Adrián y Matteo siempre habían compartido todo. Desde pequeños crecieron unidos, enfrentando juntos cada desafío que la vida les presentó.
Sin embargo, había algo que nunca imaginaron compartir: sus sentimientos por Elena.
Al principio intentaron ignorarlo, convencidos de que era solo admiración.
Pero cada día que pasaban con ella hacía más difícil ocultar la verdad. Ninguno quería lastimar al otro, pero tampoco podían negar lo que sentían.
Una tarde, mientras caminaban por los jardines de Blackwood, Matteo rompió el silencio.
—También te gusta, ¿verdad?
Adrián no respondió de inmediato. Finalmente asintió.
—Sí
Para sorpresa de ambos, no hubo enojo ni discusión. Solo un silencio lleno de comprensión.
Habían crecido escuchando la historia de sus padres, quienes habían amado a la misma mujer y habían construido una familia basada en la confianza y el respeto.
Aunque sabían que su situación era diferente, aquella historia les enseñó que los sentimientos no siempre siguen las reglas que otras personas esperan.
Mientras tanto, Elena no tenía idea de la conversación que acababa de ocurrir.
Ella seguía concentrada en sus estudios y en descubrir los secretos que parecían rodear a los hermanos.
Pero cuanto más tiempo pasaban juntos, más evidente se volvía que ambos estaban comenzando a enamorarse de ella.
Y por primera vez en sus vidas, Adrián y Matteo comprendieron que el mayor desafío no serían los misterios de Blackwood, sino proteger la amistad que siempre los había unido.