Tenía diecinueve años, un vestido rojo y ganas de sentirme poderosa por una noche. Pensé que podía elegir, pero él me eligió primero.
Él apareció como un espejismo: alto, elegante, imposible de descifrar. Sonreía, pero sus ojos no mentían; había algo detrás de esa perfección que olía a poder, a control… a peligro. Todo en él parecía calculado, y aun así, me atraía como un imán.
Me prometió mundos que yo no conocía y me hizo sentir que todo era posible. Me habló de viajes, negocios, lugares donde nadie como yo habría imaginado estar. Me sentí vista, deseada… y por un instante, pensé que podría confiar en él. Solo había un precio que yo no entendía aún: mi libertad.
No era violencia ni amenazas, era algo más sutil y cruel: la manera en que te hacen sentir que tu vida entera depende de su aprobación, de su mirada, de sus caprichos. Ahora sé que algunas miradas no buscan admirar, sino poseer. Algunas son trampas disfrazadas de caricias. Y yo caí… de la manera más bonita y letal posible.
Porque a veces, lo que parece un sueño, termina siendo una cárcel con las puertas abiertas, donde cada sonrisa oculta un filo y cada promesa es un hilo que te ata.
Editado: 11.01.2026