Un mes después, todo parecía estable. No perfecto. No como antes de todo. Pero estable. Liam volvía a reír sin que se notara que estaba midiendo cuánto podía hacerlo. Luke seguía exagerando historias que nadie le pedía que contara. Dana había asumido el rol de “adulta funcional del grupo” sin que nadie se lo asignara oficialmente.
Y yo…
Yo había dejado de pensar en el accidente. Pero no en ella. La frase volvió una tarde cualquiera, mientras estaba ordenando mi escritorio. “No sabés todo.” “No fuiste la única que la perdió.”
Clara.
Lo había dicho casi como una advertencia. Me quedé mirando una foto vieja. Sophia en la playa. Pelo lleno de arena. Sonrisa enorme. Trece años. Trece. Algo no cerraba. Y esta vez no lo iba a dejar pasar. La encontré a Clara sentada en las gradas del gimnasio, sola, mirando la cancha vacía.
—Hola —dije.
—Hola —respondió sin mirarme—. ¿Venís a acusarme de algo o a pedir tarea?
Me senté a su lado.
—A preguntarte.
Silencio. No iba a pelear, obvio.
Clara giró la cabeza apenas.
—Te acordaste.
—Sí.
—Tardaste.
—Estaba ocupada sobreviviendo.
Eso le arrancó una media sonrisa.
—Fair enough.
Respiré hondo.
—¿Qué quisiste decir con que no fui la única que la perdió?
Clara bajó la mirada a sus manos. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía una respuesta sarcástica lista.
—Sophia no estaba sola ese día.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—El día que murió.
Mi pecho se tensó.
—Siempre dijeron que sí.
—Siempre dijeron muchas cosas.
Eso era muy Clara. Decir la mitad y esperar que el mundo complete el resto.
—Clara…
Suspiró.
—Yo estaba con ella esa mañana.
El mundo se detuvo un segundo.
—¿Qué?
—Discutimos.
No sonaba dramática. Sonaba cansada.
—¿Por qué?
Clara tragó saliva.
—Porque yo sabía algo que ella no.
El aire se volvió más pesado.
—¿Qué cosa?
—Que estaba enferma.
Me quedé helada.
—¿Cómo?
—Nada grave —se apuró a decir—. O eso creían. Pero estaba teniendo desmayos. Dolores de cabeza fuertes. Le habían pedido estudios.
Mi corazón latía demasiado fuerte.
—Nunca me dijo eso.
—No quería que nadie se preocupara.
Eso sí sonaba a Sophia.
—Ese día discutimos porque quería ir igual a la excursión del colegio. Yo le dije que no fuera. Que no era buena idea.
La imagen se armaba sola en mi cabeza.
—¿Y fue? Clara asintió.
—Sí.
El silencio cayó entre nosotras.
—Y después… pasó lo que pasó.
El accidente. La caída. El golpe. La ambulancia que llegó tarde.
—¿Estás diciendo que…? —no pude terminar la frase. Clara negó rápido.
—No. No fue por eso. Los médicos dijeron que el golpe fue la causa. Pero…
—Pero.
—Siempre me quedó la duda de si el mareo tuvo algo que ver.
La cancha estaba completamente vacía. El eco hacía que todo sonara más grande.
—Por eso dije que no fuiste la única que la perdió —continuó—. Porque yo perdí la oportunidad de insistir más. De obligarla. De contarle a alguien.
Eso era culpa. No un secreto oscuro. Culpa. Y la entendí de golpe.
—Clara…
—No necesitás decir nada —interrumpió—. Solo quería que supieras que no fue “el destino” ni una tragedia poética. Fue… un día malo. Una cadena de malas decisiones.
Me quedé mirando la cancha.
—Yo siempre pensé que había algo más.
—A veces no hay conspiraciones —dijo ella—. A veces la vida es torpe.
Eso dolía más que cualquier teoría. En ese momento apareció Luke bajando las gradas con una bebida energética en la mano.
—Pregunta seria: ¿esto es una charla profunda o puedo interrumpir con un comentario innecesario?
Lo miramos.
—Es profunda —dijimos al mismo tiempo.
Luke se quedó quieto.
—Ok. Entonces solo diré que trajeron cara de “vamos a cambiar como personas después de esto”.
Dana apareció detrás.
—¿Me perdí algo?
—Sí —dijo Luke—. Desarrollo emocional.
Dana me miró a mí.
—¿Estás bien?
Y por primera vez, la respuesta fue fácil.
—Sí.
No porque no doliera. Sino porque ahora entendía. Clara se levantó.
—No quería que pensaras que yo sabía algo terrible y te lo oculté. Solo… nunca supe cómo decirlo.
La miré.
—Gracias por hacerlo ahora.
Y fue sincero. No hubo abrazos dramáticos. Pero hubo algo mejor. Paz.
Esa noche, mientras caminábamos los cuatro de vuelta, Luke empezó a contar una historia absurda sobre cómo casi lo expulsan por intentar calentar una empanada con una plancha de pelo.
—Eso nunca pasó —dijo Dana.
—Pasó en mi corazón.
Dana rodó los ojos. Yo me reí. Y me di cuenta de algo: Sophia no necesitaba un misterio para ser importante. Su recuerdo no estaba atado a una teoría. Estaba en nosotros. Y eso era suficiente.
Esa noche en la habitación miré la luna como lo hago siempre. Pero esta vez no buscando respuestas. Sino agradeciendo haberlas encontrado. Y lo que viene después… No es dolor. Es amor. Y alguien que está lista para volver a ser quien era.