Bajo La Luna

La vieja cantera

La vieja cantera parecía el escenario perfecto para una película de bajo presupuesto. Polvo claro. Viento dramático. Y nosotros cuatro cuestionando nuestras decisiones de vida.

—Me encanta cómo siempre aceptamos ideas peligrosas como si fueran plan de sábado —dijo Luke.

—Es martes —respondió Dana.

—Peor todavía.

Liam estaba serio. Demasiado. Todos ya sabemos lo que significa. Yo miré el suelo. Polvo claro. Exactamente igual al de la rueda del taller.

—No es coincidencia —murmuré.

Dana se agachó.

—Y miren esto.

Marcas. No de una moto. De varias. Recientes.

Luke tragó saliva.

—Ok. Oficialmente odio tener razón.

Caminamos unos metros más adentro. Y ahí estaba. Un espacio más plano. Como si hubiera sido usado. Reuniones. Arranques. Algo.

—Acá pasó algo —dijo Liam.

—Gracias, Sherlock —respondí.

Él me miró de reojo.

—No te burles. Estoy pensando.

—Eso me preocupa.

Pero yo también estaba pensando. Cuarenta y dos segundos. La moto adelante. La moto atrás. El mensaje: “La moto equivocada.” De repente algo hizo clic.

—Esperen.

Todos me miraron.

—¿Y si la moto que vimos en el reflejo no era la que estaba detrás de Liam?

Silencio. Luke frunció el ceño.

—Explícate antes de que me duela la cabeza.

Respiré hondo.

—Si había dos motos… una podía estar cerrándole el paso adelante. Y la otra filmando atrás.

Dana se quedó quieta.

—Filmando.

—El video no salió de la nada —seguí—. Alguien tenía que tener buen ángulo.

Liam dejó de caminar.

—Y si estaban coordinados…

—No era improvisado —terminó Dana.

El aire cambió. Esto no era una pelea de ego adolescente. Era un plan. Luke miró alrededor.

—¿Pero para qué provocar un casi accidente?

Y ahí vino la parte que nadie quería decir.

—Dinero —dijo Liam. Silencio.

—Si alguien apostó fuerte por Mateo… —continué— …y el resultado se alteraba con algo inesperado, el caos sube. Las apuestas se disparan. El escándalo vende.

Dana asintió lentamente.

—Y si los Halcones estaban metidos…

—Necesitaban algo grande —terminó Liam.

Mi corazón latía fuerte. Pero no de miedo. De claridad. Las piezas estaban empezando a acomodarse. Y entonces… Luke pisó algo. Un crujido fuerte. Todos saltamos.

—¡¿Qué fue eso?! —gritó.

Miramos al suelo.

Era… una botella de plástico. Vacía. Luke se llevó la mano al pecho.

—Voy a morir joven por culpa de ustedes.

—Tranquilo, dramático —dije—. No era una trampa mortal.

Dana levantó la botella.

—No es vieja.

La giró. Etiqueta medio arrancada. Pero visible. Un logo. Liam la miró. Y su expresión cambió.

—Ese sponsor…

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Es uno de los patrocinadores secundarios de los Halcones.

El mundo hizo ese ruidito interno de oh. Dana miró la botella otra vez.

—O sea que…

—Estuvieron acá —confirmó Liam.

Luke suspiró.

—Genial. Pasamos de teorías a evidencia.

Y entonces, como si el universo quisiera cerrar el capítulo con broche dramático… Escuchamos un motor. Los cuatro nos congelamos. No muy lejos. No muy cerca. Pero real.

—Díganme que es un tractor —susurró Luke.

No era un tractor. El sonido se acercó. Luego se detuvo. Silencio. Miradas cruzadas. Mi cerebro gritaba corré. Pero mis piernas decidieron quedarse en modo estatua. Liam hizo un gesto para que nos moviéramos hacia una formación rocosa más alta. Nos escondimos detrás. Yo respiraba demasiado fuerte. Luke respiraba como si estuviera en maratón. Dana tenía el celular listo. El motor volvió a encenderse. Pasó frente a la entrada de la cantera. No vimos al conductor claramente. Casco negro. Franja blanca. Mi estómago cayó oficialmente al subsuelo. Pero lo más importante… No entró. Solo pasó. Como comprobando algo. Como verificando. Como diciendo: sé que están acá. El sonido se perdió a lo lejos. Nadie habló por unos segundos. Después Luke dijo:

—Bueno. Creo que ya no somos invisibles.

Me apoyé contra la roca.

—Nunca lo fuimos.

Liam miraba hacia la salida. Pensando.

—No entró —murmuró.

—¿Y? —preguntó Dana.

—Si hubiera querido asustarnos… entraba.

Silencio.

—Entonces… —dije.

—Solo estaba asegurándose de algo —terminó Liam.

Mi mente volvió al mensaje. “La moto equivocada.” No era advertencia. Era error. Ellos no querían que Liam frenara. Querían que siguiera.

—No era Mateo el objetivo —susurré.

Los tres me miraron.

—Si Liam no frenaba… —seguí— …se cruzaba con la moto que estaba adelante.

Dana se quedó blanca.

—Y eso ya no era un susto.

No. Eso era choque. Silencio pesado. Luke tragó saliva.

—Entonces… ¿alguien quería que Liam tuviera un accidente real?

Nadie respondió. Porque la respuesta era demasiado obvia. El viento sopló más fuerte. Yo miré a Liam.

—¿Quién se beneficia si vos quedás fuera de juego?

No respondió enseguida. Pensó. Mucho. Y entonces dijo un nombre.

—Bruno.

Se me heló la sangre. Bruno era el segundo en la tabla. El que siempre quedaba detrás de Liam. El que estaba obsesionado con ganar este año. Dana habló primero.

—Bruno tiene contacto con equipos grandes.

Luke asintió.

—Y su hermano trabaja con patrocinadores. El rompecabezas hizo clic definitivo. No era Mateo. No era improvisado. Era estrategia.

—¿Y si Bruno convenció a los Halcones de que provocar un “incidente” lo beneficiaba? —dije.

Liam respiró hondo.

—Entonces no fue una carrera.

Fue una jugada. Y yo casi fui la pieza descartable. El humor se fue por un momento. Pero volvió. Porque Luke, mirando el polvo en su zapatilla, dijo:

—Bueno, si vamos a desenmascarar un complot profesional, ¿podemos al menos hacerlo sin que yo vuelva a tirar cosas metálicas?

Lo miré.

—No prometemos nada.

Dana sonrió.




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