba de un lado a otro.

—Si había más de una moto… entonces alguien estaba distrayendo.

—O alguien estaba cubriendo a otro —agregué.

Silencio. Ese silencio pesado que ya empieza a ser parte oficial del grupo. Yo suspiré.

—Necesitamos información que no venga de reflejos, amenazas anónimas ni frases crípticas de Mateo.

—¿Y qué propones? —preguntó Dana.

Sonreí. Mala señal.

—Ir al taller.

Luke casi se atraganta.

—¿Al taller de los Halcones?

—No. Al taller del campus.

—Eso no tiene nada que ver.

—Claro que sí —dije—. Si hay motos entrando y saliendo de la ciudad, alguien las tiene que arreglar.

Dana ladeó la cabeza.

—No es tan mala idea.

Luke me miró como si hubiera traído una cabra a clase.

—¿Y qué excusa usamos?

Sonreí más.

—Proyecto de física.

Liam me miró.

—Ellie.

—¿Qué?

—No tenemos física.

—Proyecto interdisciplinario.

—Ellie.

—Bien. Vamos a mirar y no hablar demasiado.

El taller del campus olía a metal, aceite y decisiones dudosas. Había dos motos en el fondo. Una roja. Una negra. Mi corazón dio un saltito dramático.

—Respirá —murmuró Dana.

—Estoy respirando —susurré exageradamente—. Dramáticamente, pero respirando.

Luke fingía mirar unas herramientas como si supiera para qué servían.

—Eso es una llave inglesa al revés —le dijo Liam.

—Lo sé —respondió Luke sin saber.

Yo me acerqué a la moto negra. No tenía franja blanca. Pero algo me llamó la atención. Una marca. En el lateral. Un rasguño. No muy grande. Pero profundo.

—Liam —susurré.

Se acercó.

—¿Te suena eso?

Se inclinó. Sus ojos cambiaron.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Yo vi algo así esa noche.

Mi pulso empezó a subir.

—¿Estás seguro?

—No sé.

Fue todo muy rápido. Dana ya estaba tomando fotos discretas. Luke seguía fingiendo que sabía usar herramientas. Y entonces pasó. Lo más absurdo del universo. La puerta del taller se abrió de golpe. Nos congelamos. Entró el profesor Aranda. El mismo que una vez gritó cinco minutos porque alguien dejó mal cerrada una caja de tornillos. Nos miró. A los cuatro. Rodeando una moto. En silencio sospechoso.

—¿Qué están haciendo?

Mi cerebro decidió suicidarse socialmente y abandonarme.

—Proyecto de física.

Dana me miró con ganas de asesinarme.

—¿Qué proyecto? —preguntó el profesor.

Yo señalé la moto.

—Eh… fricción.

Luke casi se ríe.

El profesor cruzó los brazos.

—No tienen física.

Silencio.

Liam intervino, gracias universo.

—Estamos investigando sistemas mecánicos para un trabajo de tecnología.

El profesor lo miró. Luego miró la moto. Luego miró mi cara.

—¿Y por qué están tocando esa?

Todos miramos la moto. Yo levanté las manos.

—No la tocamos.

Dana, con la naturalidad de una actriz de premios inexistentes:

—Solo observábamos.

El profesor caminó hasta la moto. Revisó el lateral. Se quedó mirando el rasguño. Mi estómago decidió abandonar el cuerpo.

—Curioso —murmuró.

—¿Qué cosa? —preguntó Luke demasiado rápido.

El profesor nos miró.

—Nada.

Peor respuesta posible.

—¿De quién es la moto? —preguntó Liam con tono casual forzado.

—No es del campus —respondió el profesor.

Se me cayó el sistema nervioso.

—¿Cómo que no? —dije.

—La trajeron ayer para una revisión rápida.

Dana y yo intercambiamos una mirada. Ayer.

—¿Quién la trajo? —pregunté.

—No es asunto de ustedes.

Bueno, eso confirmó que sí era asunto nuestro. Y ahí ocurrió el momento más humillante de la historia moderna.

Luke, nervioso, se apoyó en una mesa. La mesa tenía una bandeja.

La bandeja tenía tuercas.

Muchas.

La bandeja cayó. Y el sonido fue básicamente una explosión metálica que resonó en todo el taller. Silencio absoluto. Yo intenté no reír. No pude. Me doblé. Literalmente me doblé. Dana también. Incluso Liam soltó una carcajada pequeña. Luke estaba rojo. El profesor cerró los ojos como si estuviera controlandose para no agarrarnos a patadas.

—Recogen. Todas. Ahora.

Investigación secreta: nivel experto.

Cinco minutos después estábamos arrodillados en el suelo recogiendo tuercas como si fuera un deporte olímpico de vergüenza. Pero en medio del caos… Dana susurró:

—La rueda trasera.

Miré. El neumático tenía polvo claro. No barro. No tierra. Polvo.

—Eso no es de acá —murmuró Liam.

—No —dijo Luke—. Acá el suelo es más oscuro.

Mi cerebro empezó a atar cabos otra vez.

—¿Dónde hay suelo claro? —pregunté.

Dana pensó.

—En la vieja cantera.

Silencio. La vieja cantera estaba fuera de la ciudad. Abandonada. Con acceso complicado. Y perfecta para algo ilegal. Levanté la vista lentamente. Liam ya me estaba mirando.

—No —dijo Luke.

—Sí —dije yo.

—No.

—Sí.

—No.

—Luke, literalmente acabás de volcar una lluvia de metal encima nuestro. No estás en posición de vetar ideas.

El profesor nos miró.

—¿Van a seguir discutiendo o van a terminar?

—Terminando —respondimos los cuatro al mismo tiempo.

Salimos del taller con las manos sucias y el orgullo herido. Pero con algo más. Una dirección.

—La vieja cantera —dijo Liam—. Si hubo más de una moto… pueden haberse reunido ahí.

—O haber cambiado algo —dijo Dana.

—O escondido algo —agregué.

Luke suspiró.

—Me encanta cómo todo suena cada vez menos legal.

Mi celular vibró. Miré. Número desconocido. Otra vez. Abrí el mensaje. Una foto. Tomada desde lejos. De nosotros. En el taller. Recogiendo tuercas. El texto decía: “Son peores detectives de lo que creen.” Me quedé helada.




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