Bajo la luna de sangre

CAPÍTULO I: TRES LATIDOS

Pov. Aralys

El verdadero peligro de salir al mercado no es el camino, ni la gente, ni los precios. El verdadero peligro soy yo o, mejor dicho, aquello que otros llaman belleza; en este reino, un rostro agraciado no es bendición, sino condena. Debo guardarme de los Caballeros Carmesí. Son el único peligro real.

Por eso llevo la capucha echada hasta la nariz y un pañuelo cubriéndome la mitad inferior del rostro. El aire se me queda caliente aquí dentro, huele a mi propio aliento y a tela reseca, pero al menos nadie ve más de lo que debería. Avanzo con premura entre los puestos. El suelo está húmedo, las tablas crujen bajo el peso de cajas y barriles. Hay voces por todas partes: regateos, risas, insultos suaves. Todo es ruidoso y, al mismo tiempo, lejano. Yo vengo a lo que vengo.

Zanahorias, calabaza, garbanzos y un poco de puerro. La sopa de siempre. La que mi madre dice que le "acomoda el alma".

—Buenas tardes —murmuro, apenas audible, mientras señalo las verduras.

El vendedor me mira solo un segundo, lo justo para ver el pañuelo, y luego baja la vista a las monedas que le ofrezco. A nadie le importa tu nombre si pagas, bajas la mirada y no atraes desgracia.

Eso también me lo enseñaron en casa.

Estoy acomodando los garbanzos en la cesta cuando el viento cambia. Entra por el callejón lateral, frío y fuerte, levanta polvo, hojas secas... y mi capucha.

La tela se me va hacia atrás sin que alcance a sujetarla.

Lo siento antes de comprenderlo: el aire frío contra mi nuca, el peso de mi cabello cayendo libre, muy visible. Un destello plateado que contrasta con el marrón apagado del mercado. Tardo tres latidos en reaccionar.

Uno para quedarme yerta.

Otro para entender.

Otro para tirar de la capucha hacia adelante.

Tres latidos en los que cualquiera pudo haber visto demasiado.

No miro a nadie. No busco miradas, no quiero saber. Vuelvo a acomodar el pañuelo con una mano trémula, abrazo la cesta con la otra y continúo mi camino como si nada hubiera pasado. Si nadie nombra un peligro, quizá no exista. A veces esa es la única forma de seguir respirando aquí.

Aun así, la sensación de que algo se ha roto no se va.

Cuando ya casi salgo del mercado, la curiosidad me traiciona. Levanto apenas la vista por encima del pañuelo. Entonces lo veo.

Un Caballero Carmesí.

Apoyado junto a un puesto vacío, con el casco puesto. La armadura negra, surcada de detalles rojos, brilla débilmente en la penumbra. No puedo verle el rostro, pero la dirección de su cabeza es clara.

Su atención está clavada en mí.

No se mueve. No hace amago de acercarse. Solo permanece ahí, quieto, como si no tuviera nada mejor que hacer que observar a una chica cubierta hasta los ojos. Trago saliva, bajo la mirada y acelero el paso. No corro, porque correr sería admitir culpa, pero me alejo tan rápido como puedo sin tropezar con nadie.

Cuando abandono por fin la zona de puestos y el bullicio se disuelve, respiro un poco mejor. Solo un poco.

Sigo alerta.

Nuestra casa se ve antes de llegar: una construcción de madera y piedra de dos pisos, algo venida a menos, con la pintura desconchada en algunos bordes y las ventanas siempre llenas de macetas. La heredó mi padre de su familia.

No amenaza con venirse abajo, pero tampoco pertenece a un cuento. Es... suficiente. Tiene espacio para todos, cruje cuando sopla el viento y guarda el calor en invierno. A mí me basta. Empujo la puerta con la cadera porque tengo las manos ocupadas con la cesta y, apenas la abro, el ruido me golpea.

—¡Aralys! —dos voces infantiles a la vez.

Mis hermanos bajan las escaleras casi rodando, se cuelgan de mis brazos, intentan de ver qué traigo en la cesta.

—Calma —resoplo, intentando que no tiren todo—. Si tiran las verduras, hoy no hay sopa.

—Yo sí voy a comer aunque se caigan —dice el menor, desafiando.

—No, no vas a comer —respondo, fingiendo seriedad—. Si se caen, los voy a hervir a ustedes dos.

Ambos ríen.

A veces creo que su energía es lo único que mantiene esta casa en pie.

Cierro la puerta con el talón y, por primera vez desde que salí, dejo caer los hombros. Solo un instante. Dejo la cesta en el suelo y, con un gesto automático, me quito la capucha y el pañuelo. La tela húmeda cae y mi cabello se desliza libre sobre mi espalda, largo, de plata lunar.

Aquí no debo ocultarme.

Aquí no soy riesgo, ni presagio, ni ofrenda.

Aquí solo soy Aralyss.

Mis hermanos tiran de mi vestido y corro tras ellos; han estado jugando fuera. Una vez que los alcanzo, los baño uno por uno porque regresan cubiertos de tierra hasta las orejas. El agua tibia les arranca risas y quejas a partes iguales. Luego los siento a la mesa de la cocina, les doy pan y un poco de leche. Después, mientras ellos juegan con unas figuras de madera gastadas, me pongo a preparar la sopa.

Cortar, pelar, remover. La rutina también es una forma de defensa.

Desde el cuarto del fondo llega una tos seca, repetitiva.

Mi madre.

—Ya voy —murmuro, aunque nadie me escucha.

Cuando la sopa está lista, sirvo un tazón generoso. Tomo un paño húmedo, respiro hondo y entro en el cuarto.

Ella está recostada, la espalda apoyada contra un par de almohadas. Se ve más pequeña de lo que recuerdo, como si la enfermedad la hubiera ido encorvando hacia dentro. El cabello, que alguna vez fue oscuro, ahora se encuentra surcado de hebras grises en las sienes.

—Huele bien —dice, sonriendo débilmente.

—Te la hice con las hierbas que te gustan —respondo, sentándome a su lado.

La ayudo a incorporarse y le acerco la cuchara a los labios. Su mano tiembla cuando intenta tomar el tazón, así que soy yo quien lo sostiene.

—No tenías que salir —murmura entre cucharadas—. Pude haber esperado.

—No —niego—. No cuando te escucho toser así.

Sus ojos se clavan en los míos, escrutadores, como queriendo comprobar que estoy bien. Hay amor en esa mirada, sí, pero también un leve dolor que nunca ha sabido ocultar del todo.




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