Bajo la mirada de los lobos

Un nuevo comienzo

Elena Rodríguez bajó del autobús con el corazón latiendo tan rápido que pensó que todos a su alrededor podían escucharlo.

Frente a ella se alzaba la enorme Universidad Blackwood, un lugar con el que había soñado durante años.

Los edificios eran elegantes, los jardines parecían sacados de una revista y cientos de estudiantes caminaban por los pasillos hablando y riendo como si pertenecieran allí.

Elena, en cambio, se sentía completamente fuera de lugar. Ajustó la correa de su bolso y respiró hondo para tranquilizarse.

—T-todo estará b-bien... —se dijo en voz baja.

Era su primer día y no quería causar una mala impresión.

Su objetivo era sencillo: asistir a clases, sacar buenas notas y mantenerse alejada de los problemas.

Sin embargo, apenas comenzó a caminar por el campus, notó que algo extraño estaba ocurriendo.

Las conversaciones empezaron a disminuir y muchos estudiantes dirigieron la mirada hacia la entrada principal. Algunos susurraban emocionados; otros parecían nerviosos.

Movida por la curiosidad, Elena levantó la vista. Dos jóvenes avanzaban entre la multitud.

Uno de ellos tenía una expresión seria y una mirada fría que imponía respeto. El otro caminaba con una confianza natural y una ligera sonrisa.

A su alrededor parecía existir una barrera invisible que impedía que los demás se acercaran demasiado.

—Son Adrián y Matteo —escuchó decir a una chica.

—Dicen que sus familias son las más poderosas de la ciudad.

—Y que nadie debería meterse con ellos.

Elena frunció el ceño. No entendía por qué todos parecían tan impresionados.

Decidió ignorar los rumores y siguió buscando el edificio de su primera clase. Después de varios minutos caminando, finalmente encontró el aula.

Entró rápidamente y tomó asiento en una de las últimas filas, esperando pasar desapercibida.

La profesora Laura Bennett comenzó la clase con una presentación de bienvenida. Todo parecía ir con normalidad hasta que la puerta se abrió.

Adrián y Matteo entraron al salón. Los murmullos volvieron a aparecer de inmediato. La profesora apenas levantó la vista antes de indicarles que tomaran asiento.

Para sorpresa de Elena, los únicos lugares libres estaban cerca de ella.

Matteo ocupó el asiento de su derecha y Adrián el de la izquierda. Elena sintió que sus nervios regresaban de golpe.

Intentó concentrarse en la explicación de la profesora, pero le resultaba imposible.

Cuando dejó caer accidentalmente un bolígrafo al suelo, se agachó para recogerlo al mismo tiempo que Adrián.

Sus manos rozaron el objeto al mismo tiempo.

—Lo siento —murmuró Elena, apartándose rápidamente.

—No pasa nada —respondió él con voz tranquila.

Fue una respuesta simple, pero bastó para sorprenderla. Los rumores lo describían como alguien distante y frío. Sin embargo, aquella respuesta no sonó cruel ni arrogante.

Durante el resto de la clase, Elena intentó convencerse de que aquel pequeño incidente no significaba nada.

Pero cuando sonó la campana y comenzó a guardar sus cosas, sintió una mirada sobre ella.

Levantó la cabeza y encontró los ojos de Adrián observándola por un instante antes de que él se levantara y se marchara junto a Matteo.




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