Tres meses habían pasado desde que Elena comenzó su relación con Adrián y Matteo, y aunque durante ese tiempo había sido feliz, algo dentro de ella había empezado a cambiar desde que vio a aquellas dos misteriosas rubias junto a ellos.
Intentaba convencerse de que estaba exagerando, que no tenía motivos para sentirse insegura, pero cada vez que recordaba sus sonrisas, la confianza con la que hablaban con los hermanos y la forma en que parecían formar parte de sus vidas, un incómodo sentimiento de celos crecía en su pecho.
Los días siguientes se volvieron extraños.
Elena ya no actuaba igual. Respondía con menos entusiasmo, sonreía menos y pasaba más tiempo pensando que hablando.
Matteo y Adrián lo notaron enseguida, pero ninguno lograba entender qué ocurría
Una tarde, al salir de clases, Matteo caminó a su lado y, como siempre, intentó tomar su mano.
Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarla, Elena apartó la suya y siguió caminando como si nada hubiera pasado.
Matteo se quedó inmóvil durante unos segundos, confundido.
Aquello nunca había ocurrido.
Adrián, que caminaba unos pasos más atrás, también lo vio y frunció el ceño.
—¿Pasa algo? —preguntó Matteo al alcanzarla.
—No —respondió Elena rápidamente, sin mirarlo.
Pero era evidente que sí pasaba algo.
Durante el almuerzo apenas habló.
Cuando los hermanos intentaban hacerla reír, ella solo sonreía por compromiso.
Cuando alguno de los dos se acercaba demasiado, encontraba una excusa para alejarse.
Y mientras ellos intentaban comprender qué estaba ocurriendo, Elena seguía luchando contra las imágenes que no dejaban de aparecer en su mente:
aquellas dos mujeres rubias, hermosas, elegantes y seguras de sí mismas riendo junto a Adrián y Matteo.
Una parte de ella quería preguntar quiénes eran, pero otra tenía miedo de escuchar una respuesta que no le gustara.
Por eso guardó silencio. Sin embargo, cuanto más callaba, más crecía la distancia entre ellos.
Los hermanos comenzaron a preocuparse de verdad. No entendían por qué la chica que siempre buscaba estar cerca de ellos ahora parecía levantar un muro invisible.
Y Elena tampoco sabía cómo explicar lo que sentía, porque en el fondo ni siquiera estaba segura de si estaba enfadada, triste o simplemente asustada de perder a las personas que más quería.