Pov. Aralys
El trayecto fue corto, el castillo se divisa imponente, de piedra oscura, una que otra ventana está iluminada, pero algo tienen los cristales porque están de un rojo intenso como el color de la sangre, parece que laten, tal vez por las velas.
Me da un vuelco al estómago de repente y tenso los músculos con miedo a caerme, la criatura se inclina y va directo a una torre.
El caballero emite un sonido extraño con su boca que provoca que la criatura en vuelo mueva las orejas y se estabilice, el descenso es rápido, sus patas impactan contra la piedra y me sorprende ver al hombre rubio de pie bajo el umbral, de lo que deduzco es una entrada al castillo, su rostro está descubierto y los ojos no destellan ese rojo de antes.
Cuando me bajan de la criatura el mundo da vueltas, el mareo sube con fuerza, mis piernas se doblan, no alcanzo a tocar el piso porque me sostienen del brazo, quiero vomitar, pero al estar amordazada me trago la bilis que me quema la garganta, mi cuerpo se sacude.
No me dan tiempo de recuperarme y soy arrastrada por ese hombre.
—Vamos, él te espera.
Mis ojos se ensanchan más de lo normal,
¿se refiere al rey?
Mi respiración se vuelve pesada y los latidos de mi corazón más rápidos, doy pasos torpes, queriendo atrasar ese encuentro, un fuerte aire llega por la espalda y vuela mi cabello hacia adelante impidiéndome ver bien el camino, escucho pasos de metal contra la piedra, volteo observando cómo nos escolta el caballero.
Vuelvo la vista al frente, a tiempo de ver cómo pasamos por el arco de piedra y nos detenemos. No veo nada, hay oscuridad absoluta, me quedo rígida, intento zafarme del agarre en mi brazo, pero su mano de hierro se ajusta a mi piel.
—Aurelian —habla el hombre a mi lado, giro la cabeza hacia él. Yo no me llamo así.—. Prende las antorchas o la humana se caerá, y no queremos que eso pase, ¿verdad?
Ahora me ve, esa sonrisa... dan ganas de borrarla.
Nos hacemos a un lado para que pase el caballero Aurelian con una antorcha en su mano, me desconcierto, hace un momento no la tenía, su figura se adentra en la oscuridad y lo último que visualizo es cómo se desliza y, a los segundos, unas escaleras despiertan poco a poco, bajamos, tengo que mantener la cabeza agachada para ver los escalones, el espacio es estrecho y desciende en forma de caracol.
Al final de las escaleras hay una puerta entreabierta, el rubio empuja y la madera cruje, el suelo es de mármol oscuro, pulido hasta el punto de reflejar, deformada, mi propia figura, pilares altos a los lados, como costillas de una criatura gigantesca, candelabros con velas rojas y blancas, la cera derramándose en surcos secos sobre el metal.
Giro la cabeza, en la pared izquierda, ventanales enormes se elevan hasta el techo, cubiertos por vitrales teñidos en tonos rojos y oscuros, la luna llena se filtra a través de ellos, y su luz queda atrapada, convertida en una claridad carmesí que baña toda la estancia como un derrame silencioso de sangre.
Todo parece teñido de rojo: la piedra, las columnas, los bordes de los escalones, incluso mis manos.
Seguimos caminando, mis vellos se encrespan por el frío mármol a mis pies, un escalofrío me recorre la espalda sin motivo claro, remuevo mis manos sintiéndome inquieta y pongo atención al frente, quedo hecha piedra en cuanto lo veo, mi captor me obliga a avanzar a empujones suaves.
Es el rey.
Está de pie frente al trono, no sentado en él. El trono de obsidiana se alza a su espalda, alto, elegante, con un círculo tallado en el respaldo que recuerda a una luna eclipsada. Él se encuentra un paso por delante, como si no necesitara el asiento para dejar claro quién manda aquí. Trago saliva y contengo la respiración, es demasiado para mí.
Su figura es alta, mucho más de lo que imaginé, no veo nada monstruoso en él, de hecho, su aspecto es... normal, como el de un humano joven, su cabello es negro como la tinta, cayendo en mechones largos y desordenados que rozan sus hombros, sin forma definida... y, aun así, nada en él parece descuidado.
Su rostro, rasgos afilados, simétricos, demasiado perfectos para ser humano, la piel pálida, casi luminosa bajo el resplandor rojo. Y los ojos, claros, fríos, imposibles de leer, no hay emoción en ellos, solo una quietud que me hace sentir observada, evaluada.
El aire cambia.
Mis pulmones reaccionan antes que yo, respiro más hondo de lo necesario, el olor de la cera derretida me inunda los sentidos y el pecho se me encoge sin aviso.
Da un paso hacia adelante y mi cuerpo intenta retroceder por instinto, pero la mano del hombre a mi lado se mantiene en mi brazo como un barrote de acero, impidiéndome moverme.
—Su Alteza —habla, inclinando la cabeza—, como ordenó. La encontramos en los límites del distrito sur. El cabello y la marca concuerdan. Escuchamos cómo la llamaban en la casa de los Brinton. No parece conocer nada de su origen.
El rey, porque no puede ser otro, no aparta su vista de mí.
—Pueden retirarse —dice, sin mirar a nadie más que a mí.
—¿Solo, mi lord? —se atreve a preguntar alguien, busco la voz porque se me hace conocida, es Aurelian, no me había percatado de que está como estatua en una esquina, al lado de una puerta.
Los ojos del rey se deslizan hasta él, tan despacio que el aire parece congelarse en el trayecto.
—¿Acaso necesito escolta para hablar con una humana? —pregunta, suave, demasiado suave.
—No, Su Alteza.
—Entonces quítenle las ataduras y salgan. Cierren las puertas, nadie entra hasta que yo lo diga.
No es un grito. No necesita serlo.
Mi captor por fin cede el agarre y siento la zona punzar, suspiro. Mis muñecas son liberadas y gimoteo al percibir un hormigueo en mis manos, sigue la mordaza y me masajeo las mejillas, tengo la piel resentida. Maldito. Escucho sus pasos alejarse, el metal rozando el mármol, las puertas dobles cerrándose con un golpe profundo.
Editado: 19.05.2026