Bajo La Luna

Cerca del 25

Me desperté con el sonido del ventilador y el murmullo lejano de la calle. La residencia estaba relativamente silenciosa. Algunas puertas se abrían, otras se cerraban, pero nada que me sacara de ese estado raro entre sueño y pensamiento. Abrí los ojos y me quedé mirando el techo. Diciembre. Falta poco para el 25. Todavía no me fui a casa. Todavía estoy acá. Giré la cabeza hacia la pared donde tengo pegada la foto. Sophia sonriendo como si estuviera a punto de decir algo sarcástico.

—Buen día —murmuré.

No me contestó, obviamente.

Pero tampoco necesito que lo haga. Me senté en la cama y respiré hondo. No sentía esa presión horrible en el pecho que solía aparecer en esta época. Sentía… anticipación. Y un poquito de miedo. Pero del manejable. Me preparé. La residencia tiene ese olor a lavandina mezclado con perfume barato que nunca se va del todo. En el pasillo, dos chicas discutían por el secador de pelo como si estuvieran negociando un tratado internacional. Normalidad absoluta. Agarré el celular.

Mensaje de Luke: "¿Seguís viva, novia oficial?"

Rodé los ojos y sonreí.

Le respondí: "Lamentablemente sí.”

Mensaje de Dana: "Nos vemos en diez. No llegues tarde que Luke ya está dramático."

Mensaje de Liam: "Buen día."

Y abajo, otro:

"Soñé con vos. No te asustes, era legal."

Me reí sola.

"Espero que sí." —le contesté.

A los pocos segundos vibró otra vez.

"Te extraño. Nos vemos en un rato."

Se me hizo esa cosa suave en el pecho. Esa que no duele. Esa que calma. Luke y Liam están en otra residencia, en frente de la residencia femenina donde estamos Dana y yo.. No compartimos pasillos ni desayunos. Nos vemos porque queremos, no porque coincidimos. Y eso lo hace más lindo.

Luke fue el primero en aparecer.

—Ah, la protagonista —dijo, exagerando una reverencia.

—Ah, el extra dramático —le respondí.

Dana llegó después, con lentes de sol enormes. Ayer se había quedado en la casa de sus padres así que no dormimos en la misma habitación.

—No dormí nada —anunció.

—Mentira —dijo Luke—. Se durmió viendo un documental de plantas.

—Era interesante.

—Te dormiste cuando hablaron de fotosíntesis.

Liam llegó último. Y cuando me vio, sonrió como si el día recién empezara en ese momento. Se acercó y me dio un beso corto. Tranquilo. Natural. Todavía me sorprende que eso sea real. Que él esté acá. Que esté así.

—¿Todo bien? —me preguntó bajito.

Asentí.

—Sí.

Y era verdad. Caminamos sin rumbo fijo, hablando de nada importante. Luke inventó una teoría conspirativa sobre el arbolito navideño de la plaza.

—Ese árbol sabe cosas —dijo señalándolo—. Miralo. Demasiado tranquilo.

—Es un árbol, Luke —dijo Dana.

—Eso es lo que quieren que creas.

Me reí más de lo que debería. Hace unos meses no me habría reído así. Hace unos meses diciembre era una amenaza. Ahora es solo es… diciembre.

Nos sentamos en el pasto un rato. El sol bajaba lento. Falta poco para el 25. La idea volvió, pero esta vez no me apretó el pecho. Liam se recostó hacia atrás y yo apoyé la cabeza en su hombro.

—¿Estás pensando? —preguntó.

—Un poco.

—¿En el 25?

Lo miré. A veces me molesta que me conozca tanto.

—Sí.

Silencio suave.

—No tenés que ser fuerte todo el tiempo —dijo.

—No estoy intentando ser fuerte.

—¿Entonces?

Pensé unos segundos.

—Estoy intentando estar.

Y creo que eso es más difícil. Me tomó la mano. No dijo nada más. No hacía falta. Más tarde, cuando nos despedimos y volví a la residencia, el cielo ya estaba oscuro. Levanté la vista. La luna estaba ahí. No llena. No perfecta. Pero clara. Sophia siempre decía que diciembre tenía las lunas más lindas.

—No sé si eso era científicamente correcto —murmuré.

Pero igual me quedé mirándola. Ya no me duele como antes. La extraño. Muchísimo. Pero no me rompe. Y eso me hace sentir culpable a veces. Como si seguir respirando tranquilo fuera traicionarla. Me detuve en la puerta de nuestra habitación. Hoy Dana se quedaría en la casa de sus padres devuelta y respiré hondo.

—Sigo acá —susurré. No para convencerme. Para recordarlo. Todavía no es 25. Todavía no fui a casa. Pero esta vez no estoy huyendo del día. Estoy caminando hacia él. Con miedo. Con calma. Con ellos. Y con Sophia en el corazón, como siempre.




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