Hay algo raro en los días buenos. Al principio no confiás en ellos. Pensás que en cualquier momento algo va a explotar. Que el universo va a decir “era broma”. Pero ese mes… no explotó nada. Y creo que recién ahí entendí que estar bien también da miedo.
Todo empezó un sábado en la rambla. Luke mandó al grupo: “Plan cultural obligatorio. Presentarse 17:00. Ropa cómoda y ganas de admirar arquitectura histórica.”
La arquitectura histórica resultó ser un carrito de churros.
—Esto es patrimonio nacional —dijo, sosteniendo uno como si fuera un trofeo olímpico.
—Eso es azúcar con forma de cilindro —respondió Dana.
—Exacto. Cultura.
Yo me reía antes de que terminara las frases.
Liam caminaba al lado mío, nuestras manos rozándose cada dos segundos como si ninguna de las dos se animara a tomar la decisión final. El sol estaba bajando. El agua tenía ese brillo naranja que hace que todo parezca una película indie barata pero feliz. Nos sentamos en el piso con una manta que Dana trajo “por si acaso”.
—Me encanta cuando nadie está al borde del colapso emocional —dijo Luke, mirando el horizonte.
—Shh —dije—. No lo invoques.
—Tenés razón. Universo, ignorá mi comentario.
Liam se rió bajito. Ese sonido me hizo mirarlo. Ya no estaba apagado. Ya no parecía cargar diez kilos invisibles en la espalda. Estaba ahí. Presente. Y cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso nunca significa nada.
—Significa que me gusta verte así. Sonríendo.
No dijo nada al principio. Pero su sonrisa fue pequeña y sincera.
La semana siguiente decidimos ir al cine. Mala idea elegir película cuando Luke tiene voz.
—Esta parece profunda —dijo señalando un póster con una pareja mirando la lluvia.
—Eso es claramente un drama triste —dijo Dana.
—Confíen en mí.
Spoiler:No debimos.
A los veinte minutos ya había una enfermedad terminal involucrada.
—Te odio —le susurré.
—Es crecimiento emocional.
—Es sufrimiento innecesario.
En la escena más dramática, Luke empezó a narrar en voz de documental:
—Aquí vemos a la especie humana enfrentando sus consecuencias…
Dana le metió pochoclo en la boca. Liam estaba entre risa y lágrimas. Yo terminé apoyando la cabeza en su hombro. Y no fue algo enorme. Fue natural. Como si mi cuerpo hubiera decidido antes que mi cabeza.
Empezaron las vacaciones y como aprovechamiento fuimos a la casa de Dana. Fue el mejor día definitivamente. Sus padres no estaban. Luke llevó ingredientes como si supiera cocinar. No sabía.
—Yo me encargo del horno —anunció con confianza peligrosa.
—Eso nunca terminó bien en la historia de la humanidad —dije.
Terminamos con una pizza medio quemada, una ensalada sospechosamente húmeda y gaseosa tibia.
—Esto es gourmet minimalista —defendió Luke.
—Esto es negligencia culinaria —respondió Dana.
Nos sentamos en el piso del living porque la mesa estaba ocupada por harina y caos. Que sinceramente no nos molestamos en sentarnos y dejar toda la mesa sucia. Y ahí, entre migas y risas, sentí algo raro. Liviano. No estaba pensando en lo que pasó. No estaba pensando en lo que perdimos. No estaba esperando el próximo golpe. Solo estaba ahí. Liam me miraba cada tanto como si quisiera decir algo. Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, ninguno hablaba. Hasta que Luke se levantó de golpe.
—Necesito aire.
—Mentira —dijo Dana—. Necesitás dejar de comer.
—Ambas cosas pueden coexistir.
Dana lo siguió. Y de repente quedamos solos. El silencio no fue incómodo. Fue distinto.
—¿Salimos un segundo? —preguntó Liam.
Asentí. El patio estaba frío. La noche clara. Y la luna… enorme. Otra vez la luna. Me apoyé en la baranda.
—Siempre termina siendo la luna —dije.
—Es consistente —respondió él.
Nos quedamos mirándola un rato.
—Hace unos meses yo no podía ni imaginar esto —dijo.
No tuve que preguntar a qué se refería.
—Yo tampoco.
—Sentía que si intentaba ser feliz iba a romper algo.
Lo miré.
—No rompiste nada.
—Casi sí.
—Pero no lo hiciste.
Se giró hacia mí. La luz de la casa apenas iluminaba su cara, pero sus ojos estaban claros.
—Me daba miedo decir lo que siento porque pensé que no tenía derecho a hacerlo mientras estaba hecho un desastre.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
—Pero ya no estoy ahí —continuó—. No soy el mismo de hace meses.
No. No lo era.
—Ellie… Respiró hondo.
—Estoy enamorado de vos. Desde el primer día en que te ví saliendo de la residencia.
No lo dijo rápido.
No lo dijo como quien se lanza al vacío. Lo dijo firme. Como alguien que ya eligió. Sentí el mundo volverse chiquito. Solo él. Solo esa frase.
—Yo también —dije antes de que mi cerebro pudiera sabotearme. Se acercó. Despacio. Como si quisiera darme tiempo de arrepentirme. No lo hice. Cuando me besó fue suave. Seguro. Sin apuro. No fue un beso de película dramática. Fue un beso de “estamos bien”. De “sobrevivimos”. De “esto es real”. Escuchamos un ruido desde adentro.
—¡YO SABÍA! —gritó Luke.
—¡CERRÁ LA CORTINA! —gritó Dana.
Nos separamos riendo. Apoyé mi frente contra la suya.
—Qué poco románticos nuestros amigos.
—Los amo, pero sí.
Me miró de nuevo.
—Te amo, Ellie. Te amo como nosotros a la luna.
Esa vez lo dijo más fácil. Y yo también. Luego de hablar unos minutos entramos.
Adentro, Luke empezó a cantar algo desafinado:
—DOS EXTRAÑOS BAILANDO BAJO LA LUNA, SE CONVIERTEN EN AMABLES AL CoMPaAaÁsS.
Nos reimos. Y Dana lo amenazaba con una almohada. El mundo seguía siendo ridículo. Pero ya no dolía. Y por primera vez desde que todo se rompió… Sentí que estábamos empezando algo. No desde la tristeza. Sino desde la felicidad.