Elena movió la última carpeta. Miró debajo de la mesa.
Abrió cada cuaderno que habían usado en semanas. La carta no estaba.
No encontró la carta y no descubrió nada.
No había pistas, no había secretos escondidos. Solo quedaban ellos tres, el proyecto a medio terminar, y las horas que tendrían que pasar juntos para sacarlo adelante.
Y pasaron. Pasaron días enteros. La biblioteca se volvió su segunda casa.
Elena llevaba el café, Mateo traía los apuntes, Andrés se encargaba de las diapositivas. Se quedaban hasta tarde discutiendo, corrigiendo, riéndose cuando algo salía pésimo.
Entre el estrés y el cansancio se fueron conociendo de verdad. Elena supo que Mateo tomaba café sin azúcar y que Andrés se mordía el labio cuando estaba nervioso.
Ellos supieron que Elena tarareaba bajito cuando se concentraba.
Tres semanas después, el proyecto estaba listo.
Lo presentaron un viernes a primera hora. Elena expuso la introducción con la voz un poco temblorosa.
Mateo explicó los datos. Andrés cerró con la conclusión. Cuando el profesor dijo "Excelente trabajo, 100 puntos", los tres soltaron el aire al mismo tiempo y se miraron con esa sonrisa de "lo logramos".
Se sentó en una mesa del fondo y cerró los ojos un minuto.
Media hora después la puerta se abrió. Empezaron a llegar compañeros de clase.
"Elena, ¿nos sacamos 100?", le gritó una chica desde lejos. Risas, fotos del grupo con el proyecto impreso, comentarios de "no puedo creer que ya terminamos".
La biblioteca dejó de estar vacía. Se llenó de alivio y bulla.
Ahí estaba Luis.
Apoyado en la pared frente al salón, como si llevara rato esperando.
Siempre había sido intenso con ella, pero desde que terminó el proyecto estaba peor.
Elena", sonrió de lado cuando la vio. "Al fin solos. Sin proyecto, sin presión". Se despegó de la pared y se le acercó demasiado rápido. "Hay que celebrarlo nosotros dos".
Elena retrocedió un paso. "Luis, no-"
No la dejó terminar. La agarró por la cintura con fuerza e intentó besarla.
No preguntó. No esperó su permiso. Su aliento le dio en la cara y Elena empujó con las manos contra su pecho, pero él no soltaba.
Suéltala
La puerta del salón se abrió de golpe contra la pared.
Mateo y Andrés. Habían ido a buscarla para irse los tres a comer y celebrar. Lo vieron todo.
Lo que pasó después fue rápido. Mateo lo arrancó de Elena de un empujón brutal. Andrés le cruzó la cara de una bofetada.
Luis apenas tuvo tiempo de levantar las manos antes de que los dos se le fueran encima.
No fue una pelea larga. Fueron golpes secos, directos, de amigos que habían visto cruzar la línea.
Luis terminó en el suelo, escupiendo en el piso, agarrándose la cara. No dijo nada. No se atrevió a levantar la vista.
Andrés se agachó un segundo. "Si vuelves a tocarla, te juro que la próxima no te paras", le dijo bajito, sin gritar. Luego se levantó y se giró hacia Elena.
El pasillo quedó en silencio. Solo se oía la respiración agitada de Elena, con la espalda pegada a la pared, los ojos brillosos sin llegar a llorar.
Mateo fue el primero en acercarse. Despacio. Le puso las manos en los hombros como comprobando que estaba entera. "¿Estás bien?", susurró. Elena asintió, pero no podía hablar.
Entonces él le apartó un mechón de pelo de la cara con los dedos, con cuidado, como si fuera de cristal. Se inclinó y la besó en los labios. Suave. Corto. Como pidiendo perdón por no haber llegado antes.
Elena se quedó quieta, sorprendida.
Antes de que pudiera reaccionar, Andrés dio un paso al frente. Vio a Mateo separarse y no esperó más. Tomó el rostro de Elena con las dos manos y la besó también. Este beso no fue suave. Fue intenso, urgente, lleno de todo lo que se había aguantado en esas semanas de biblioteca y café a las 2am.
Elena cerró los ojos. No los empujó. No dijo que no. Por un segundo dejó de pensar. Solo sintió.
Y les correspondió el beso. Primero a Mateo, cuando él volvió a buscar su boca. Luego a Andrés, cuando él no se separó.
No sabía si era por el susto, por la adrenalina, por gratitud... o porque en el fondo, mientras hacían ese proyecto, algo en ella también los había querido a los dos.
Cuando por fin se separaron, los tres se quedaron mirándose. Nadie sabía qué decir. El aire pesaba distinto ahora.
Afuera, Luis se levantó del suelo cojeando. Se limpió la boca y se fue sin mirar atrás, sin decir una palabra más.
No había carta. No había secretos que descubrir. Solo Elena y sus dos amigos, y un beso que acababa de enredar toda la amistad.