Elara ya había llegado a la entrada de su casa, y sabía que su padre la regañaría por llegar tarde. Irónico, pues él fue el gran genio que la obligó a ir, pero tampoco quería una gran regañada de él, ya sabía cómo era, y sus castigos no eran nada bonitos. Así que tuvo una gran idea, que después se dio cuenta que era tonta, digna de una historia de ladrones: escalar hacia la ventana de su cuarto.
Cosa fácil si no fuera porque su cuarto estaba en el quinto piso (cosa que ahora se arrepentía de elegir, pues tenía que subir tantas escaleras que cuando subía ya era noche) y había vigilancia excesiva, pues su padre era muy paranoico. Cosas que no tenían mucho sentido, pues vivían literalmente cerca de una montaña, tan lejos que ya nadie los quería visitar.
Así que, con mucho esfuerzo y agilidad (cosa que ya no tenía, de tanto bailar en la fiesta), estuvo esquivando a cualquier persona que la mirara. Cosa difícil porque había tantos vigilantes que casi la descubrieron, si no fuera porque se escondió en un arbusto con espinas, así que terminó con toda su ropa rota (perfecto, ahora parezco que me peleé con gatos), hasta que por fin encontró en dónde estaba esa ventana de su cuarto.
Por suerte, ya no había tanta gente como antes y pudo relajarse un poco, aunque se ofendió pues, ¿cómo podía ser que en todos lados haya tanta seguridad y en donde dormía no hubiera tantos vigilantes? Pero sabía que no era momento de quejarse, así que empezó a escalar, pero no duró mucho antes de caerse y decir:
—¡Mierda, me golpeé! —dijo irritada, tirada en el suelo frío—. Maldigo la paranoia de mi padre —dijo con enojo y resignación, al saber que no podía escalar con sus tacones. Así que tuvo que sacarse sus tacones de puntas de color negro para poder escalar
Así intentó escalar otra vez, esta vez lográndolo con algunas dificultades pequeñas. Sus manos empezaron a agarrar lo que podía para no caerse, como grietas, pero eso no era lo difícil. Lo verdaderamente difícil era su vértigo, que a cada minuto que pasaba se hacía más grande. Así que, cuando por fin estaba cerca de la ventana, celebró de una vez, pero se despegó una piedra y Elara sintió el terror. Con sus últimos movimientos, pudo agarrar una piedra y agarrarse.
Al llegar a su cuarto —o más bien, literalmente acostarse en el piso como si fuera lo más suave del mundo—, notó que nadie había entrado, ya que todo estaba en orden, cosa que hizo que se relajara.
—¡Qué bueno que no hay nadie! —dijo celebrando, mientras sacaba su pergamino de dónde lo tenía guardado.
Y sin siquiera ganas de pararse, se acostó en su cama de una vez, abrazando el pergamino y, sin darse cuenta, se durmió.