Todo desapareció y de pronto solo eran ellos dos, en la pista de baile solo existían sus cuerpos entrelazados, el espacio era mínimo entre sus cuerpos al moverse. Mientras sus risas contenidas eran notadas por el otro, el vestido de Elara se movía como la marea mientras la máscara de él parecía moverse, mostrando un poco de su cara pero quedando con la intriga.
El baile terminó muy tarde, los primeros rayos de luz se notaban en los grandes vitrales, y Elara en cada ronda bailó con el misterioso chico, quien solo la dejaba con más intrigas que respuestas. Al terminar la gran fiesta, Elara pensó que ese sería el final, que ya no se encontraría con el chico, o eso es lo que pensó tontamente, sintiendo un poco de tristeza. Pero Elara notó que el chico empezó a buscar algo en su bolsillo.
—¿Qué buscás? —curiosa, preguntó Elara.
—Busco esto —dijo el chico mostrando dos pergaminos pequeños.
—Una despedida tan absoluta no me gusta —musitó, tomando la mano de Elara y colocó uno de los pergaminos en la palma de su mano.
Elara miró el pergamino y se preguntó por qué le daba un pergamino, así que decidió preguntar:
—En mi familia es común usar encantamientos. Esto es para comunicarnos: solo escribes lo que quieras decirme y se mostrará en el mío, y viceversa.
—Así que si alguna vez te dignas a hablarme, ya sabés cómo.
Antes de que se diera cuenta, él ya había tomado su mano y la había besado con delicadeza.
—Nos vemos, señorita. Ojalá que me llames —habló con delicadeza mientras se iba.
Mientras, Elara solo se quedó con la sensación de su mano, mientras sonreía.