Pov. Aralys
Las campanas todavía resuenan a lo lejos cuando abandono la habitación.
La puerta se cierra detrás de mí y el pasillo vuelve a sentirse demasiado grande, aún más en ausencia de los caballeros. El sonido de mis propios pasos queda atrapado entre las paredes de piedra mientras avanzo intentando ignorar el peso del vestido nuevo rozando mis piernas.
Pensé que no volvería a ver al hombre rubio.
Pero ahí está.
Camina delante de mí.
Y un caballero nos acompaña por la espalda. Lo noto incluso sin verlo.
Su presencia es imposible de ignorar, pesada, constante, como si vigilara cada uno de mis movimientos desde las sombras del corredor.
Ninguno dice nada.
Solo escucho: metal rozando suavemente,
el eco de las antorchas crepitando, y mi respiración cada vez más consciente dentro de este lugar.
Mis dedos se crispan alrededor de la tela oscura del vestido.
—¿Siempre hacen esto? —pregunto finalmente, incapaz de soportar más silencio.
Mi raptor gira apenas el rostro hacia mí mientras seguimos caminando.
—¿Escoltar invitados hacia la cena?
Hay algo extraño en cómo sonríe al decir "invitados".
—Secuestrar personas no suele considerarse una invitación.
Su sonrisa se ensancha un poco más.
Detrás de mí, el caballero carmesí permanece completamente callado. Y eso me inquieta más que el parlanchín que tengo enfrente.
Es Aurelian, no tengo dudas. Su presencia se siente igual que en el mercado, que en el callejón o cuando lo tuve pegado a mi espalda arriba de la criatura.
—Oh, te refieres a eso... en realidad todos los años.
Sus ojos destellan como en el callejón.
El miedo me atraviesa tan rápido que se me endurecen los músculos.
Obligo a mis piernas a avanzar aunque quiera salir corriendo, hago un ejercicio de respiración para calmarme un poco en lo que llego al comedor.
Dos puertas altas están abiertas, alcanzó a distinguir sillas y matas de cabello alineadas frente a la mesa, al entrar los otros caballeros presentes se golpean el pecho haciendo un ruido metálico, y las personas sentadas se levantan.
Dejo de respirar.
¿Por qué hacen eso?
—Buenas noches, Su alteza —lo dicen en coro.
El rubio ladea apenas la cabeza. Se está divirtiendo con este espectáculo.
—El rey no se presentará esta noche, pero tenemos a una invitada.
Me señala.
El silencio cae tan rápido que siento un revoltijo en el estómago.
Algunos levantan la cabeza lo suficiente para observarme mejor. Un muchacho moreno deja caer ligeramente el cubierto contra el piso. Más allá, una mujer de vestido oscuro no aparta los ojos de mí; su mirada baja hacia mi cabello antes de volver a mi rostro.
Otro hombre, pelirrojo, parece demasiado tranquilo para alguien sentado en esta mesa. El resto simplemente mira. Como si intentaran entender qué hago aquí.
O quién soy.
El rubio avanza hacia la cabecera de la mesa y coloca ambas manos sobre el respaldo de la silla vacía.
Por un instante, el salón entero permanece inmóvil.
Hasta los caballeros.
—Tome asiento, lady Nyxareth.
El aire abandona el comedor. Literalmente lo siento.
Alguien contiene la respiración.
Y esta vez el silencio ya no se siente ceremonial. Se siente incorrecto.
No me muevo.
El corazón me golpea tan fuerte que apenas escucho el crepitar de las antorchas alrededor.
Esa silla sigue ahí.
Esperándome.
Mis ojos recorren rápidamente la mesa buscando otra opción, cualquier lugar vacío, cualquier sitio menos ese. Incluso volteo hacia atrás, hacia las puertas todavía abiertas del comedor.
Aurelian continúa ahí.
Custodiando.
Observándome detrás de la máscara carmesí.
El hombre rubio suelta una exhalación divertida antes de acercarse un poco más a mí.
—Vamos —murmura lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuche—. Es solo una silla.
Lo miro como si acabara de perder la cabeza.
—Es la silla del rey.
La sonrisa regresa lentamente a su rostro.
—Y él permitió que te sentaras ahí.
Siento varias miradas clavarse todavía más fuerte sobre mí.
—No voy a sentarme ahí.
—Entonces tendrás que comer de pie —dice con tranquilidad—. Aunque personalmente creo que el suelo sería una opción mucho más dramática.
Antes de que pueda responder, el golpe de las puertas cerrándose detrás de mí retumba por toda la estancia.
Me sobresalto.
El sonido es demasiado definitivo.
Instintivamente doy medio paso hacia atrás, pero su mano se desliza sobre mi espalda, cerrándome cualquier posibilidad de escape.
Como si quisiera recordarme que ya no tengo a dónde ir.
No aprieta con fuerza.
No lo necesita.
La presión es suficiente para obligarme a avanzar hacia la cabecera de la mesa. Puedo sentir las miradas siguiéndome todo el tiempo.
—Vamos —murmura cerca de mí—. Estás convirtiendo esto en algo mucho más dramático de lo necesario.
Lo miro sin entender cómo puede tomarse esto con tanta calma.
Él sonríe levemente.
Cuando llegamos junto a la silla vacía, aparta el asiento con una tranquilidad irritante y prácticamente me fuerza a sentarme.
La madera oscura parece moverse bajo mí.
Tan leve que casi podría ignorarlo, pero por un instante, las vetas negras recorren un brillo rojizo antes de apagarse otra vez.
El silencio alrededor se vuelve todavía peor.
Mi captor se incorpora lentamente y entonces mira al resto.
—Pueden sentarse.
El sonido de las sillas moviéndose rompe la tensión apenas por unos segundos.
Regresa su atención a mí, toma uno de los platos vacíos y empieza a servir comida como si realmente perteneciera ahí.
Carne.
Pan.
Fruta.
Verduras.
Todo acomodado con demasiada tranquilidad para alguien que secuestra personas. Finalmente el plato queda frente a mí.
Editado: 19.05.2026