POV. Aralys
Despierto con una mueca de dolor.
Mi cuello protesta apenas intento incorporarme.
—Ah...
Me llevo una mano a la nuca y permanezco unos segundos sentada sobre el diván.
Trato de recordar en qué momento me pareció buena idea pasar la noche ahí, pero la respuesta llega enseguida. Nunca fue una decisión. Simplemente me quedé dormida mientras la luna se colaba por los ventanales y las preguntas terminaban por vencer al sueño.
Me pongo de pie despacio. Cada músculo parece decidido a recordarme que un diván jamás fue diseñado para pasar la noche.
Al entrar al baño me detengo.
La bañera ya está llena. Un tenue vapor asciende desde el agua caliente y empaña ligeramente el espejo. Parpadeo.
No he llamado a nadie. Ni siquiera sé cómo pedir ayuda en este lugar.
Y, aun así, todo está preparado.
Toallas limpias. Jabones. Un vestido cuidadosamente dispuesto sobre una silla.
Debería parecer un gesto amable, pero solo consigue ponerme un poco más alerta. No he pedido nada, ni sé quién se encarga de estas cosas, y aun así encuentro agua caliente, ropa limpia y todo dispuesto exactamente donde debería estar.
Tal vez la señora de anoche...
Empiezo a sospechar que en Noxhar muy pocas cosas se dejan al azar.
Aun así, el agua resulta demasiado tentadora para rechazarla.
Minutos después abandono la bañera sintiéndome considerablemente más humana. El dolor en el cuello sigue ahí, pero al menos ya no parece una tragedia personal.
Termino de arreglarme y salgo finalmente de la habitación.
Aurelian continúa junto a la puerta. Al escucharme salir, interrumpe la conversación que mantiene con Razvan y recupera de inmediato la compostura. Las manos vuelven detrás de la espalda. La expresión, completamente neutra.
Razvan es quien da un paso al frente.
—Buenos días, lady Nyxareth.
Ignoro como me llama e inclino apenas la cabeza.
—Buenos días.
Comenzamos a caminar por el corredor. Durante unos segundos solo nos acompaña el eco de nuestros pasos sobre la piedra.
Llevo una mano al cuello sin pensarlo.
El movimiento no pasa desapercibido.
—¿Ocurre algo?
—Nada grave.
—¿Está segura?
Asiento.
—Dormí en el diván.
Hay un breve silencio.
—Ya veo.
Continúa caminando con absoluta tranquilidad.
—De haberlo sabido, habría entrado a llevarla a la cama.
Mis pasos se detienen.
Lo miro.
Él también se detiene y gira apenas la cabeza hacia mí, como si no entendiera el motivo.
El calor me sube inmediatamente al rostro.
Mi imaginación, siempre tan oportuna, decide regalarme una escena absolutamente innecesaria: yo profundamente dormida, el camisón desordenado y él entrando como si aquello fuera la cosa más normal del mundo.
—No.
La respuesta sale demasiado rápido.
Razvan frunce apenas el ceño.
—No era una propuesta.
Parpadeo.
—Era una observación.
El silencio dura apenas un instante.
Después continúa caminando con la misma tranquilidad de siempre.
—Su bienestar forma parte de mis responsabilidades, lady Nyxareth.
No añade nada más. Simplemente sigue avanzando por el corredor como si aquella explicación bastara para dar el asunto por terminado.
Lo observo unos segundos antes de seguirlo. Todavía no decido qué me inquieta más.
Que lo haya dicho con absoluta naturalidad... o la sospecha de que realmente hablaba en serio.
Continuamos avanzando por los corredores del Ala Norte.
La sección destinada a los habitantes del castillo empieza a resultarme ligeramente más familiar. No lo suficiente para orientarme sola, pero sí para reconocer ciertos lugares.
Al doblar una esquina, la sala común aparece frente a nosotros.
La chimenea continúa ocupando uno de los extremos de la estancia. Los sillones han vuelto a su lugar, las mantas están cuidadosamente dobladas y las mesas permanecen ordenadas. Incluso las copas y bandejas que recuerdo haber visto la noche anterior han desaparecido, como si alguien hubiera borrado cualquier rastro de actividad mientras todos dormíamos.
Mi mirada se desvía hacia el corredor que conduce al invernadero. Desde aquí apenas alcanzo a distinguir parte de los enormes paneles de cristal. Bajo la luz de la mañana, la superficie luce opaca, cubierta por años de humedad, tierra y vegetación. Cuesta creer que el lugar donde Nolan perdió la compostura hace apenas unas horas se encuentre a tan poca distancia.
No somos los únicos despiertos.
Junto a uno de los ventanales encuentro a Elías. Ya está vestido, peinado y perfectamente presentable para alguien que, sospecho, ha pasado buena parte de la noche leyendo. Un libro abierto descansa sobre sus piernas. Hay algo casi hipnótico en la forma en que lee. Como si el castillo entero desapareciera en cuanto baja la vista hacia un libro.
Por un momento considero saludarlo.
Entonces pasa la página sin siquiera levantar la vista. Supongo que interrumpir una buena lectura nunca ha sido una opción.
Seguimos caminando y la sala común queda poco a poco atrás.
Antes de llegar al comedor atravesamos otra sección del Ala Norte que apenas tuve oportunidad de observar la noche anterior. A nuestra izquierda se alzan unas enormes puertas dobles de madera oscura. Las hojas están decoradas con delicados grabados y reforzadas con hierro ennegrecido por el tiempo. Incluso cerradas resultan imponentes.
—La biblioteca —dice Razvan al notar mi mirada.
Mis ojos permanecen sobre las puertas unos segundos más. Hay algo casi intimidante en ellas, como si detrás aguardaran siglos enteros de historias.
No me da tiempo de observar mucho más.
El corredor comienza a estrecharse. Las ventanas desaparecen y la luz de la mañana queda atrás. Durante varios metros solo nos acompañan las antorchas distribuidas a intervalos regulares sobre los muros de piedra. Las llamas proyectan sombras inquietas sobre el suelo y el silencio adquiere un peso distinto.
Editado: 23.07.2026