La biblioteca de Blackwood estaba más silenciosa que de costumbre aquella tarde. Los exámenes finales se acercaban y la mayoría de los estudiantes prefería estudiar en sus habitaciones o en otros edificios del campus.
Elena se encontraba sentada entre Adrián y Matteo, rodeada de libros, cuadernos y hojas llenas de apuntes.
Aunque intentaba concentrarse en la lectura, cada pocos minutos terminaba observándolos.
Habían pasado muchas cosas desde que se conocieron: los nervios del primer día, el proyecto que los unió, los celos, las discusiones y las reconciliaciones.
Pensar en todo aquello hizo que una sonrisa apareciera en su rostro. Matteo fue el primero en notarlo.
Levantó la vista de sus apuntes y le devolvió la sonrisa, aunque sin saber qué la había provocado. Adrián, por su parte, seguía completamente concentrado en un libro hasta que sintió la mirada de Elena sobre él.
Cuando levantó la cabeza, la encontró observándolo con una expresión tan dulce que por un momento olvidó lo que estaba leyendo.
Elena no dijo nada. Simplemente se inclinó hacia él y le dio un beso corto y cariñoso.
Adrián se quedó inmóvil durante un segundo, sorprendido, y luego una sonrisa sincera apareció en su rostro, una de esas sonrisas que muy pocas personas tenían la suerte de ver.
Elena soltó una pequeña risa al verlo reaccionar así. Matteo observó la escena desde el otro lado de la mesa y negó con la cabeza divertido.
—¿Y yo qué? —preguntó en tono de broma.
Elena sintió cómo sus mejillas se calentaban y, después de unos segundos de duda, se levantó de la silla y rodeó la mesa. Matteo la observó acercarse sin entender muy bien qué planeaba. Entonces ella se inclinó y le dio un beso igual de cariñoso.
Matteo abrió los ojos sorprendido y después soltó una carcajada tan fuerte que varias personas en la biblioteca se giraron para mirarlos.
Los tres tuvieron que contener la risa para no llamar más la atención. Durante el resto de la tarde continuaron estudiando, aunque era evidente que ninguno estaba realmente concentrado.
Entre bromas, miradas cómplices y pequeñas conversaciones, las horas pasaron rápidamente. Elena se sentía en paz.
Por primera vez en mucho tiempo no estaba preocupada por secretos, discusiones o inseguridades.
Solo quería disfrutar de aquel momento. Mientras observaba a Adrián revisar unos apuntes y a Matteo quejarse por la cantidad de páginas que aún tenía que leer, sintió una enorme felicidad.
No sabía qué les depararía el futuro cuando terminaran la universidad ni qué cambios llegarían a sus vidas, pero en ese instante nada de eso importaba.
Lo único que importaba era que estaban juntos, compartiendo una tarde tranquila entre libros, risas y la certeza de que, sin importar lo que ocurriera después, aquellos recuerdos siempre serían especiales para los tres.