Bajo la luna de sangre

CAPÍTULO V: NO SOY UNA NYXARETH

Pov. Aralys

El chico llamado Nolan no logró tranquilizarse y terminaron llevándoselo.
El jardín tarda varios segundos en recuperar algo parecido al movimiento.

Demasiados guardianes.

Demasiadas miradas siguiendo la misma dirección.

Después... silencio.

Un silencio incómodo, expectante, como si nadie terminara de decidir qué hacer con lo que acaba de pasar.

Finalmente regresamos al ala.

No todos.

Pero sí la mayoría.

Ahora varios permanecemos reunidos en los sillones, rodeados por fuego tenue, libros abiertos y conversaciones que intentan fingir normalidad. Los nobles hablan entre ellos intentando entender qué pudo pasar.

Presto atención.

—No estaba lastimado.

—No —dice la mujer de cabello negro azulado, acomodándose contra el respaldo del sillón—, pero tampoco dejó de llorar ni de temblar frente a los guardianes.

—¿Creen que vuelva? —pregunta Dorian al aire, aunque su mirada permanece fija en la mesa de piedra entre nosotros.

—Tiene que hacerlo —interviene Astrid con tranquilidad—. La Luna Roja será dentro de veinte días.

Veinte días.

Inclino apenas la cabeza y guardo el dato en algún rincón de mi mente.

Puede servirme.

—¿Y eso qué tiene que ver? —pregunto.

El muchacho del libro habla entonces, sin levantar demasiado la vista de las páginas.

—La Luna Roja marca el ciclo. Cuando aparece, uno de nosotros será llevado al altar.

Mi garganta se aprieta.

Observo alrededor.

Nadie parece sorprendido ni confundido. La frase cae en la habitación con una naturalidad inquietante, como una verdad demasiado vieja para seguir cuestionándola.

—Entonces es cierto —pregunto antes de poder detenerme—. ¿Estamos aquí para morir?

El silencio dura apenas un instante.

—Sí —responde Astrid.

Así de simple.

Como si confirmara una fecha del calendario.

La respuesta cae pesada dentro de mi pecho. Nadie discute. Nadie intenta suavizarla. La muerte parece demasiado instalada en este lugar para necesitar explicaciones.

Mis ojos recorren sillones, copas olvidadas y libros abiertos sobre las mesas bajas.

Rostros tranquilos.

Inquietantemente tranquilos.

No lo entiendo.

Nada de esto tiene sentido.

Nolan acaba de colapsar. Hablan de altares, de ciclos, de veinte días, y aun así siguen aquí, sentados, respirando alrededor de una verdad que parece antigua para todos menos para mí.

La mujer de ojos ámbar inclina apenas la cabeza hacia mí.

—¿Qué imaginabas exactamente, lady Nyxareth? —pregunta con suavidad impecable—. ¿Que la Corona organizaba reuniones sociales por simple cortesía?

Hay algo elegante en su voz, ofensivamente elegante.

Desde otro sillón, el hombre de cabello rubio oscuro deja escapar una exhalación seca.

—No seas cruel, Seraphine.

Lo observo cruzar un brazo sobre el respaldo mientras me estudia con una mezcla incómoda de cansancio y algo parecido a comprensión.

La mujer me observa un momento más.

—¿Cruel? —pregunta con calma impecable—. Perdóname. Creí que estábamos asistiendo a otra lección extraordinaria de nuestra distinguida Academia de Noxhar.

Dorian deja escapar una risa breve por la nariz.

Por alguna razón, Astrid ni siquiera parece inmutarse.

El muchacho del libro vuelve la atención a sus páginas, como si aquella conversación no fuera especialmente sorprendente.

—Tema de esta noche —continúa ella—: cómo descubrir que vas a morir, perder tu apellido y seguir fingiendo modales durante el postre.

Algo dentro de mí termina por tensarse.

—No soy una Nyxareth —digo antes de pensarlo demasiado.

El silencio cambia apenas.

Mi propia voz suena más firme de lo que me siento.

—Me llamo Aralys Brinton.

Varias miradas terminan sobre mí.

Demasiadas.

Y por primera vez no estoy completamente segura de que sea verdad.

—O al menos eso creía hasta que el rey decidió decir lo contrario.

La duda vuelve a removerse dentro de mí.

—Sé lo que representa este reino. Crecí cubriéndome media vida porque aquí la belleza puede convertirse en una condena.

Tomo aire antes de continuar.

—Pero no sabía esto.

Mi mano señala vagamente el ala, los sillones, las puertas cerradas y las personas reunidas alrededor de una muerte anunciada.

—No sabía que funcionaba así.

—Que los nobles terminaban aquí —murmuro—. Que uno de ustedes... uno de nosotros... es llevado a un altar.

Un silencio breve y extraño se instala entre nosotros.

Soy consciente de que todos siguen observándome cuando Florence inclina ligeramente la cabeza.

—¿Tu familia nunca dijo nada? ¿Alguna historia? ¿Una marca? ¿Algún nombre?

Pienso.

Lo intento de verdad.

Capuchas. Mangas largas. Evitar lugares concurridos. No llamar la atención. Toda una vida aprendiendo a ocupar menos espacio del que realmente tenía permitido.

Recuerdos tan normales que nunca me había detenido a cuestionarlos.

—Solo reglas —mi voz sale más baja—. Cubrirme. Mantenerme lejos de ciertas cosas. No hacer preguntas.

El muchacho del libro levanta más la vista. Escucha como si estuviera reorganizando documentos dentro de su cabeza.

—¿Y creías que era por...?

Exhalo suavemente.

No sé por qué responder eso se siente más difícil que hablar del secuestro.

—Por mi apariencia.

Nadie aparta la vista.
Eso tampoco ayuda.

—Tal vez una forma de mantenerme a salvo.

Mis dedos se crispan ligeramente sobre la tela del vestido.

—Creí que era eso.

Hago una pausa mientras recorro el lugar con la vista. Todo este lugar funciona bajo reglas que nadie se molestó en explicarme.

Y yo acababa de descubrir que llevaba toda la vida obedeciéndolas sin saberlo.

—Ahora ya no estoy tan segura.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.