Pov. El Rey Oscuro
La última luz del día atraviesa los vitrales del estudio cuando cierro el libro entre mis manos.
El rojo del atardecer mancha los mapas extendidos sobre la mesa de piedra, la copa intacta y los nombres escritos sobre pergamino oscuro.
Keiran. Aún empuña el cuchillo durante la cena. Todavía espera un ataque que no llegará.
Nolan. Dejó de llorar por las noches. Astrid probablemente tiene algo que ver con eso. Ahora come sin miedo cuando ella permanece cerca.
Kaela. Continúa negándose a probar la comida frente a mí, aunque Darien observó que, después de la tercera noche, comenzó a esconder pan dentro de una servilleta antes de abandonar el comedor.
Deslizo lentamente un dedo sobre los nombres antes de apartar el pergamino hacia un lado.
Todavía queda tiempo.
Fuera del castillo, Noxhar comienza a apagarse lentamente junto con el sol.
Puedo sentirlo.
Las puertas cerrándose en los distritos. Las antorchas encendiéndose sobre los muros y la vida regresando a las casas antes de la noche.
Todo permanece exactamente donde debe estar.
Hasta que alguien golpea la puerta.
Una sola vez.
Levanto la mirada.
—Adelante.
La puerta se abre lentamente.
Aurelian entra todavía cubierto por la armadura carmesí. El metal oscuro refleja los últimos tonos rojizos del atardecer mientras avanza hasta detenerse frente al escritorio.
Primero inclina la cabeza.
Después lleva una mano al casco, se lo retira lentamente. Cabello oscuro, su mandíbula tensa. Y una cicatriz atravesándole la ceja izquierda.
—Su Alteza.
Le presto toda mi atención.
Él rara vez abandona una misión antes de concluirla. Y jamás interrumpe sin motivo.
—Habla.
Sus ojos permanecen fijos al frente.
—Encontramos a una mujer en el Distrito Sur.
No reacciono.
—Tiene cabello plata.
Eso sí consigue arrancarme una pausa.
Plata.
Demasiado específico para ese distrito.
—¿Joven? —pregunto.
—Sí, mi Lord. No le calculo más de veinticinco años.
Mi mirada vuelve al fuego, no puede ser casualidad.
No ahí.
No con esa edad.
Una Nyxareth en el Distrito Sur no tiene sentido. A menos que alguien la haya escondido.
O alguien haya decidido traicionar a la Corona.
Me levanto y voy hacia el libro del árbol genealógico de las familias nobles. Todos los nacimientos están registrados ahí. Todos los nombres que alguna vez importaron.
Encuentro a los Nyxareth.
Nombres. Fechas. Tachaduras.
Paso el dedo por la hoja hasta llegar al último nombre entregado a la corona siete años atrás.
Isolde Nyxareth.
Después de ella solo permanecen registrados Caelum Nyxareth y Elyria Nyxareth. Los herederos menores. Intocables para este ciclo.
Tal vez...
—¿Sabes su nombre? —inquiero sin apartar la vista de las páginas.
—Razvan vigila la casa. Escuchó que la llamaban Aralys. La vivienda pertenece a la familia Brinton.
Aralys Brinton.
Distrito Sur. Campesinos. Incompatible con Nyxareth.
—¿Hermanos?
—Sí. Dos pequeños.
Mis ojos regresan hacia él. Aurelian continúa mirando al frente.
—Pero no son parecidos a ella. Cabello castaño. Ojos marrones.
Cierro el libro lentamente y acaricio el lomo con los dedos, repasando una vez más todas las posibilidades.
Todas conducen al mismo lugar.
—Captúrala.
Aurelian inclina la cabeza.
—Y tráela ante mí.
Hago una breve pausa antes de volver la vista hacia el fuego.
—Si posee sangre Nyxareth... quiero comprobarlo personalmente.
No se dice nada más. Los pasos de metal resuenan brevemente sobre la piedra antes de desaparecer fuera del estudio.
Dejo el libro en su lugar y me apoyo sobre el escritorio con ambas manos. Cierro los ojos.
Busco el vínculo con Razvan.
Lo encuentro casi de inmediato.
Calor.
Humo.
Hierbas hervidas.
El sonido suave de una cuchara contra metal.
Distrito Sur.
Mi atención encuentra el cabello antes que cualquier otra cosa.
Plata.
No blanco.
No ceniza.
Plata.
Demasiado brillante bajo la luz pobre de una cocina campesina que apenas consigue opacarlo.
Dos niños cerca de ella, cabello oscuro... ojos marrones.
Brinton.
No.
El vínculo ajusta el ángulo apenas un poco.
Y entonces los veo.
Sus ojos.
Azul grisáceo.
Demasiado claros.
Quietos por un instante mientras remueve la sopa, ajenos a todo lo que deberían significar. Mi atención permanece ahí más de lo necesario.
Después el cabello otra vez. La manera en que la luz se enreda en él.
Los rasgos.
La piel.
La absurda familiaridad de una sangre que no debería existir en ese distrito.
Nyxareth.
Abro los ojos con la cólera ascendiendo por mis entrañas. El sabor amargo que invade mi boca supera incluso al de la sangre de un animal enfermo.
Que no pertenezca a esa sangre resultaría absurdo.
El cabello plata.
Los ojos.
Rasgos que he visto repetirse durante siglos bajo el nombre Nyxareth. Sería más fácil creer en otra traición que en un error de linaje.
Solo necesito ver la marca de la diosa Luna.
Extiendo el vínculo hacia el castillo.
Alaric.
La presencia responde al primer llamado.
Su Alteza.
Al estudio.
Abro los ojos. Tres golpes secos resuenan contra la puerta.
—Entra.
La puerta se abre y Alaric cruza el umbral todavía cubierto por la armadura carmesí, inclinando la cabeza antes siquiera de detenerse frente al escritorio.
—Mi Lord.
—Haz que preparen la torre del Ala Norte. La habitación Nyxareth.
Alaric inclina la cabeza sin vacilar.
—Como ordene, Su Alteza.
Abandona el estudio de inmediato y el silencio vuelve a ocupar su lugar.
Editado: 09.06.2026